De no creer
Autor: José Luis TomassettiPaís de origen: Argentina
Les dijo que no sabía. Que todo lo que pasó lo había contado tal y como sucedió. ¡Estoy harta, harta! ¡No aguanto más! ¡Ni que yo fuera una loca!
¡Te dije que no contaras nada! —le gritó su hermana también cansada de tanto conventillo, y nada menos que con Crónica TV. Estaban en boca de todos. Las miraban como las aparecidas.
Siempre habían sido un poco raras. Solteronas. Prejuiciosas. Y muy católicas. Como Adelaida siempre decía: —Yo, llueva o truene, los viernes voy al cementerio a llevarle flores a nuestros padres— Y ahora para colmo de males, todos los que se enteraron de su nombre, y a raíz del sucedido, decían: que no te pase como a la de las tetas caidas!
¡Qué época tan terrible estamos viviendo! ¡Terrible! Es verdaderamente el apocalipsis. ¡Qué tremendo caos de valores! ¡Qué horror! ¡Jesús y María santísimos! ¡Creo que me estoy volviendo un poco loca! Lo más grave es que todo lo que digo es verdad, nada más que la pura verdad. Una verdad lisa y llana. Como todas las verdades. Aunque ésta es áspera e irregular.
La pobre Adel como le gusta llamarla su novio, con el que sale desde hace cuarenta años, con todo este lío, no la visita. Ahora ya no hablan de casarse. De tan acostumbrados que están al noviazgo, temen que si se casan, sobrevenga algún tipo de separación inesperada y nefasta.
Estas dos mujeres de Bell Ville, la ciudad más popular de los últimos tiempos, vivían encerradas. Ya no querían hablar con nadie. Cuando llamé para la entrevista me atendió Zunilda, la más agria y depresiva de las dos. Al decirle mi nombre se quedó pensando un momento como si no supiera quién era, a pesar de mis recientes éxitos como escritora, en verdad fue necesario que superara sus celos y envidias y estoy segura que hasta algún viejo resentimiento. Finalmente yo había sido la exitosa, y ella casi al final de su vida estaba atrapada en el monótono rolar de un pueblo olvidado salvo por dos de sus hijos. Venía a recordarle su fracaso, y los recuerdos se agolpaban como perros hambrientos en los pasadizos de su mente cada vez menos elástica. Pero a pesar de toda esta menesunda interna y no sin cierta mordacidad dijo: —¡¿Cómo estás querida?! en un primer momento no reconocí tu voz, de tan acostumbrada que estoy a verte y oírte por la TV, que no pude creer lo que oía. Supongo que llamás por lo de Adelaida –espetó sin esperar respuesta, harta de atender el teléfono que no le importaba siquiera conocer a los interlocutores.
Y sí, así era nomás.
Adelaida había ido ese viernes como de costumbre al cementerio. Limpió y lustró la chapa de los nichos donde reposaban sus padres, con un sólo mármol que los unificaba, ¡así en la vida como en la muerte!, —aunque el viejo fue un cretino que le arruinó la existencia a la pobre Luisa, pero el qué dirán, y como si la muerte mejorara a los atorrantes que parten, le arruinaron el viaje final a la pobre vieja que ni ahí se pudo librar de ese mujeriego y chupandín que le hizo pasar las de Caín— Lustró las placas, cambió las flores, se besó los dedos que irremediablemente pasaba por la foto de mamita, ¡que parece que me estuviera vigilando! ¡Era mi sombra! Creo que por eso no he podido casarme, como si ella se interpusiera entre los dos. ¡Sí, repetía en voz alta, ella aún me vigila! Y cada vez que decía eso, los que escuchaban cruzaban los dedos. ¡Es una fotografía muy rara! —Continuaba con el comentario— ¡sus ojos me siguen, no importa hacia dónde me mueva! Y en todo este paneo de miradas seguidoras se le pasaba besar la foto de papito. Se le olvidaba. Siempre en medio del trajín de subir las escaleras hasta los nichos de arriba que era un trabajo agotador para su osteoporosis avanzada, recordaba las recomendaciones de sus amigas que le decían: ¡no es que te caés y se rompen los huesos sino que se rompen primero y ahí te caés! ¡porque los huesos están desgastados Adelaida! y agregaban - ¡para qué vas tanto al cementerio, poneles una flor en casa y listo! ¡Tenés que modernizarte, dejá que los muertos entierren a los muertos!
