El asesino que vino de Oriente
Autor: Rodrigo Cedeño Gómez
Debía de ser el viaje tan largo y tan extenuante o quizás la comida del avión, escasa e inapetente como siempre, lo que me hizo sentir tan mal. El ruido de los cinturones desabrochándose al unísono aún antes de apagarse la señal luminosa y el inicio de las conversaciones de los pasajeros a través de sus teléfonos celulares me parecían tan lejanos!… Deseaba que el avión se evacuara rápidamente y que los trámites de rigor del ingreso se llevaran a cabo de una manera expedita, aunque lo dudaba después de observar varios vuelos llegando al mismo tiempo.
No tuve la fuerza suficiente para levantarme del asiento antes de pasar por el pasillo el último pasajero. Tomé el equipaje de mano y valiéndome de los respaldares de los asientos fui caminando hasta la portezuela del avión.
Ya en los puestos de migración las filas de control eran gigantescas, tanto de nacionales como de extranjeros.
Cuatro funcionarios de salud con trajes extraterrestres de color celeste empezaron a recorrer las filas, mirando el rostro de los recién llegados y tomando la temperatura a distancia. No era drogas lo que buscaban, para alivio de algunos. Cuando faltaban unas pocas personas para llegar a mí, a los ojos de la enfermera les llamó la atención mi persona y me miró de arriba a abajo. Dejó de seguir el orden de la fila y se dirigió hacia mí. Logré adivinar su mirada de sorpresa y más aún cuando acercó el termómetro y balbuceó “treinta y nueve ocho”:
“Pronto señor, venga conmigo. Señora: ¿usted viene con él?, acompáñeme también. Por favor entrégueme los pasaportes, nostoros nos encargamos.”
Aquello causó un gran revuelo en el grupo de gente que esperaba en las filas y no faltaron las miradas de terror, de desprecio, de asco… Se abrió un amplio espacio vacío alrededor de nosotros como si en el centro hubiese caído un cartucho de dinamita con la mecha chisporroteando. La mayoría deseaba no estar en el lugar en aquel momento. Todos se precipitaron para que los atendieran pronto y así podeer huir de aquel lugar.
Aunque el trayecto hasta la sala de aislamiento era breve, sentí las piernas muy débiles y dos personas uniformadas de sanitario debieron ayudarme a continuar. En dos ocasiones en el pasillo debí hacer uso de un recipiente de basura para satisfacer las incontrolables arcadas que eran lo único fuerte que quedaba en mí. Sentí un sudor frío que me perlaba la frente y una sensación inminente de alejamiento del mundo real.
Ya sentado en un sillón medio escuché cuando mi esposa era sometida a un interrogatorio y le pedían que firmara un documento. Entre tanto, en varias ocasiones hice el intento de vomitar en un recipiente que me acercaron, pero todo resultaba en vano, sobre todo cuando me introdujeron en la nariz, hasta el fondo, un aplicador rígido y frío.
Lo único bueno de aquellos momentos de antesala de mi muerte resultó ser la brevedad de los trámites de aeropuerto, ya que en poco tiempo me encontré en la privacidad de un recinto de ambulancia. No importaba cuál fuera el destino final, que resultó ser nuestra casa.
Comenzaba una larga, dolorosa e inacabada cuarentena.
Ni el reposo en cama ni las dos tabletas de analgésico cambiaron en lo más mínimo el dolor que iba a provocar la explosión de mi cabeza. Menos aún el martirio en los globos oculares, que parecían haber crecido al doble, que no lo calmaba el estar con los párpados cerrados y que se convertía en una tortura con su más leve movimiento.
Si en el aeropuerto tuve cerca de cuarenta grados, me daba la impresión de que la temperatura estuviera ahora varios grados más arriba. Mi cuerpo y las sábanas estaban empapadas por igual.
A partir de aquel momento, el sueño desapareció de mi vida por muchos días. En fin de cuentas no era necesario dormir porque las pesadillas monstruosas me acosaban despierto y a todas horas. Me dolía hasta el músculo más pequeño, que no sabía ni que existiera.
Aquella puñalada que apareció una madrugada en la parte de atrás, a nivel de las últimas costillas era algo nunca antes experimentado. Me obligó a respirar muy suave y seguido. Hasta ese momento pensaba que ya había purgado todas mis penas hasta que apareció la espantosa tos seca recurrente; en cada acceso el puñal entraba y salía de mi pulmón.
El líquido que me obligaban a tomar me desgarraba la garganta al bajar. Descarté cualquier alimento sólido de inmediato.
La fiebre, la tos, los dolores generalizados y el malestar general se prolongaron por un tiempo; no tenían cara de mejorar. Todo lo contrario.
Frecuentemente nos contactaba el personal de salud a la casa por teléfono o mediante visitas. En una de esas llamadas me pareció entender que tanto mi esposa como yo, habíamos resultado “positivos”.
