La petición
Autor: Víctor Manuel Arguedas Ramírez
A las ocho de la noche del domingo, en la calle que rodeaban aquella humilde casa, hacía rato habían dejado de transitar los carros. A esa hora, dentro de la sencilla y deteriorada vivienda de Toñito – edificada con paredes de bahareque y techos de tejas- solo se oía el rumor de las voces y las risas que proveían del parque central de la ciudad. El leve ruido se colaba por las rendijas de los maltrechos marcos de las ventanas. En el parque, situado a pocas cuadras del hogar de aquel niño, la fiesta del día feriado no se acababa antes de las diez.
Mauricio, el padre, quien era delegado, ojeroso y que lucía una temprana calvicie, hacía lo posible por conseguir que su hijo Toñito, de tan solo seis años de edad, por fin decidiera dormirse. En el estrecho cuarto, sentados sobre la cama, la conversación giraba alrededor del tema más importante en aquella familia.
-España Cañí, papi. Te lo he dicho mil veces –respondía Toñito, ante la pregunta sobre la pieza musical que le gustaba oír en los conciertos de la banda militar. En este grupo su padre era el percusionista principal- Pero..., creo que me gusta más Barras y Estrellas –continuaba el chiquillo- ¡En esa sí que te luces, papi! –y reía, sabiendo que el sutil piropo ponía en órbita a su padre.
-Pero entonces, de ser así, debería gustarte más el arreglo de Patrulla americana –le replicaba el nombre tal y como si hablara con otro adulto-. ¡En esa pieza sí que me luzco de verdad!-y se carcajeaba, cosquilleando al niño antes de continuar-: Pero bueno, a dormir chamaco, porque hay que trabajar mañana. Toñito se enderezó con dificultad y besó a su padre en la mejilla; luego, volvió su cara hacia la puerta del cuartito, mientras decía con una suave voz:
-Buenas noches, mami.
Desde la reducida cocina de la casa, de la que a esas horas aún salía el olor de la olla de carne –eterno plato de los domingos en aquel sencillo hogar-, se escuchó la dulce voz de Carmencita, la madre del niño:
-Que pases buenas noches, amor. Y que los angelitos te acompañen.
Mauricio, además de músico en la banda militar, trabaja en una venta de verduras del mercado citadino. De esa manera mantenía su hogar sin sobresaltos económicos. Pero, su mayor interés era el de ensayar entre semana y tocar en los conciertos domingueros, bajo la mirada de adoración de su hijo. Por Toñito, el humilde hombre había abandonado el vicio del alcohol; y luchando por vencer las dificultades de la pobreza, nunca faltaba a ninguno de sus dos trabajos.
Toñito, único hijo, era muy bajo para su edad. La delgadez de su cuerpo y la palidez de su cara denotaban alguna anomalía en su crecimiento. Sin embargo, todos lo achacaban a la herencia paterna: Mauricio también había sido enfermizo en su niñez. Pese a todo, los padres del infante solo se preocupaban de verdad cuando éste les decía que le dolía el estómago, que sentía mareos y que estaba a punto de vomitar. En esos momentos la pareja corría hacia el hospital de la ciudad, en donde siempre lograban sacar al pequeño de aquellas agudas crisis.
En los últimos meses, los angustiados esposos tuvieron que hacer carreras cada vez con mayor frecuencia. Pero los doctores no daban aún con el diagnóstico para el mal de Toñito; solamente sabían que era algo delicado. Por lo tanto, las explicaciones para la afligida pareja nunca fueron claras ni reconfortantes.
Debido a sus males, Toñito no asistía a la misa de tropa de los domingos en la que su padre tocaba el redoblante con la banda militar. Carmencita, pensando en que su hijo no podía soportar la extensa ceremonia por causa de su enfermedad, prefería llevarlo directamente a la salida del templo, cuando el grupo musical iniciaba la marcha hacia el quiosco en donde ofrecían el tradicional concierto. En aquel lugar, el niño buscaba a su padre entre los elegantes uniformes y los quepis de color caqui. Una vez localizado, Toñito lo saludaba lleno de su infantil entusiasmo y, con un movimiento de su pequeña mano, le indicaba que lo seguiría viendo en el templete del parque. Henchido de orgullo Mauricio asentía con su cabeza y, poseído por un nuevo impulso, aumentaba la fuerza de los golpes sobre el redoblante.
