Juego de vanidades
Autor: Raúl Héctor LombardiPaís de origen: Argentina
Aún cuando todos siguen creyendo que fue un acto consciente—y hasta diría premeditado—,yo insisto con mi versión de que las causas determinantes de aquel hecho, fueron una sucesión de circunstancias azarosas que nada tuvieron que ver con la animosidad. De todos modos, cada vez que vuelvo a relatar la historia, no puedo dejar de comprender el escepticismo del resto de los amigos, y ni qué hablar de la sociedad en general.
Resulta que aquella semana del viernes fatal, me correspondía hacer el asado en casa. Como de costumbre, y por ser anfitrión, me tocaba hacer las compras y ocuparme de toda la logística de la reunión. Un verdadero plomo. Lo único que me reconfortaba era que iba a estrenar aquel hermoso cuchillo asador que me había regalado el viejo para mi cumpleaños. Al fin, pensaba, podría reemplazar el tradicional “serruchito” por el que tantas cargadas había recibido, sobre todo de Jorge.
-¿Cuántos somos?-le pregunté el jueves a Tito, que se ocupaba de la convocatoria.
-Con Gastón, que me confirmó hoy a la mañana, creo que nueve.
-¿Edu, viene?
-Lo vi el martes y me dijo que lo contáramos.
-¿Y Jorge?
Jorge era relativamente nuevo en el grupo. Se había incorporado por una invitación de Eduardo en un asado que hizo en su casa. Al principio me resultó un tipo agradable pero, de a poco, comenzó a mostrar algunas facetas de su personalidad que no me caían del todo bien. Nunca hice público mi desagrado porque, gracias a sus actitudes histriónicas, había sido bien aceptado por el resto de los muchachos.
-Sí, me dijo Eduardo que lo pasa a buscar él.
-¡Pucha que lo tiró!-protesté, sin poder reprimirme.
-Pero... ¿cuál es tu problema con Jorge?
-Es que me jode-me había soltado y ya no podía parar- No hay cosa que uno diga o haga que él no la haya dicho o hecho, antes y mejor. ¿Qué querés que te diga? No puedo evitarlo ¡Me jode!
-¡Vos sos el insoportable! Es un tipo divertido.
-¡Sí, un divertido “sabelotodo”! Mirá, te doy un ejemplo, cuando querés contar algún cuento, apenas decís dos palabras y él ya hace gestos como que lo sabe. O también, cuando lo terminás de contar, ¡repite el final como si te hubieras equivocado o se te anticipa con la frase del remate sacándote todo el mérito de la gracia! El asunto es que siempre está adelantado en todo y te arruina cualquier intento de ser el centro de la atención, aunque más no sea por unos segundos.
-Es que el tipo la vivió. La verdad sabe un vagón de cuentos y los cuenta bien. Se ve que tiene calle. ¿Vos viste las historias que lleva encima?
-Yo te digo una cosa, ese tipo miente. No sabe todos los cuentos que dice saber. Sólo que le gusta hacernos creer que es así. Y te digo más, no creo que sean ciertas todas las historias que dice haber vivido-rematé con desprecio, ya zafado y con la razón confundida.
-No sé, a mí me parece que te equivocás.
-Te digo que no, Tito. Mirá, para que te des cuenta de una buena vez, mañana voy a inventar un cuento cualquiera. Vas a ver que ni bien empiezo, él hace esos gestos como de que ya lo sabe, y mueve la cabeza y se sonríe para que los giles como vos se lo crean.
-Y bueno... si a vos te parece. Hacelo y vemos qué pasa.
Al día siguiente, éramos diez. Se agregó Julián que vivía en la Capital pero había hecho un viaje relámpago para ver a los viejos. Jorge estaba feliz de tener un escucha nuevo y, a pedido del resto de los muchachos, reiteró sus históricas anécdotas de vida y repitió cuentos que todos festejaron como si los contara por primera vez. Para colmo, se había sentado a mi lado y me aturdía con su vozarrón intolerable.
En un momento, aproveché el silencio que se hizo mientras trozaba y repartía la primer bandeja del asado, para guiñarle un ojo a Tito y decir:
-Muchachos, tengo un cuento nuevo, escuchen: resulta que iban dos amigos en medio del desierto muertos de hambre y sed, totalmente perdidos, al borde de la locura y hartos de perseguir espejismos que se esfumaban...