Había llegado a perder el asombro sobre lo que me iba ocurriendo, hasta que un día noté las uñas de los diez dedos de las manos de un color morado intenso. Le eché la culpa al frío que se alternaba con el calor en entrar y salir de mi cuerpo y las envolví en las cobijas. Ignoraba que aquel signo era lo que esperaban los médicos para decir “hasta aquí llegamos; vamos para el hospital”. Y así sucedió.
Otra vez el recinto de la ambulancia oloroso a desinfectante, alcohol y jarabe para la tos. El vehículo se bamboleaba en cada metro de calle que recorría, desencadenando mis náuseas y los dolores de todos y cada uno de los músculos y huesos de mi organismo.
Desde hacía varios días había dejado de ser dueño de mí mismo para convertirme en un dependiente total de las otras personas. Más aún cuando me tomó a cargo el personal médico y de enfermería al llegar a emergencias.
¿Qué era aquello que estaba ocurriendo? En el preciso momento en que la misma camilla en que me habían bajado de la ambulancia tocó el umbral hospitalario, aparecieron una docena de personas, cubiertos con vestidos de protección más sofisticados aún, más extraplanetarios aún que los de migración. No hubo preguntas, solo anuncios:
“Le voy a poner esto en la nariz y va a respirar pronfundo” “¿Cuántos litros, doctor?” “Extienda el dedo índice para colocarle esto. Va a sentir un poquito apretado.”
“¿Cuánto?”, preguntó el médico a la enfermera.
“Setenta por ciento”
Mientras esto ocurría me despojaron de la ropa de casa para colocarme una bata ligera de hospital, que cubría solo la parte delantera. El frío del aire acondicionado me llegó hasta lo más profundo y sentí un pequeño alivio.
“Le va a doler un poquito este brazo donde le pondré la vía…”
¿Un poquito?, la mentira usual y comenzó la persona a punzar y fallar, punzar y fallar y cada intento que hacía era un clavo de cuatro pulgadas que atravesaba mi piel. “Es que tiene las venas muy aplastadas por la deshidratación” decía en voz alta pero para sí misma.
“Apenas coja la vía pásele el suero a chorro”, se oyó una voz.
Un doctor con más experiencia me tomó una vía en el otro brazo en el primer intento, sin advertir que iba para adentro una gruesa aguja. Preferible así.
Me descubrieron el pecho y me colocaron unos parchecitos plásticos autoadheribles que conectaron luego a unos cables que se dirigían a un gran monitor lleno de datos numéricos, unos fijos, otros centellantes. El doctor de más experiencia fijó su mirada en el monitor por unos segundos y exclamó:
“Por dicha, aparte de la taquicardia de ciento treinta, no hay nada más”.
Otro doctor que se había apartado de los alrededores de la camilla con un papel en la mano, indicó que era para el laboratorio y pronto apareció el técnico a punzarme una vez más, pero en esta ocasión con más pericia.
“Lo vamos a sedar muy suavemente para que esté tranquilo”
Mientras el sedante hacía efecto otro instrumento invadió mi cuerpo. “Cien cecés, orina clara”
Por un rato volví a dormir un poco, algo que no hacía desde días atrás y sentí un tremento alivio.
Los días y las noches empezarna a transcurrir uno detrás del otro. ¡Qué importaba la hora que fuera!, las intensa y enceguecedoras luces fluorescentes del cielo no permitían hacer la diferencia. El frío permanente nunca cedió.
De igual manera pasó el tiempo en medio de la rutina de cambiar sueros, vigilar los monitores, medir la orina, cambio de ropa personal y de cama y el frecuente “¿Cómo se siente?”
Me sentía tan bien que creía que todo marchaba favorablemente y que pronto estaría de vuelta en mi casa. El personal pensaba que no escuchaba lo que hablaban entre ellos: “se está desaturando muy rápido” y “estos gases no me gustan” dijo el médico jefe. “Llamáme a la UCI, porfa”.
“¿Lo pasamos intubado o lo intuban allá?”
Estando en mis cabales me habría dado un ataque, pero aquellas palabras se confundían con el ruido de los monitores, el teléfono timbrando a cada rato y el ruido atenuado del personal en su ir y venir.
Sabía que estaba ingresando en la unidad de cuidados intensivos porque estaba grave. Aún así, me daba igual. La unidad estaba con una ocupación media. En la misma cama especial en que me trasladaron me acercaron a la pared que era como una cabina de avión moderno con todo tipo de aparatos y monitores, que quedó detrás de mi cabecera. Sentí por última vez cómo estaba “jalando” tan mal para respirar. Con los ojos entornados pude apreciar la presencia de un médico, en una mano tenía un aparato como una lámpara de mano con una especie de cuchara adherida y en la otra un amenazador tubo de caucho.
“Ponéle lo que resta en la jeringa” le dijo a la enfermera y a mí, que me tragara la saliva..
De inmediato percibí aquella sensación de ingravidez tan agradable, el ambiente se coloreó con una especie de tenue luz indirecta, verde de neón y me acogió una agradable temperatura.
Mi alma se alejó un tanto de mi cuerpo para observar durante muchos días cómo luchaba por mi vida, pero se negó a abandonarme en forma definitiva.