Cuento Extranjero

El beso de Emma Zunz

Autor: Hugo Daniel Álvarez Picasso
País de origen: Argentina

Abril 14, 2011

El romanticismo se distingue del realismo solamente por su carácter de determinación. Si una joven empleadita sueña con casarse con un millonario, es una romántica, pero si se esfuerza deliberadamente para “atrapar” a un millonario y lo consigue, ya deja de ser romántica para convertirse en realista. El niño que ansía atrapar la luna con la mano es un romántico como el niño que ansía ver la antigua Troya. Pero el niño que crece con un gran interés por la navegación interplanetaria se ha convertido en realista, como Heinrich Schliemann, que se fue al lugar de la antigua Troya y realizó excavaciones para hacerla resurgir, sólo porque de niño había tenido un sueño sobre aquella ciudad. Colin Wilson

A Martha, Silvia, Laura, Laurita y Horacio

Cuando Sidney Kugelmass me contó que había dejado su analista por un mago me resultó extraño. Lo conocía muy bien; los dos éramos profesores del Departamento de Humanidades desde hacía varios años. Mientras Sidney dictaba Filosofía yo me ocupaba de mis clases de Letras. Me abstuve de opinar porque descreo del psicoanálisis del que Kugelmass era un fanático. Creo que fue su abrupto abandono lo que me hizo prestarle atención durante aquellos días. A poco de ello, se lo veía feliz aunque alterado. Andaba a las corridas, desaliñado y profundamente distraído. Si no me constara su devoción por Daphne hubiera dicho que tenía una amante. Imaginé que todo era fruto de algo pasajero con lo que decidí no preocuparme por él. Sin embargo un colega, el profesor de Literatura Comparada Fivish Kopkind, comenzó a correr un rumor. En su clase estaban leyendo Madame Bovary y un extraño personaje calvo, peludo y extemporáneo cortejaba a Emma, quien por otra parte, se mostraba profundamente conmovida por las atenciones y la seducción de un hombre al que describía como muy moderno. Emma estaba camino a ser una transgresora por lo que no le presté atención. Pero algunos hechos posteriores me hicieron colegir que se trataba de Kugelmass. Fue entonces que tuvimos una charla y poco a poco lo fui cercando. Confesó su vínculo con el mago Persky y el truco del armario que permitía transportarse de inmediato a toda novela, cuento o poema que se introdujera por un orificio contiguo. Luego que Kugelmass me confirmó la veracidad de los hechos dejé de preocuparme por la suerte de mi amigo y admito que me ganó la emoción de conocer a Emma Zunz. Los cuentos de Borges adolecían de mujeres con nombres propios. Por ahí andaba “La intrusa”, compartida por los complejos hermanos “Nilsen”. “La Cautiva” era el nombre asignado a una indefensa niña inglesa robada por los indios durante un malón en las cercanías de Junín. “La Lujanera” fue la mujer de Rosendo Juárez hasta el día en que la abandonó huyendo por los pajonales del Maldonado. Los protagonistas masculinos de los cuentos de Borges corrían suerte dispar, pero al menos tenían nombres. Emma era una excepción, tenía una historia y unos hermosos diecinueve años. Sin embargo su relato era un ajuste de cuentas donde no solo se sacrificaba sino que luego de saldarla, aborrecería a todos los hombres hasta el fin sus días. Me propuse cambiar su destino. Ambos éramos judíos y jóvenes. Mi nombre Cavett es una apócope de Kavéttskovich. Comencé precozmente con el dictado de mis clases y entendí que debía adoptar un nombre sencillo y fácilmente recordable. Siempre tuve deseos de gustar y me estimulaba seducir a mis alumnas. Sin embargo nunca tuve nada con ninguna de ellas, todo mi amor estaba depositado en la única heroína que para mí había inventado Borges. Le imploré a Kugelmass que me presentara al mago, aunque lo logré amenazándolo con contarle todo a Daphne. Sé que no se le hace eso a un amigo, pero en mi defensa, estaba poseído por el amor. Fue esa misma tarde que me presenté ante el Gran Persky y a pesar de mi invocación a Kugelmass (o tal vez por ello), me cobró una tarifa extraordinaria porque no conocía al autor (Borges) ni a la protagonista (Emma Zunz), lo que le hacía correr un riesgo mayor, según me dijo. No entendí lo que quiso decirme pero rápidamente acepté pagarle el doble que Kugelmass. Me introduje en el armario luego de recibir las instrucciones que conocía de antemano y cuando ingresó el cuento, un seco sonido me depositó en la fábrica de tejidos “Loewenthal”. Unas cien mujeres hacían sus tareas manuales. Desesperadamente miré en todas direcciones y en un ángulo del inmenso salón divisé a una joven rubia, de pelo rizado y dureza en el rostro. ¡Era Emma! Yo estaba convencido que su postura era una fachada. Adivinaba entre líneas que debía ser dulce y comprensiva. Sus pechos se adivinaban enhiestos bajo su atuendo obrero y en general, se mostraba ante mis ojos, torneada y menuda. ¡Qué belleza austera! Emma impertérrita, Emma orgullosa, Emma segura, Emma sensual. ¡Cuánto debía agradecer a Borges que no la describiera! Me la había imaginado bella y personal. Pero