¡Sacrilegio para sus oídos! No podía ni quería escuchar tales consejos.
Finalmente terminó la ceremonia y no sabe por qué rumbeó por una de las callejuelas del cementerio por la que nunca pasaba. Tampoco sabía por qué se había quedado con un gladiolo amarillo en la mano. La tarde comenzaba a caer. La luz descendió como una sábana de lino fresca y grácil; había en el aire ese perfume de pinos y las palomas torcazas gorjeaban como suelen hacerlo en todos los cementerios. Sonido de ausencias y redoble de la finitud eterna y la angustia que se clava para siempre en el corazón.
Adelaida pasó suave por una tumba perdida en la tierra y se volvió. La atrajo la desnuda soberbia del olvido. Se estremeció. Ese desamparo, tanta soledad, casi como estar borrada por la mano impiadosa del tiempo que avanza sin importarle nada.
Se sintió implicada en esa historia anónima. Y como un beso de sol al amanecer dejó sobre la gramilla desprolija ese gladiolo amarillo que alargó sus pétalos cerrados hacia una lápida descolorida y desencajada.
Se incorporó y sin volverse siguió su camino. No habría hecho veinte pasos cuando se topó con una mujer sentada en un banco frente a lo que sería un panteón muy, muy viejo. La mujer le sonrió y le hizo una seña para que la acompañara. Adelaida obedeció, casi porque sintió un repentino cansancio, que sólo días después recordó mientras ataba cabos. Además, la mujer tenía una cálida manera de sonreír, aunque –eso lo pensó al día siguiente- lejana, teñida por un romanticismo silente.
-Usted puso una flor en la tumba de la gitana, ahora ella va a venir a agradecerle. -dijo de pronto la mujer mirando hacia adelante.
Me quedé sumamente sorprendida -relataría después Adelaida-Y cuando estaba a punto de levantarme para salir corriendo me dijo:
-No le decía yo, ahí la tiene.
Giré la cabeza y la gitana estaba sentada a mi lado y me miraba con una amorosidad indescriptible. Me tendía su mano derecha y en su sonrisa había una gratitud extraña y resignada. Di un respingo y me levanté para salir corriendo, pero al darme vuelta para buscar refugio en la mujer que me había hablado, el banco estaba vacío. Se habían esfumado las dos. Sólo el frío granito del banco.
Desde ese día no volví al cementerio. Y es esta historia que nunca debí contar la que ha cambiado nuestras vidas.
Cuando regresamos a Buenos Aires, con el material filmado de la entrevista, -comenta la escritora en otra programa de televisión- nos quedamos boquiabiertos, tanto es así que revisamos el material una y otra vez para corroborar posibles errores pero todo parecía estar en orden, además que nadie que nos fuéramos los involucrados en la nota lo había manipulado: el tape contenía las voces de las mujeres haciendo el relato, pero no se veían sus imágenes. Los sillones estaban vacíos. Sólo aparecía yo gesticulando y hablando sola, aunque se podía percibir que me estaba dirigiendo a interlocutores supuestamente sentados en los sillones frente a mí y -lo más escalofriante- había tres tacitas de café al lado de esa bandeja con vajilla de plata.
Si me lo hubieran contado -con toda sinceridad-- no lo habría creído, pero me pasó a mí que soy muy terrenal, no creo en esas cosas.
Cuando la escritora llegó a su casa, abrió la puerta, dejó la cartera y otras cosas que traía en la mano y justo cuando se dirigía al baño, al pasar por el dressoire del pasillo, quedó petrificada, sobre el mármol blanco esplendía un hermoso gladiolo amarillo que parecía agigantarse el iluminar el ambiente, al reflejarse en el espejo.