Autobiografía de un emprendedor adulto mayor
Autor: Rafael Abarca Jiménez
Nací en San José, Costa Rica a finales de la segunda guerra mundial, el 15 de setiembre de 1945 y a inicios de la guerra del 48. En mi niñez nunca escuché un arrullo o cántico de amor, solamente se oía por doquier gritos de guerra, las sirenas y las campanas de la iglesia anunciando el toque de queda. El hambre, enfermedades y la pobreza azotaba a todo el país. Por las condiciones paupérrimas en que crecí, fui desarrollando un espíritu de sobrevivencia sin parangón.
Mi humilde hogar consistía en tres cuartos y sus paredes eran de tablas de formaleta. Mis cinco hermanos mayores y yo, dormíamos en sacos de gangoche para amortiguar el frío que se colaba por las rendijas. Los murciélagos se metían en busca de sangre fresca, rosando sus frías y húmedas alas sobre nuestros rostros. Las noches eran eternamente frías y llenas de amor, no teníamos paz ni motivos para reír, cantar o vivir. Observaba a mis hermanos, unos irse al crematorio municipal a bucear los desperdicios y otros a buscar sapos para venderlos en el hospital para hacer pruebas de embarazo. Yo los seguía y me devolvían con un golpe diciéndome que no servía para nada. Yo sufría hasta lo indecible y fue creciendo en mí una insatisfacción por hacer algo mejor que ellos.
Uno de mis hermanos, le hacía mandados a una vecina que tenía el negocio de la brujería y además criaba gallinas y dos o tres cerdos que engordaba para venderlos en diciembre. Ella le paga cincuenta céntimos por semana y un huevo diario. Yo ayudaba a mi hermano e íbamos caminando al mercado con dos sacos para traerlos llenos de desperdicios, hojas de repollo, tomates podridos y otras porquerías precisamente para los puercos y las gallinas. Algunas veces nos mandaba a traer tierra al cementerio, caca de mono al zoológico para sus pócimas y hongos. Un día me llamó en secreto y me dio una bebida y me dijo que era para que nunca me faltara el dinero y seguramente se lo creí porque comencé con delirios de grandeza y deseaba que mi hermano consiguiera otro trabajo para heredar los mandados de la vieja bruja.
Un año después mi hermano consiguió trabajo con mejor salario en una empresa nueva que se llamaba Cooperativa de Avicultores, la cual le enseñó al costarricense a consumir el pollo en piezas y a comprar los huevos por docena. Allí pasaría a la historia aquel dicho que dice: -” Las gallinas son las únicas que se mueren en la víspera”. O sea, ya no se traería la gallina del patio o se le compraba a la vecina para amarrarla y al día siguiente jalarle el pescuerzo, verla brincar por toda la casa y ver a nuestra madre con una olla de agua hirviendo detrás de ella para desplumarla y hacerla en sopa al siguiente. El nuevo oficio de mi hermano consistía en matarlas en serie y destazarlas para venderlas en piezas en el Mercado Central.
A los dos años por motivos de salud mi hermano me heredó de nuevo su trabajo cuando yo tenía trece años y aquí comprendí el significado de sobrevivencia porque en una ocasión todos los empleados quisieron salir más temprano de lo debido porque ese día no llegó el jefe y me dejaron solo al cuidado de apilar miles de docenas de huevos en una cámara enfriadora del tamaño de una habitación. Cuando estaba en este lugar sucedió algo increíble, hubo un fuerte movimiento sísmico. Salí despavorido como alma que lleva el diablo y tiré la puerta para no quedar atrapado dentro de la cámara. El lunes cuando llegamos al trabajo había un río de yemas y claras de huevo por todo el lugar. Hubiera roto el Record Guinness como el chico más quebrador de huevos a nivel mundial y todos fuimos despedidos del trabajo.
Comencé a buscar trabajo de nuevo y fueron muchos los días de sufrimiento al estar desocupado. Me daba vergüenza llegar a mi casa a comer sin haber conseguido trabajo. Todas las tardes terminaba con hambre en una banca del Parque Bolívar, Parque Nacional o en la Biblioteca. El impulso de ser alguien en la vida me carcomía mis carnes, mi espíritu y soñaba cada vez más en grande.
Ser emprendedor no sería fácil para mí, pero ya había nacido una idea. Debía estar dispuesto a poner toda mi juventud, vitalidad y estar dispuesto a vencer obstáculos.
Busqué trabajo donde una amable señora del mercado que me conocía cuando iba a juntar desperdicios. Ella tenía una venta de sabores en polvo como horchata, pinolillo, fresa, crema, chocolate, café y otros productos. Le imploré que recibiera como garantía mi reloj que había comprado con mi primer salario y unos cuantos libros a cambio de unas bolsas de sabores para ir a venderlos de puerta en puerta, prometiéndole que yo volvería al día siguiente por mi reloj, con dinero de la venta de los sabores. Responsablemente cumplí mi palabra y la señora impresionada me siguió financiando y ésta acción la repetí todos los días por más de un año. La determinación de ser responsable me abrió muchas puertas de emprendedor en el futuro.