Con un programa preparado por don Eduardo –el eterno Director-, el concierto iniciaba invariablemente con el pasodoble España Cañí. Luego seguía con algunos boleros, piezas de música clásica y composiciones de autores como Miller y Sousa. Al finalizar, los músicos regresaban en formación para dirigirse al edificio municipal, interpretando al mismo tiempo la marcha de Barras y Estrellas. Con esta pieza se le ponía punto final a la agradable velada. Hacía mucho tiempo que don Eduardo no realizaba cambios en aquella rutina.
Carmencita tenía por costumbre esperar a que el grupo musical tomara posición en el quiosco, y sentaba a Toñito en la banqueta desde la cual pudiera observar claramente a su padre. Por último, con una señal en la mano, la mujer le indicaba a su esposo que vigilara al niño, y se retiraba tranquila para la casa.
Al finalizar el concierto, cuando los músicos caminaban con paso marcial hacia el edificio de la Municipalidad –siempre bajo las vigorosas notas de Barras y Estrellas-, Toñito, con su pálida carita, se agarraba del pantalón de su padre y también marchaba junto a él. El niño no se perdía ni uno solo de los rápidos movimientos de las manos de su progenitor, cuando éstas golpeaban el redoblante con los palillos de madera. En esos momentos, Mauricio aprovechaba para desplegar toda su habilidad en el manejo de bullicioso tamborcillo. Eran instantes mágicos en aquella relación, y era fácil advertir que cada uno de los dos vivía por el otro. Alguna vez Toñito le confesó a su padre que cuando caminaba a su lado, oyendo de cerquita las notas de la fuerte marcha de Sousa, su corazón se le quería salir del pecho y le era imposible disimular una que otra lagrimilla.
Desdichadamente, la tarde gris de un domingo de invierno, Toñito falleció en el hospital de la ciudad. Los médicos declararon que su muerte había sido causada por una leucemia aguda, enfermedad de la que aún no se conocía un tratamiento eficaz en el país. La última de las angustiosas carreras de sus padres hacia el sanatorio, había sido en la madrugada de ese mismo día.
Por razones obvias, esta fue, hasta esa amarga fecha, la única vez que Mauricio se ausentó para el recital de la mañana. Las personas que asistieron comentaron acerca de lo deslucido de aquel concierto, porque el sustituto del principal percusionista no tenía, ni por asomo, la misma habilidad que éste. Pese a todo, nadie se interesó en averiguar el por qué de la ausencia del sobresaliente tamborilero.
Dos meses después del funeral de Toñito, antes del ensayo semanal, un entristecido Mauricio habló con don Eduardo, el afable Director de la banda.
-¿En qué puedo ayudarte, amigo? –le preguntó el cariñoso hombre, sin dejar de abrazar a su afligido compañero.
-Es que quiero pedirle un favor muy grande, don Eduardo, pero no sé cómo decirlo –contestó Mauricio con una voz que relataba todo su abatimiento.
-¡Entonces, solamente dímelo y ya! –dijo el director, aflojando su abrazo al percibir en aquellos ojos llorosos la desesperanza de su colega.
Tomaron asiento en sillas contiguas y el jefe lo dejó hablar.
-Bueno, que conste que se lo advertí, don Eduardo, porque es un favor muy grande –recalcó Mauricio retorciendo las manos y dirigiéndole una lastimera mirada de incertidumbre-. Quisiera pedirle que cambie el programa de los conciertos, porque si no... tendría que retirarme de la banda. Me he esforzado mucho, se lo juro, pero cada vez que tocamos España Cañí me confundo, y mi corazón se quiebra cuando recuerdo a mi hijo acostado en la estrecha cajita...
Don Eduardo tragó saliva. Algo le dijo que era mejor seguir callado.
-Pero es peor cuando tocamos Barras y Estrellas, Jefe... ¡Viera qué difícil!... -agregó el infortunado a punto de romperse. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo continuó-: Ahí es cuando siento la mano de Toñito agarrada al pantalón de mi uniforme... y..., le juro que me cuesta mucho sobreponerme...
En ese preciso momento Mauricio cubrió la cara con sus manos, y sacudido por repetidos espasmos, empezó a sollozar como si fuera un niño.