Peregrina

Autor: Juan Bautista Castro Elizondo

Planeó el viaje sin decírselo a nadie. Sabía que, de comunicarlo, aparecerían mil obstáculos y prohibiciones, argumentado su avanzada edad o su frágil salud. Tampoco era la primera idea descabellada que se le ocurría. La mayoría era fruto de sus sueños que, por cierto, no los contaba sino hasta después del mediodía, para que se cumplieran.

En contraste con su cuerpo, menudito y frágil, abrigaba ilusiones titánicas. Así, hubo en su mente inventos para curar el cáncer, perder peso, vencer el insomnio, remediar la calvicie, aumentar la productividad en la cría de ovejos, modificar las reglas del fútbol y, desde luego, desarrollar negocios tan infalibles como estrafalarios.

Esta vez, cuando todo estuvo listo, segura de que ya no había marcha atrás, lo anunció con voz muy baja: “la próxima semana me voy a conocer al Papa”.

Mi madre se acercaba a los ochenta años. Su primer viaje, cuando apenas tenía tres años, fue de Puriscal a San José. Sus padres fallecieron dejando a una caterva de güilas en el orfanatorio a cargo de las monjas. Desde entonces, no había vuelto a viajar una distancia mayor que aquella interminable travesía a caballo primero y en tren después, hasta la breve y mustia capital, incrustaba en los años veinte del siglo pasado.

Por supuesto que, inmediatamente después del anuncio, vinieron los ¡cómo se le ocurre!, ¿oíste, la nueva locura de tu mama? ¡Y pretende irse a confesar con el Papa! ¡Ahora sí está de atar!

Un curita, organizaba un viaje redentor al Vaticano, pasando por Tierra Santa y con escala en las pirámides de Egipto. El costo incluía los pasajes, los hoteles, las comidas, las indulgencias y las estampitas. Todo bajo la guía experta de aquel párroco que vendía el paquete como la peregrinación salvadora de las almas.

De este propósito y su itinerario, mi madre no dudaba. Y menos aún de la oportunidad de conocer al Papa en persona.

Juan Pablo II, había convencido a mi mamá que un hombre podía ser santo. Le devolvió la esperanza que las monjas le habían arrebatado desde niña. Nada la detendría de esta promesa de recibir el perdón directamente de sus manos.

Con su humilde pensión, tras una larga vida de trabajo como enfermera, pagó su viaje. Mi madre no había podido ahorrar un cinco mientras laboró en sanatorios y hospitales. Pasó del Hospicio de Huérfanos al San Juan de Dios, bajo la tutela de las monjas. Luego, al naciente Policlínico, que abría sus puertas a la luz de la quimera del seguro social. De ahí, a dispensarios rurales hasta su forzada jubilación, sin descanso. Sin decidir nada para ella, la vida se le vino encima, a ventarrones y borrascas. Ver al Papa en persona, venía a ser lo único que habría podido darse desde que recordaba. Así que, esta vez, nada ni nadie la detendría.

Convertida en la abuelita de todos los pasajeros, ahí estaba, permanentemente chineada y protegida, desdeñando los otros recorridos y visitas que el tour contemplaba, con la fe puesta en arribar lo antes posible a Roma.

La mayoría de los excursionistas venían en grupos familiares, gente sencilla, de provincia, que hacía su primer viaje largo y que seguía al moderno pastor, en su rol de guía turístico, pendientes de sus explicaciones sobre los sitios históricos, con la misma devoción conque atendían una misa de obispo.

-Parece una chiquita de esas que preguntan: ¿ya vamos a llegar?, ¿ya vamos a llegar?, y apenas estamos empezando -dijo Carlos Christian en voz alta, a medio vuelo. Era un niño tequioso que había hecho buenas migas con mi madre, a pesar de una obstinada hiperactividad que le granjeaba el rechazo del resto de los pasajeros. Con él, mi madre ensayó sus teorías sobre el abordaje psicológico del desasosiego infantil y terminó con la compañía de un inesperado amigo, durante el resto del viaje.

Ya en Italia, el cura hizo el anuncio fatídico, con la solemnidad de sermón de viernes santo: no podrían ver al Papa.

De todos los pasajeros, mi madre fue la más impactada con aquella noticia. En el fondo, el resto de los viajantes no esperaban tenerlo frente a frente. A lo sumo, aspiraban a una bendición fugaz desde el balcón de su apartamento pontificio; por lo tanto, no representó más que los consabidos acharitas y el llamado a las oraciones por el pronto restablecimiento de la salud del Vicario de Cristo, que permanecía internado en el Policlínico Agostino Gemelli.

-Se nos enfermó el Papa, doña Esther, recemos por su salud y usted en especial, que Dios la escucha de primero -respondió el cura ante la mirada incrédula de mi mamá, a punto del llanto.

La salud del Papa había empeorado, mientras el grupo de turistas paseaba, ayuno de noticias, por otras atracciones que contenía el programa. Cuando llegaron al Vaticano, les explicaron la inusual presencia de periodistas, arzobispos, congregaciones, cardenales, que pululaban compungidos en recorridos erráticos con prisa en sus pasos.

Mi madre sintió que las gigantescas columnas de la Basílica de San Pedro se le venían encima. Hecha un puñito en una de las bancas de la nave central, al margen del tropel de visitantes, lloraba silenciosa y sin consuelo. Se había negado a continuar el recorrido por los diversos sitios del Vaticano y permanecía separada de su grupo. El último en abandonarla fue Carlos Christian, que insistía en quedarse con ella y terminó regañado para que volviera al lado de sus padres.

-¡Váyase con los demás, chiquillo, que el padre me encargó rezar por el Papa!- le dijo en tono severo, mientras gesticulaba con una de sus manos, hasta asustarlo.