Luego, en los años 60 el Volcán Irazú hizo erupción y llenó de cenizas a todo San José. Yo vi una nueva oportunidad de trabajo y aunque padecía de vértigo, comencé a limpiar azoteas de algunos edificios de la Avenida Central. Una vez estaba trabajando en la azotea del Hotel Europa y cuando terminé exhausto de mis labores, pasé por el restaurante y observé a varios hombres almorzando, impecablemente vestidos, alegres, con valijas ejecutivas y me nació el deseo de ser igual que ellos cuando fuera grande.
Posteriormente, me di cuenta que eran hombres de negocios, vendedores de bienes raíces, intangibles, que llegaban a recibir cursos de motivación.
En ese momento mis ojos se abrieron, comencé a soñar y tuve una visión muy clara, me proyecté a un futuro con una maleta ejecutiva llena de documentos importantes, vestido entero, con mi casa propia, una oficina, un carro y una buena familia. Me vi en un futuro paseando por muchos países, cruzando el océano en avión y pude sentir la brisa suave y tibia de la independencia económica.
Me puse metas a corto, mediano y largo plazo. Lo primero que debería hacer era terminar mis estudios de secundaria en el Liceo de Costa Rica Nocturno. Estudiaba día y noche todo lo que yo consideraba que necesitaba saber. Leí muchos libros para conocer el pensamiento de los sabios. Aprendía trabajar con ahínco, darle un valor agregado a todo lo que yo emprendía y no ser mezquino en el trabajo. Ahorrar, no coger vicios de fumado, licor ni de sexualidad desenfrenada. Ser justo. Oír con humildad la sabiduría y el consejo de los conocedores, hablar con prudencia, ver, conocer y aprender de todo lo bueno que me ofrecía la vida.
Ya en mi mente no solo había sueños y esperanzas, también aprendí que un emprendedor tenía que tener conocimiento fundamental de organización gerencial y evaluar la capacidad emprendedora de su equipo. Hacer planes de negocios, examinar las utilidades y pérdidas. Evaluar costos y gastos de alquiler, luz, agua, tiempo, teléfonos, mano de obra, computación, materia prima y muchas herramientas más. Conocer sobre cargas sociales, municipales, hacienda y tributarias y un centenar de obligaciones gubernamentales que se exigen a la hora de iniciar una pequeña empresa.
Perdí el miedo a las alturas, a la vida y bajé de las azoteas a trabajar catorce años en extinto Banco Anglo y luego 40 años vendiendo intangibles y ahorré mucho dinero.
Aquellos hombres que un día los admiré, se convirtieron unos en mis maestros y otros en compañeros, alumnos y mis amigos. Mil libros no alcanzarían para contar las experiencias positivas que aprendí en esos años fundamentales para el resto de mi vida.
El dinero ahorrado durante años lo invertí en pequeños negocios y empresas como alquiler de casas, salón de belleza, zapatería, sembré hectáreas de frijoles, ganadero, compra y venta de carros usados y el peor de todos ser prestamista. Este último fue un grave error, Me llevó a la quiebra porque como a mí me costó tanto la vida, no tuve corazón para cobrar lo prestado. Fue así como el dinero entraba y salía y un día de tantos sin percatarme, salió para nunca más volver, se esfumó como las luces de los juegos pirotécnicos que después del esplendor se apagan y solo queda la oscuridad.
Hoy día soy jubilado de 73 años. Puedo entender que cualquier adulto mayor puede ser un excelente emprendedor porque tiene la experiencia, conocimiento, cordura y todas las herramientas para desarrollar y emprender cualquier empresa. Debe tener la calma y sabiduría necesaria para hacer un análisis de su tiempo futuro que es oro y no puede apostar en algo incierto. Hay centenares de formas de desarrollar nuevas habilidades como adulto mayor sin comprometer su salud física, mental y emocional.
Haciendo una retrospectiva de mis actividades como emprendedor en mi vida, reconozco que en muchas ocasiones fallé, nunca le hice mal a nadie y siempre supe levantarme para hacer lo mejor que podía hacer.
Recuerdo que en mi vieja casa había un agujero en el techo cuando llovía corría a poner un tarro para recoger la gotera y no mojarme los pies. Contaba las gotas de agua durante horas y horas hasta quedar dormido. A la mañana siguiente en la oscuridad de mi cuarto, cuando ya la lluvia había desaparecido, se filtraba un rayo de sol por la misma abertura y de nuevo corría, pero ésta vez no a poner un tarro, sino a jugar atrapando los millones de microorganismos que se reflejaban en el aire a través de la luz en la oscuridad y esa actividad me daba esperanza de que allí afuera había algo mejor para mí.
Aquel rancho viejo en donde no se podía dormir, lo cambié por un mirador en la cima de una montaña con sus amaneceres y muchos arcoíris. Transformé las rendijas donde se colaba el frío y los murciélagos, por telescopios para ver las estrellas. Aquel tormentoso ruido chillante de las cucarachas en las paredes que no me dejaba dormir, lo cambié por el canto de las aves, el vuelo del colibrí y ardillas que me hacen sonreír. Las tediosas giras de trabajo, los cambié por viajes, paseos, música, cine, teatro, libros, pintura, fotografía, sembrar flores, crear peces ornamentales. El sofocamiento por ser el primero todo, lo cambié por mi paz espiritual y un inmenso amor por la humanidad.