Marañón de la marañonería
Autor: Carlos Fuentes Bolaños
Viven en espacios hacinados: duermen en cartones o espumas. Comen, cuando la vida les provee, en utensilios maltrechos y poco higiénicos. Trabajan por un salario mísero y casi en estado de esclavitud: a ellos no los cubre el seguro social. Tampoco beben agua potable o les llega la electricidad. Y cuando se enferman los señalan, los apartan, los discriminan.
Tienen hijos pequeños, cuya mirada se pierde en un horizonte desolador. Ya no van a la escuela porque están cerradas, pero tampoco tienen los medios para internet o teléfono para seguir las clases. Quizás dentro de algunos años hablaremos de las generaciones perdidas. Las perdimos entre todos. Algunos, olvidando, porque el olvido es una característica de la locura según Erasmo, dirán que fue que no aprovecharon las oportunidades. Quienes las aprovecharon hablarán dos o tres idiomas, serán los que asciendan, las que desempeñen cargos empresariales y políticos. La brecha, la inhumana brecha.
El personal sanitario ha puesto su mejor esfuerzo. Son incansables. Con gran mística han dispuesto más servicios de atención para que las personas puedan ser atendidas. Trabajan las veinticuatro horas del día en las clínicas y hospitales, otros van a las comunidades a localizar posibles casos portadores del virus. La organización de los servicios ha hecho lo posible por controlar el contagio, pero sus autoridades advierten que este no se detiene en los hospitales, es cada persona responsable de hacerlo.
Por eso, parece inhumano lo que le hicieron a una paciente recién egresada de un hospital: una ambulancia la fue a dejar a la casa, pero al chofer y a su asistente, les pareció que la mejor forma era dejar a la señora en bata de hospital, descalza y con mascarilla en medio de la lluvia. La bajaron del vehículo a unos cien metros antes de llegar a la casa. Una pesadilla, un cuento de terror... aquella imagen captada por una cámara era un ejemplo de desolación. La mujer iba despacio, muy despacio, enferma...mientras la ambulancia daba vuelta para volver al hospital. No hay explicaciones razonables, ni una sombrilla, ni un gesto de humanidad, ni una esperanza, ni una mano amiga que la llevara hasta la puerta de su casa.
Mientras tanto, cientos de funcionarios de salud en ese momento estaban atendiendo a muchos enfermos, con paciencia y sabiduría. Algunos soportando largas horas de trabajo, usando equipo de protección y con una alimentación básica. Se reporta que choferes de taxis y autobuses no los quieren transportar al final de sus jornadas.
Y es que ahora hay muchas vías de información. Muchas maneras de valorar lo que puede hacer o no hacer el ser humano por sus semejantes. Es así como vemos a un hombre rubio que, aunque ignorante gobierna un imperio, diciendo que la economía no debe sacrificarse por la pandemia, llama a trabajar y, en el paroxismo de su calculada insensatez, afirma que podría ser seguro hasta tomar insecticida para matar al coronavirus. Y aún así, tiene gente que lo aplaude y lo reconoce como líder indiscutible.
Otro, con juego peligroso de palabas, le dice al pueblo que él está protegido por tréboles, estampitas y amuletos. Uno, aunque su segundo nombre es Mesías, dice que no tiene la facultad para resucitar a las personas fallecidas por la gripecilla. Otros gobernantes decretan cuarentena con mano militar: el que salga se le vuela bala, ordena el energúmeno. Otro no tiene piedad, como dice él, con quienes tampoco han tenido ninguna piedad con sus víctimas: encierra a los reos al arbitrio del virus.
Una pareja dictatorial decidió que para espantar el virus había que hacer un festival lleno de colores y médico que hablara de cifras reales de contagio, médico que perdería irremediablemente su puesto. Se dice que en las noches pasan raudos los desfiles mortuorios.
Que se mueran los viejos y dejen vivir a los jóvenes que son más productivos, dice el anciano gobernador de Texas que aboga en favor de la economía.