Ya sola, lloró y lloró todo el dolor de tantos años. Juan Pablo II se le negaba. No volvería a tener otra oportunidad. Algún castigo por pecados olvidados.

Se consideraba pequeñita, puesto que su estatura apenas sobrepasaba el metro cincuenta, pero en aquel lugar sentía que se le encogía el alma hasta convertir la respiración en un tormento. Las imponentes esculturas broncíneas, la cúpula infinita, los altares, relieves y ángeles en suspensión perenne, constituían un entorno amargo para ella. Hasta le pareció ver a las cuatro columnas del Baldaquino de San Pedro retorcerse ennegrecidas por el sufrimiento que sentía. Rezaba por ratos, por la recuperación del Papa, según le había encomendado el cura, pero el llanto regresaba como aluvión inclemente.

Ya ni sabía por qué lloraba.

Había sido una mujer abnegada. Como tantas. Sin heroísmos. Sin más reconocimiento que el silencio. En tiempos en que renunciar a sus deseos a favor de los otros ni siquiera era una virtud. Era un hecho natural, así era ser mujer. Comprendió la vida como una cruz a sus espaldas, sin derecho a cirineos. Parloteó con la muerte en los pabellones hospitalarios, ora con heridos de bala de la última guerra civil costarricense, ora con campesinos explotados de bananeras plagadas de serpientes. Fue peregrina sí, pero de casa en casa, entre los caseríos empotrados en las montañas, vacunando niños o curando llagas. Esas fueron sus romerías y esos sus santuarios. El agua bendita venía en los frasquillos de penicilina y los milagros los hacía el mertiolate sobre la carne viva.

-Signora, sei italiana? -escuchó que le preguntaba una voz con tono apacible. Ella no respondió ni con la mirada. Habría pasado quién sabe cuánto tiempo e imaginó que iban a cerrar la basílica y llegaban a invitarla a salir.

Desde cierta distancia, un hombre había visto a mi madre casi acurrucada en la banqueta y algo le conmovió profundamente.

La gente se movía nerviosa entre pilares y hornacinas, olvidándose de las plegarias y jaculatorias, para dar lugar al asombro. Bajo los gigantes de piedra, condenados a sus puntos de atadura en las paredes monumentales, era percibible el gemido de los mártires entre el rechinar de los pasos sobre los mosaicos heridos de luz.

En medio de una atmósfera tan confusa y atribulada, este sujeto fue el único que reaccionó piadoso ante aquella viejita a la que había observado por intervalos, interrumpiendo sus propias oraciones.

-¿Sos española? -insistió.

-No, qué va... de Costa Rica -contestó mi madre sin volverlo a ver. Hizo el gesto de limpiar y detener sus lágrimas, aunque lo sabía inútil. Y se arrodilló para santiguarse por última vez, antes de marcharse. Él, se postró a su lado.

-¿Por qué has estado llorando tanto? -inquirió.

Mi madre le miró. Se encontró con unos ojos profundos y serenos y un rostro que sonreía sin que se dibujara mueca alguna en los labios. El hombre vestía una sotana simple y negra. De contextura gruesa y de rostro amable. Era mayor y, sin embargo, parecía contener la fuerza y la energía de un jovenzuelo.

-No, padre, he estado rezando... por la salud del Papa, usted sabe...vine desde tan lejos para confesarme con él y no lo voy a poder hacer... está enfermito.

El hombre posó sobre la cabeza de mi madre su mano grande y compasiva.

-Yo puedo confesarla. No soy el Papa, por supuesto, pero si usted deja que Jesús se acomode en medio de nosotros...-le dijo mientras con el gesto la invitó a sentarse.

-Ay, padre, qué pena. No es que no quiera confesarme con usted... es que mi única ilusión era hacerlo con el Papa. Pero vea usted, Dios me castigó por soberbia y presumida -le dijo cortando el llanto, al tiempo que se sentaba junto al sacerdote.

-No, Dios no la castigó por eso. Él no castiga -replicó el cura en tono compasivo, yo vine también por lo del Santo Padre, pero estoy seguro que voy a regresarme a mi país muy pronto, tengo la fe de que habrá Juan Pablo II para rato...

Y por largo rato se extendió aquella plática con mi madre. No se parecía a una confesión, porque no hubo regaños ni penitencias, pero poco a poco ella sintió que todo su ser se aliviaba. Tal vez fruto del acento tan musical conque aquel padre vocalizaba cada palabra, o quizá, más bien, por esa forma envolvente y tranquilizadora de escucharla. Como fuera, el sentimiento que empezaba a dominarla no era nuevo. Más familiar que muchos otros. El de siempre: la resignación. Mi madre, una vez más se resignaba. Pensó que, en esta ocasión, había ido demasiado lejos con sus sueños. Tendría que conformarse con ese sabor amargo hecho costumbre de la derrota personal, que solía tramitar callada y ahogar a punta de nuevas ilusiones.

Carlos Christian se apareció sobresaltado: en el autobús de la excursión ya tenían horas de estarla buscando y no esperarían más. Mi madre se levantó de inmediato.

-Soy Esther, Esther Elizondo, padre, por si algún día le dan ganas de ir a pasear a Costa Rica, -dijo a modo de despedida, mientras le tomaba las manos. El sacerdote se las cubrió delicadamente con las suyas. La bendijo mientras cerraba sus ojos y pronunciaba algunas locuciones en latín.

-Soy Jorge, Jorge Bergoglio, por si algún día le dan ganas de ir a pasear a Buenos Aires -se despidió dulcemente el religioso.

Mi madre ya no lloraba.

cierre de obras