Fantasmas del guaro

Autor: Mariano Rodríguez Morúa

I. INNOMINADO

Ahogado en vómito arrugado y amarillo, innominado no sentía los dedos que apretujaban el cuello. Un ardor de flash, arrancaba en el pescuezo y seguía con su luz a las tripas. Allí, el ahogo se convertía en una explosión con esquirlas por intestinos, esófago, bazo, hígado...

Gritaba por el cocimiento de años con aguardientes comprados con unas pesetas, con unas libras, con unas tejas, con unos rojos y algún tucán.

Los cincuenta y tantos años de Innominado, se habían maquillado de ochenta.

La acera adonde estaba, le quedaba grande como la harapienta ropa sobre el roto cuerpo.

La posición fetal, era su último vestigio humano...

Del líquido blanco y aromático, -el cemento zapatero-surgió una gelatina blanda y dura que se movía con la rapidez de la mente y la paciencia del segundo.

Prendió primero los labios e incendió el resto. Una mano Invisible apretaba la garganta del moribundo.

Entró en convulsiones. Al olor a pólvora del vómito, se sumó la volatilidad del estómago en erupción. A los gases. Siguieron chorros de líquidos calientes que brotaron como lava. Se abrieron paso para liberarse de su prisión por cualquier orificio imaginable.

Un tsunami se precipitó por la boca, salió disparado por la nariz y estallaron ojos y oídos. Las neuronas se escurrían por el caño...

El hedor a pólvora se transformó en el olor a hierro carcomido. Allí estaban los tragos de cincuenta y tantos años, de todos los chicharrones, frijoles blancos, y pellejo de chancho, de ratas y cucarachas que le habían llenado.

Innominado, se ahogaba en un mar rojizo como la zona roja.

¡Desde que se tomó la botella con zinner, se ausentó!

II. EL CUERPO

La mano recorría las venas secas, los tendones estirados y el pecho desteñido y arrugado. Sus dedos transitaban por costillas que estallaban entre carnes desparramadas en la cama de acero inoxidable.

Veintidós ojos, seguían al doctor, entre mareos por el vapor que circulaba en la sala al extractor de olores.

El cuerpo estaba allí. Era el foco de atención, la estrella de cine mudo presa en celuloide.

Cuando la vida llenaba a ese hombre, nadie se fijaba en su caminar con una cuarta en la bolsa trasera del yin lullido.

Aun vestido, caminaba chingo entre calles, cantinas y bares, prostitutas y toda escoria. Andaba desnudo de autoestima y amigos. Despojado y arrinconado por la cultura del Cacique. ¡Era un espantajo josefino!

Lo habían recogido de calle doce. Ni a registro de noticia llegó el borrachín del Líbano ahogado en sus aguas.

Era un número de estadística: el cuerpo que más tiempo había estado en la morgue, con quince meses, once días y catorce horas. No le practicaron autopsia alguna y no lo reclamaron. ¡A nadie le importaba un carajo!

El maestro, se lució de nuevo con el escapelo. Abría corte a corte el cuerpo como quién se desabotona y guinda el saco, o se baja el zipper para miar.

Allí estaban en su lugar, secos y machacados después del maremoto. Estaban corroídos por la lluvia ácida del alcohol: el corazón oprimido, las vísceras encogidas. Y no tenía hígado. Todo por el guaro, el metanol y...

El cirujano dio el visto bueno y los once pares de manos terminaron de invadir el cuerpo en su práctica de anatomía. ¡Tendones deshilachados, huesos pelados...!

¡Un silbido, huyó por el extractor de olores! El forense -secreto estudioso de la muerte- lo percibió. Lo que fue Cuerpo quedó allí. ¡Y su ocupante se pudo marchar!

III. GOMA ETERNA

Los borrachos, le ayudaron a sentarse. Temblaba como Magirus en mínimo como viejo motor diésel cuando amanece y lo encienden. Una gruesa capa gris había cambiado el panorama de la La Pulga. Algo diferente tenía la cantina de la calle catorce.

-Un guaro con limón y un jalapeño de boca-

El cantinero, ni lo miró. Al contrario. Alistó una ginebra.

Mezcló salsa de tomate, salsa inglesa, sal, y limón con un huevo de tortuga ambarino que llevó a otro parroquiano.

-Cantinero, insistió, deme un guaristolis que me lleva puta con esta goma. ¡Soy yo...!

Aquí tengo un rojo...Véalo, no sea malito.

¡Por favor sírvame un cacicazo que me muero...!

El cantinero ignoraba a los tres borrachines de la barra que insistían en tomas más y más. Pasadas las doce y el ave maría en Radio Reloj, el hombre circuló a la calle...

Afuera, la niebla cubría Chepe. Nadie le miraba. Vio a La Chula y cuando quiso tocarle el culo no pudo. Buscó un pollo en la Mercé y durmió sin cobija, sin cartón.

En la mañana, la niebla gris persistía, el sol escondido se perfilaba con pena entre las nubes. Dejó de tener frío y hambre. No tenía calor, la lluvia no le mojaba. ¡Solo sed para beberse cualquier cantina!

Pasaba por la pena de hablar y no ser escuchado, de pedir y morir por no beber, de anclar entre fantasmas como él. La nieva se había instalado en la capital.

Despertó en el cuarto de acero, y sintió ciento diez dedos que le quitaban las entrañas. Solo entonces, en un instante y como un silbido, se fue a seguir la tanda eterna, la goma sin fin. ¡El patólogo de la morgue universitaria había desconectado la glándula de la vida y la muerte! Oficialmente, Innominado era un espectro del “Cacique”.

cierre de obras