Y antes de que vinera el virus para quedarse, una señora de un organismo internacional afirmaba contundentemente que un problema para la economía es que el mundo se está llenando de viejos y estos, además de no producir, cargan enfermedades crónicas de difícil tratamiento; ¡ah!, y hay que pagarles pensión. Una famosa y muy internacional compatriota llamaba a despoblar el planeta porque está sobrecargado de gente (es fácil intuir por quiénes podría comenzar esa despoblación: por ambos extremos del hilo). La pandemia nos desgarra, vivimos en un mundo decadente.
Un joven y arrogante periodista le exige al Ministro de Salud que por favor le dé los modelos matemáticos para estudiarlos, para saber si no le están vendiendo gato por liebre. Él los descifrará para valorar si los matemáticos han tenido algún desliz que no quieren informar o bien para corregir el método empleado. Tan fácil como repetir diez veces, seguido y sin pausa ¿Marañón de la marañonería, quién te desmarañonará?
Y en las redes sociales los expertos en epidemiología y en organización de servicios de salud han brotado como abejones de mayo. También han liberado sus miedos, su rabia y sus rencores los xenófobos, los enemigos de los pobres, los racistas, los que están en contra de los servicios públicos, los crédulos, los incrédulos, los que abjuran de la libertad de cátedra, los que son expertos en teorías de la conspiración... todos con el sagrado derecho de opinar, pero muchos con muy mala ortografía.
Se puso de moda el concepto de burbuja social. Vivo en una burbuja social. Me cuido para cuidar. Esa es la idea. La burbuja cuando se rompe, libera su contenido. Por eso la frase que obliga: Quédate en casa. Pero quedarse en la casa, cómo: acomodado leyendo, viendo televisión o jugando en la computadora; o sin trabajo y esperanza, sin aire que vivifique, sin el sueldo del mes, con familia a quien proteger, con angustia por lo que falta en la mesa, ¿cómo?
Y otros se animaron y rompieron la burbuja. Ciclistas en puño viajando por los pueblos; gente haciendo fiestas en sus casas y viendo los partidos de futbol. Esos que fueron autorizados por la presión económica de anunciantes, televisoras de transmisión exclusiva, directores y periodistas. Imposible no celebrar un gol en medio de abrazos y besuqueos; imposible no cantar al campeón con un gallo de carne asada en la mano derecha y una cerveza en la izquierda... Imposible acordarse de que puedo contagiar o contagiarme: eso que quede para los expertos, para los que llevan estadísticas y los que están preocupados por la ocupación de camas hospitalarias o la falta de respiradores.
Los lugares de culto fueron cerrados por mucho tiempo. Cuando los abrieron con medidas restrictivas, resulta que algunos la semana siguiente tuvieron que cerrar porque estaban en un lugar indicado como alerta naranja, peligro por contagio comunitario. A ponerse con Dios en la casa, participar en las misas u otros cultos religiosos por radio o televisión, no queda de otra. La gente añora abrazarse para darse la paz, darse de la mano para orar o cantar, participar en la comunión...nada. Hasta la despedida de los difuntos es rápida, no más de diez participantes en las honras fúnebres. El abrazo a los deudos está ausente, el consuelo quedó en el umbral de las casas. Amigos y conocidos rinden su homenaje póstumo en la fría distancia.
La vida ha tomado otro camino, falta de trabajo, ausencia de jóvenes en las aulas, horarios diferenciados para adultos mayores en los centros comerciales, consultas médicas por internet. Pero también, se han observado venados y dantas atravesando carreteras, cachalotes cerca de la playa, pumas y coyotes corriendo por los montes, aves despreocupadas en los parques. Una pava tornasolada llegó a mi casa por frutilla de güitite.
Y aquí, añorando las tardes de café, las conversaciones con amigos y evocando la visita de mis nietos y mis hijos: las adivinanzas, los chistes malos que cuento como abuelo y solo yo me río, el juego de la marioneta llamada Tuto, los dibujos a colores sin perspectiva...