Duendes en el bosque
Autor: Ivo Hilje Quirós
Con curiosidad miró la foto... La fantasía se hizo presente... Era la imagen de varias cepas de Sombrilla de Pobre, en un pequeño claro del bosque húmedo y frío...
Ahí viven los Duendes en el Bosque... ahí los he visto dormir, se dijo a sí mismo el pequeño Carlos. Sobre ellos siempre hay nubes verdes y pájaros que suenan flautas. Cerca de allí, hay un grupo de cañas de bambú entrelazadas, en las cuales se armoniza músicas similares a las del violín y el chelo, cuando el viento pasa entre sus ramas y las cañas se frotan unas con otras. Es una melodía eterna, de murmullos agudos y graves. Esa melodía natural deleita mucho al Duende Mayor. Es el gnomo que mejor conoce la Montaña, siempre conversa con ella y tienen el poder de curiosear con ella. La Montaña constantemente teme que un día la destruyan; en ese caso, la Vida desaparecerá. Por tal razón, a veces invoca a la niebla, para que oculte un poco las sendas y aparezca lo misterioso. “En la armonía y la vitalidad de la montaña el Espíritu debería encontrar la Felicidad”. ¿Qué piensas Carlitos?,... le preguntó su amigo, el Duende Mayor.
Sí, respondió Carlitos, aquí todo es equilibrado y hermoso para vivir... ayer, en la tarde, vi un venado color café muy claro, casi gris. Tenía unos cuernos ramificados que despendían luz; era el guía de un grupo de cinco ciervos más pequeños, a los cuales él, con el fulgor de sus pitones, daba iluminación a la vereda por donde caminaban. He visto, también, ranas de cristal transparentes, casi siempre están debajo de las Sombrillas de Pobre. Es el espacio más abrigado. La luz del sol no las alcanza directamente, porque temen que las pueda derretir.
He mirado unas pequeñas abejas. Se posan en las puntas de las ramas con flores amarillo naranja, las cuales dejan caer gotas de miel. Esa miel, me dijo el Duende, se debe libar si se desea alcanzar la Energía necesaria para ir a visitar la cueva de la Luz, arriba por la cumbre del Bosque. Para llegar a su entrada, el camino es largo, de pendiente irregular. Esa vía tiene repechos y bajadas notables. Sin embargo, los ramilletes de flores blancas dejan caer rocíos sobre los caminantes para ayudarlos a no sentir cansancio. Cuando faltaban mil noventa y tres metros para llegar a la entrada de la cueva, apareció un pájaro de treces colores, de cola muy larga, color azul tornasol. Se encarga de señalar dónde dar cada paso, donde colocar cada pie, son un silbido ligero, muy agudo. Pero no todos pueden oír ese sonido, solamente los elegidos por la Montaña lo escuchan y pueden seguir la ruta. Quienes no lo perciben, pierden el camino. Terminan por desistir de la aventura; luego, para justificarse, niegan que la cueva de Luz exista.
El Duende amigo ha enseñado mucho a Carlitos sobre los poderes de la Montaña. El muchacho escucha el sonido de los pájaros de los trece colores y continúa su viaje. Le ha recomendado, antes de iniciar el recorrido, guardar total silencio y respirar despacio, muy profundo, llenar hasta su máxima capacidad la cavidad pulmonar; luego, muy despacio expirar el aire, esperar uno segundos y volver a tomar el aire montañero. Así, asegura el Duende, te sentirás muy descansado y tenue. El niño es obediente y la fuerza de la ilusión lo hace permanecer casi flotando en el aire.
Se oyen, de pronto, sonidos musicales. Es una armonía producida por el agua azulada cristalina, de un riachuelo, al chocar contra unas piedras blancas como el mármol con formas de tubo y de diferentes diámetros. La cadencia musical se origina por la correlación entre el calibre de las piedras, la fuerza y las vueltas que da el agua antes de chocar contra ellas. Es una melodía, a veces poco perceptible, otras más sonora. Al escucharla produce sueño, y sin notarlo, quien la escucha queda como dormido pero consciente. Es como una hipnosis que lo descansa; le permite suspenderse en el aire como en estado de levitación y así, por ese medio, se llega a la entrada de la cueva de la luz. Es enorme. La refulgencia es producida por un conjunto de rocas cristalinas de muchos tamaños, las cuales actúan
como prismas que descomponen la luz en varios rayos de colores. Hay azules, dorados, rosados, blancos, verdes, rubí, violeta, de diferente tonalidad y fuerza. Carlitos siente que su cuerpo absorbe Luz. Se siente descansado, en un estado de total armonía, cada cédula de su cuerpo recibe la fuerza de las luces y le ocasiona descanso y alegría. Ríe pero sin tener consciencia de lo que ocurre. Su cuerpo se vuelve muy elástico y liviano; tiene la sensación de que su organismo se ha enrumbado hacia lo inmaterial.
No sabe, Carlitos, cuánto tiempo ha pasado. De pronto comienza a escuchar, de nuevo, los sonidos musicales de las piedras al chocar el agua contra ellas. Él vuelve a estar al borde del arroyo claro. Reinicia el camino de regreso, guiado por el pájaro de trece colores. Repara, Carlos, en que los colores de esa ave son los mismos percibidos en las luces que salían de las piedras cristalinas en la Cueva; que se combinaron, entre ellos, para teñir al pájaro guía de los caminantes escogidos. Luego de un tiempo, no sabe cuánto, llega donde inició su viaje, el Bosque de las Sombrillas de Pobre, donde vuelve a percibir la fuerza y las aromas de la Montaña.
En cada cepa hay diez frontas desplegadas. Hay grandes, muy grandes, con diámetro de más de un metro; otras medianas, cada una tiene un peciolo rojizo. Todos los tallos salen de un solo vástago, miden hasta metro y medio de alto. Cada tallo tiene pelitos y, en el centro de todos, ahora, a su regreso, emergieron las flores mágicas, de color rosado rojizo, en forma de hisopo con cerdas gruesas. Las hebras son más largas en el segmento de abajo. Suben en disminución, en forma de pino. Lo mágico de las Flores consiste en proveer una miel que, cuando los Colibríes la liban, los convierte en invisibles, muy fuertes y pueden volar kilómetros sin ser vistos. Solamente el viento conoce su ruta, porque al ahitar las alas, los oye y puede seguirle su rumbo. Cuando el sol brilla fuerte y los pajarillos levantan vuelo, al pasar, se observa pequeños relámpagos intermitentes en movimiento.
Carlitos se despide de su aliado y guía, el Duende Mayor, quien promete que se hallarán de nuevo. Al levantar un poco la vista observa, entre los arbustos, las cabecitas de otros Duendes, son muchos ¿Por qué no los he visto antes? Se pregunta con sorpresa, pero la respuesta llega cuando ve a otros gnomos que beben el zumo de las flores de las Sombrillas de Pobre. Recuerda que ese elixir tiene la potestad de quitar lo evidente a las cosas materiales.
Carlitos, lector ejemplar, a sus escasos diez años, según lo comenta, con cierto dejo de satisfacción, su maestra, está en la terraza de su casa. Una azotea llena de plantas que han sembrado y cuidan con esmero sus mayores. Colocado en una silla de mimbre, muy confortable, deja que su mente vuele sin ningún concierto. Súbitamente, introduce su mano diestra en la bolsa del pantalón corto, color beige; siente que sus dedos rozan algo muy ligero y aterciopelado. Extrae el objeto, es una pluma del pájaro de trece colores.