todo cuanto había fabulado era poco. Sabía que en la fábrica había prolegómenos de huelga. Esperé a Emma en la puerta y la seguí. Sabía también que se dirigiría al Puerto. Me senté a su lado en el tranvía y le di mi pésame por el suicidio de su padre. Mentí. Le dije que era Fain, Miguel Fain, compañero de cuarto de su padre en Río Grande do Sul y quien le había enviado la misiva de los confusos hechos que acompañaron la muerte de Emmanuel Zunz. Emma empalideció y yo sentí una congoja. Por otro lado sabía o mejor dicho imaginaba que la historia se estaba distorsionando de una manera sospechosa y que mis alumnos, mis colegas y sobretodo Borges (quien recibía por ese entonces una mención honoris causa) se alarmarían con el devenir de los hechos. Tenía poco tiempo y era imperioso actuar. Logré disuadir a Emma de no concurrir al puerto y su plan comenzó a alterarse. La invité a “La Ideal” a tomar un chocolate y mientras inventaba un final feliz para su padre no podía disimular la conmoción que me provocaba su belleza. No sé si era solo por la frescura y firmeza de esa joven decidida o la excitación que me producía ser un personaje de Borges. Logré que permitiera que posara mi mano sobre la suya al tanto que sonaba en mi interior la voz alterada del Gran Persky que me conminaba a volver. Temía una avería en el armario; nunca había estado tanto tiempo encendido y se había recalentado. Mientras Emma me concedía el beso más tierno y sensual que yo recuerde, pensaba que aún faltaba desmitificar la presunta traición de Loewenthal. Con lo duro que significaba, Emmanuel me había confiado que efectivamente se había tentado con el robo de los sueldos y el desfalco planeado durante años, lo había llevado a la práctica. En realidad lo impulsó el pensar que los obreros lo idealizarían; al menos uno de los explotados de la firma había estafado a Loewenthal y huido con una joven administrativa de la fábrica. Cuando Emma se enteró de la verdad, se sonrojó y al principio no me creyó. Luego cayó en la cuenta del silencio horrible de su madre cuando preguntaba por su padre. Una esquela breve de Zunz dirigida a Emma terminó por convencerla. El gran Persky me soplaba en el oído que Borges me había reemplazado como profesor en el City College e indignado explicaba a sus alumnos que Emma Zunz había sido embaucada por un falso personaje que estaba tergiversando el relato. Los alumnos tomaban nota de la reescritura del maestro que les dictada a viva voz. Sentía que mi personalidad menguaba y Emma me miraba ahora como si fuese un vulgar vendedor de flores. Retomó su rictus inicial y raudamente dejó “La Ideal”. Tomó nuevamente el tranvía que la conducía al puerto. El barco sueco Nordstjärnan de Malmö ya había atracado en el dique 3. Ingresó en el bar de la recova donde se situaban los marineros gringos. Yo la había seguido convertido ahora en un despreciable mendigo. Supongo que Borges se había olvidado de mí, pues para el caso, era apenas un signo. La acción había retomado su previsible final. Emma escudriñó a los jóvenes marinos y desechando la tentación del que la había impactado por su ternura, hizo un guiño al más rudo, árido y fornido bebedor, surcado de cicatrices que parecían costuras de las que Emma causaba sobre las rústicas telas de los uniformes. Vi el gesto cómplice, la correspondencia del marino, su cauteloso acercamiento y la brusca manera en que la arrastró por las escaleras y los pasillos que conducían a las habitaciones. Cuando entraron al cuarto atestado de humedad y muebles viejos, me abalancé sobre él y nos trenzamos en una dura batalla. Borges me manipulaba a través de sus alumnos. Ahora, sin más, era un harapiento niño vagabundo inerme, de los que juntan resabios de basura y latas coloreadas. Fácilmente me maniató e ignorándome poseyó reiteradamente a Emma con la brutalidad de los “Nilsen”. Lloré. Lloré desvaído de impotencia. Cuando Emma partió maltrecha y tal vez asqueada de su destino, no pudo soslayar que lo que acababan de hacerle, era lo que su padre había hecho con su madre tantas veces. Ya me habían degradado a ser un gato ignorado, de los que comen los ratones que habitan en los barcos y ocupan un lugar imperceptible en un relato. Vi a Emma componerse y salir decidida. Creo que me acarició al pasar. Borges impiadoso, detallista y tal vez arrepentido del gesto de humanidad o de flaqueza de Emma, me convirtió, de un plumazo, en un ratón de los tantos que pululan en los barcos. Apenas si oía lejano un sonido o una voz desesperada que ya no podía descifrar. Atolondrado y sin seso, me abalancé por instinto sobre una sobra del piso, a la par que sentí abruptamente un ahogo que prefiguró el final. El texto continuó, ahora sí lanzado, siguiendo puntualmente la huella del original; mientras que yo, humillado en mi sueño de héroe romántico y maniatado por el dictado menos minucioso que obsesivo de Borges, salté de la cubierta, a las procelosas aguas del río.

Las tres Marías, 06 2020

Reescritura de sábado al mediodía

cierre de obras