Hice una pausa y lo miré como al pasar a Jorge, que estaba imperturbable y con la cabeza gacha sacándole grasa a un trozo de vacío. Algo sorprendido, pensé: ¿Le habrá advertido alguien? No, no puede ser. Ya se va a delatar el muy turro, mientras me pareció ver una sonrisa irónica en la cara de Tito.
Continué:
-... de pronto, uno le dice al otro: ¡Estoy viendo una mujer desnuda debajo de unas palmeras, con un cántaro de agua y una bandeja repleta de comida! El otro, sorprendido, le contestó: ¡Yo también la veo! ¡No es posible que veamos el mismo espejismo!, ¡tiene que ser real!, y se levantaron de un salto para caer sobre el agua pero... pasaron a través del cántaro sin poder tocarlo...
Jorge me miraba con excesiva atención y en total silencio, mientras que varios de los muchachos intercambiaban miradas cómplices. No tuve más remedio que seguir:
-... pero una vez que volvieron a mirar, las cosas seguían estando un poco más allá del lugar en que las habían visto antes. Entonces, la mujer desnuda dijo: El cántaro y yo somos un espejismo que podemos convertirnos en realidad, pero sólo para uno de ustedes; ¿y qué tenemos que hacer?, dijo uno de los perdidos; muy simple, tomen aquella daga que está al pie de la palmera y peleen hasta que sólo quede uno con vida. Ese será el que tendrá el agua, la comida y... a mí, dijo la mujer bajando la vista; pero... ¿la daga, no es un espejismo?, respondió el otro amigo; no, no lo es. Y el primero que la toque se va a dar cuenta que esa es la llave para cumplir sus deseos.
¡Increíble! El tipo permanecía callado. Yo no había previsto un final para el cuento. Di por sentado que él se delataría de entrada nomás con algún gesto o comentario. Pablo y Eduardo murmuraron algo entre ellos, que yo interpreté como una burla. Unas gotas frías de sudor me surcaron la frente y el agua comenzó a bromarme de las manos. Aunque ya estaba en el terreno de la improvisación y el derrumbe era inminente, saqué coraje y continué.
- ... entonces, los dos amigos se lanzaron en carrera hasta que uno de ellos logró agarrar la daga y la levantó amenazante... y... el otro se arrodilló... suplicó clemencia... entonces... el de la daga pensó... dudó... miró la comida... y... eeeh... el agua... la mujer desnuda...
-¿Y?... ¿qué pasó?—vociferó Jorge con impaciencia.
La mayoría del grupo ya estaba riéndose sin disimulo ni concesiones y eso fue más de lo que pude soportar. Me levanté de la silla, lo miré con asco y apoyando los puños en la mesa, grité con todo mi odio:
-¡Cómo! ¿Vos no lo sabés? ¡Si vos lo sabés todo! ¡Sos un campeón sabelotodo! ¡Un ganador nato!
Definitivamente, me había deschavado y no podía parar mi desequilibrio. Él también se levantó y mirándome con un odio tan insano como el mío, me aturdió con sus gritos.
-¡No lo sé! ¡Si lo estás contando vos! ¿Qué se yo? ¿Qué querés que diga? ¡Pedazo de imbécil! ¡Lo mató! ¿Qué sé yo? ¡Yo lo habría matado!
No fui el único que perdió la cabeza; nos abalanzamos al mismo tiempo uno contra otro hasta que su mirada llena de odio se convirtió en incrédula y extraviada. “¡Un infarto!, ¡le dio un infarto!”, pensé al tiempo que se desvanecía toda mi furia.
Pero no. Lo intuí cuando sentí el peso de su cuerpo que caía empujando mi mano crispada. Me terminé de dar cuenta recién cuando la abrí en un acto reflejo por la impresión que me dio sentir el líquido tibio y espeso que se me escurría entre los dedos. Jorge caía con el cuchillo asador clavado hasta la cruz en el estómago. Y aunque nadie crea en mí palabra, juro que recién ahí, recién en ese momento me di cuenta de lo que había pasado.