Entre el bien y el mal
Autor: Eduardo Sánchez Sánchez
Durante una noche lluviosa un grupo de indígenas se dirige hacia la frontera. Caminan casi a ciegas por la espesa selva, tomados de la mano para evitar perderse o caer por un barranco. La pertinaz lluvia golpea sus rostros con fuerza y sus pies se hunden en el arcilloso barro, haciendo más lenta su travesía.
-Mamerto, me preocupan nuestros niños, están con hambre y sus ropas empapadas, deberíamos parar -expresa Agustina.
-No, no podemos, respondió el padre. Debemos llegar antes de que empiecen a patrullar, si nos encuentran nos devolverán a nuestra tierra, haciendo inútil el esfuerzo. Este sacrificio se verá recompensado, cuando estemos del otro lado. ¡No debemos parar!
-Pienso mucho en el peligro que corren nuestros niños, en dos ocasiones los duendes nos han perdido a nuestros hijos. Primero fue a la mayor, luego de que la devolvieron nunca más volvió a hablar. Después se llevaron a Juan, lo encontramos debajo de un árbol tres días después...
-Los duendes los utilizaron para sus ceremonias y los devolvieron.
Agustina, después de escuchar la respuesta, inclina su rostro, mira hacia el pequeño bulto que protege contra su pecho y exclama:
-¡No quiero que se lleven a nuestra pequeña!
-No ocurrirá, el brujo me lo dijo. Contesta Mamerto, con convicción.
-Ello son malos y poderosos -asegura ella.
Continúan su peregrinar por el trillo. Ellos han ingresado al vecino país sin ser vistos, por varios años.
Al día siguiente, sobre el cálido suelo del viejo galerón de una finca ubicada del otro lado de la frontera, esperan a que Mamerto termine de negociar con el capataz, la paga por su trabajo y el lugar en donde se hospedarán por los siguientes tres meses. Después de ponerse de acuerdo, el hombre se coloca el sombrero, expele una bocanada de humo, mira a Agustina de reojo, mientras se marcha.
Ya instalados en el solitario albergue, la madre amamanta a su niña, en una raída hamaca de cabuya.
Han pasado dos meses desde su llegada, la familia ha trabajado duro, mientras la pequeña de un año ha estado al cuidado de su hermana de trece y su hermano de seis años.
Mientras concilian el sueño, un relámpago ilumina sus rostros y anuncia la llegada de una tormenta. Agustina sobresaltada, abraza con fuerza a su pequeña, mira el oscuro rincón en donde duermen sus otros dos hijos y presa de los nervios grita:
-¡Los duendes, los duendes, los duendes!
Dos horas después, la lluvia cesa, vuelve la calma y con ella el sueño.
La luz del nuevo día sorprende al grupo compartiendo los alimentos.
La acongojada madre insiste en hablar de sus temores:
-Alguien debe quedarse con los niños.
-¡No va a ocurrir nada! La cosecha ya casi acaba y debemos reunir la mayor cantidad de dinero para regresar pronto a nuestra tierra.
El día transcurre normalmente en la recolecta del café.
A las 10 de la mañana, la madre como es su costumbre se dirige al cuarto para amamantar a su pequeña, apresura el paso, mientras en su pecho anida la angustia. Al llegar a la barraca, encuentra a sus hijos llorando. Se cumplieron sus presentimientos, los duendes se han llevado a la menor. Sin pensarlo un instante corre ladera abajo en busca de su esposo.
El grupo de indígenas inicia la búsqueda de la pequeña, pero su esfuerzo de horas resulta infructuoso. En el cuartucho, la familia propone soluciones que reflejan sus tradiciones y creencias.
-Podríamos consultar a un brujo para que nos diga dónde la tienen -dice Mamerto.
-Llamemos a la policía para que nos ayude -agrega la madre.
-No, la policía no hará nada por nosotros, no tenemos papeles -dice su esposo.
No muy lejos de allí, las luces de un viejo auto iluminan el solitario camino, mientras se dirige a la carretera principal, avanza unos kilómetros hacia el norte y se detiene frente a una mansión. Un hombre con sombrero desciende del auto, sostiene sobre su pecho un pequeño bulto con uno de sus brazos. Frente a la puerta exhala una bocanada de humo, toca el timbre y espera.
Una mujer abre la puerta, mira el pequeño bulto, lo toma, lo examina y exclama: ¡Esta sí!
Dentro del auto, el hombre cuenta un fajo de billetes, mientras en la finca Agustina llora su pena, sentada en el suelo.