Cuento Extranjero

La ventana verde

Autora: Brenda Gladys Alzamendi Martínez
País de origen: Uruguay

El teléfono sonó con insistencia, era muy temprano. Sentí los pasos de papá ligeros rumbo al comedor.

Luego atropellando todo a su paso, entró al dormitorio donde mamá también descansaba.

Escuché los murmullos de la conversación, pero no sé qué decían, mamá se levantó rápidamente. Sentí que no eran buenas noticias.

Papá entró a mi cuarto, sus ojos tenían una inmensa pena, se esforzaba por no llorar.

-Susi -me dijo bajito- falleció tu abuela, la encontró la enfermera ésta mañana en su cama.

-Dirás en esa cama, solo papá, en ese maldito lugar que me alejó de ella, nunca le perdonaré a mamá que no pudiera cuidarla ¡Pretextos!, ella no daba trabajo,

-Además - digo yo- si ella crio cinco hijos, ¿Nadie pudo cuidarla?, ella era solo una. Lloré días enteros cuando se la llevaron, quedé tan sola como el cuarto que compartíamos, junto a “Perla” la gata blanca

***

La abuela, le había hecho a Perla una hermosa cama de mimbre barnizado y como tejía crochet, la había adornado con pequeñas flores y cintas en punto cadena, de todos colores

Su cama y la mía estaban una al lado de la otra y en el medio una gran ventana que queríamos pintar de verde, aún en contra de la férrea negativa de mamá. ¡La pintamos!, fue mi padre que intervino para que pudiéramos hacerlo.

¡Déjalas Berta!- le dijo- mamá recién perdió a mi padre no pelees...

Y así la pintamos de un verde tan chillón que no pegaba con nada, pero en verano ¡Ahh! las cortinas blancas, festoneadas, se batían a duelo con el viento que venía del mar, pero el marco del color de las algas marinas, que me mandaba recoger para hacerme buñuelos, nunca les dejaba ganar.

Una enorme mecedora, siempre estaba frente a ella cargada de hilos de seda de mil colores, y Perla por supuesto ronroneando en su lugar preferido.

Me parece ver a la abuela levantarla como a un enorme copo de algodón y subirla a su falda para no desalojarla.

En el suelo, la caja con mis muñecas, que vestíamos ricamente como princesas.

¿Cómo es posible ser más feliz?, ¿Cómo es posible que mamá no entendiera que yo la amaba tanto?

Todo comenzó cuando murió mi abuelo, ella lloraba mucho y yo me iba a su cuarto me metía en su cama, entonces ella detenía su llanto y me contaba historias que a veces no entendía. Pero era tan hermosa su voz, que nos dormíamos tomadas de la mano.

Mamá se oponía en cualquier oportunidad ¡Qué no es lógico! ¡Qué no era saludable! y yo que sé cuántas pavadas más, al final aceptó traer mi cama a su cuarto y ahí comencé a recorrer todos los caminos de aprendizaje a la felicidad. Fui creciendo, entonces necesité otras cosas, mi escritorio, una biblioteca, nada más cabía en su dormitorio y ahí acabo todo.

Me expulsaron del cuarto de mi abuela, nos quedamos las dos solas en la misma casa, ella dejó de tejer, la gata andaba todo el día por ahí vagando ya ni gustaba dormir en su cunita de mimbre.

Mi abuela, siempre estaba sentada frente a la ventana verde, mirando el mar. Cuantos caminos abra surcado el tajamar de su barco, mientras esperaba el momento que iba camino de ida y vuelta a la escuela, para saludarme con su pequeña mano. Y fue quedando sola ya no quería comer, ni salir a caminar...

Papá siempre se ocupaba de ella -mamá tenés que... esto, aquello- Ella nunca decía nada, hasta que un día mamá enfrentó a papá y le dijo.

¡Tu mamá está enferma!, ya no puedo hacerme cargo. Y se la llevaron...

Ese día llegué a la casa, me extrañó que ella no estuviese en la ventana, entré corriendo y de un solo toque conocí el vacío, el espacio lleno de soledad que me dejó su partida, a esa otra casa.

Ahí me di cuenta de las soledades de los abuelos, lo poco que compartimos, luego que dejan la casa. Parece que nadie tiene mucho tiempo.

Ella me llenó el alma de cosas tan bellas, me quedaron sus ovillos de seda de mil colores, Perla y toda la sabiduría de los tiempos.

No quise despedirme, no pude, papá sabía lo que había perdido, solo me abrazo. Cuando se acercó mamá me miró, la miré retadora -y le dije- ¡Mamá! cuando seas anciana como la abuela y tus nietos te amen como yo a ella, entonces comprenderás que tu egoísmo no tenía razón de ser.

-Yo te amo- Por el gesto que hizo, creo que ahí comprendió, que ella también sería abuela algún día y que yo le había mostrado el camino.

Creo que entonces, solo estaba un poco celosa ¡Que tonta!

Recuerdo que ese día me senté frente a la ventana verde con Perla en mi falda, para verla partir y decirle adiós con la mano, como ella solía hacerlo conmigo, cuando iba camino a la escuela. Me quedé un rato sentada

Cuando iba a cerrar las cortinas vi que una araña comenzaba a tejer en la ventana una hermosa e intrincada telaraña como los caminos de la vida, “buena aprendiza”, le dije. Y abrí la ventana verde chillón de par en par, para que hoy el viento que venía del mar, no se batiera a duelo con las cortinas, y le perfumara el camino.

cierre de obras