Ausencias

Autora: María del Pilar Arévalo
País de origen: Argentina

Todos los días a las cuatro de la mañana, Alcira despertaba a Lucía, la menor de sus hijos, para que fuera a trabajar. Iba a la cocina, prendía la hornalla, ponía la leche en el jarro enlozado y esperaba el sonido del último bostezo, el crujir de la cama, los pasos hacia el baño y el clic de la llave de luz. Recién en ese momento encendía la radio. El desayuno compartido, las cuatro cuadras hasta la parada del colectivo, la espera y el regreso completaban la rutina materna.

Todos los días a las dos de la tarde, Lucía regresaba del trabajo con el paso apurado, cuando faltaban pocos metros para llegar a su casa, la muchacha se detenía, cerraba los ojos y dejaba que la invadieran los aromas de un especiado guiso, del tuco condimentado con albahaca o de la carne horneada. La divertía este juego que le permitía disfrutar los sabores anticipándose al bocado. Al llegar la esperaban la comida humeante y su madre ansiosa por enterarse de las novedades del día.

Cuando Lucía se casó, durante un tiempo Alcira anduvo como si su vida hubiera perdido el sentido. A veces le hubiera gustado preparar la mesa para dos, como antes. Pero no era mujer de rendirse fácil, si estaba sola era porque había logrado, a pesar de una temprana viudez, criar tres hijos, darles estudio y procurar su independencia. Así que decidió despegarse la tristeza y colgarla en el placard, como ella misma decía cuando recordaba esa época. Poco a poco comenzó a visitar a familiares y amigos. Alquiló la habitación de Lucía a una mujer que organizaba viajes para gente mayor y muchas veces canjeaba pesos por paseos.

Cuando Alcira comenzó a tener conductas extrañas, Lucía hacía tiempo que se había separado y vivía sola. Era una mujer de cincuenta años, que tenía una vida amorosa inestable porque así lo prefería, el fracaso matrimonial la había afectado hasta el punto de evitar cualquier compromiso amoroso. Hasta que conoció a Hernán, con él las cosas fueron distintas, ya no le daba lo mismo si la llamaba o no. Sentía por él la ternura que suponía se siente por un hijo, la pasión que despierta un amante y la seguridad de que a él le sucedía lo mismo. De cualquier manera se negó a la convivencia, pero no ocultó esta relación, después de muchos años su pareja tenía un rostro y un nombre para los demás.

El día que olvidó el cumpleaños de su nieto, Alcira se percató de que algo en la cabeza no le andaba bien. Por suerte su hijo llamó para pasarle la dirección del saloncito donde sería el festejo, la anotó en un papel que adhirió con un imán a la heladera. En otra oportunidad quiso preparar un bizcochuelo pero no recordaba los ingredientes ni los pasos a seguir, fue a buscar la receta que sabía guardada en un cajón de la alacena, revisó todos, los cerró y fue a su habitación a mirar la televisión. A la nochecita cuando entró en la cocina le extrañó encontrar la manteca, el paquete de harina y los huevos sobre la mesada. Le extrañó y se asustó.

El día de la madre Lucía propuso a Alcira desayunar juntas, conmemorando aquellas mañanas cuando ella trabajaba en la fábrica. Llegó con un paquete de facturas, todas con dulce de leche, las preferidas de ambas. Tocó timbre, esperó varios minutos y decidió abrir con sus llaves. La casa estaba silenciosa. Lucía apoyó las cosas en la mesa del comedor y se dirigió a la cocina para preparar mate. La sorprendió ver un papel agarrado al microondas que tenía escritas las instrucciones para usarlo. Quiso encender la luz pero no pudo, pegada a la heladera estaba la factura vencida del servicio de electricidad. Cuando entró al dormitorio, Alcira se asombró al verla, había olvidado su visita. Lucía descubrió carteles y marcas recordatorias por distintas partes de la casa, no entendía qué sucedía. Preguntó y la única respuesta fue un triste “no sé”.

Alcira se extravió en el barrio, los vecinos la llevaron a su casa y avisaron a los hijos. Estaba cada día mas delgada, casi no comía, olvidaba comprar alimentos. No reía como antes y se le perdían las palabras.

Lucía quiso cuidar a su mamá, decidió que viviera en su departamento. Entonces comenzaron las discusiones con Hernán:

-¿Vos pensás que no se da cuenta de que tenerla acá te está jodiendo la vida?

-Y vos ¿para qué querés que se vaya, para encamarte conmigo cuando se te antoje?

-No lo digo por eso, a ella no debe hacerle feliz verte corriendo todo el día, no salís, estás cansada, sin tiempo para arreglarte...

-Mi mamá siempre se ocupó de mí, ahora yo tengo que cuidarla.

-Te quiero, pero así no puedo seguir, cuando decidas cambiar esta situación avísame.

A veces Alcira recuperaba su lucidez:

-Hija, gracias por todo lo que hacés por mí.

-Dale, vieja.

-Pero ya está, basta, llevame a un lugar donde me cuiden.

-¿Qué pasa? ¿No estás bien acá?

-Mirá nena, yo quiero que tengas tu propia vida, no podés volver del trabajo y encerrarte acá conmigo, no salís, a Hernán hace semanas que no lo ves.

-Vos te sacrificaste por nosotros.

-Sí, para que tuvieran una buena vida y no esto.

-Pero, mamá...

-Hija, cada vez voy a necesitar más cuidados... -después de decir esto enmudeció y su mirada se fue hacía la pantalla de la televisión.

A veces Lucía entristecía, demasiadas obligaciones. Durante años fue testigo de cómo a Alcira, la vida se le escapaba mansamente del cuerpo. Sus ojos claros se movían inquietos, recorrían rostros y objetos como si los descubriera en ese instante. Las palabras eran mudos movimientos en sus labios. Una caricia debía ser un roce suave, la piel parecía lastimarse hasta del contacto con el aire. Era difícil para ella reconocer a su madre en esa mujer, tan difícil como para Alcira recordar a su hija.

Ahora, Alcira no necesita que la cuiden más. No existen para ella ni dichas ni infortunios. Su cuerpo agotado dijo basta.

Ahora, Lucía ha vuelto a mirarse en los espejos, a veces reconoce en su imagen algunos rasgos de Alcira como el cabello ondeado, los ojos claros y la fuerza en la mirada. Escucha el sonido del timbre, sabe que es Hernán, presurosa toma las llaves, apaga la luz y va a su encuentro.

cierre de obras