El grito que quedó atrapado en una boca de hierro

Autora: Olga Marta Mesén Sequeira

Había llegado a la venta de antigüedades después de pasar de mano en mano y haber recorrido un largo camino. Los años que llevaba encima se evidenciaban en mi cuerpo, carcomido por la lepra de la herrumbre y en la madera de la agarradera, agrietada y seca como una tierra agostada por la sequía. Pero mi forma seguía estando intacta y mi boca seguía tan abierta como el primer día, como si con ese gesto quisiera manifestar que seguía estando viva, que todavía tenía algo que decir, aunque no estaba muy segura de que pudiera ser escuchada. Hacía mucho tiempo que quería encontrar el momento adecuado para contar mi historia, pero tenía muchas dudas de que tal cosa fuera posible. De lo que sí tenía certeza era que, en cualquier momento, algún coleccionista me llevaría a su casa, me sacudiría el polvo acumulado y me colocaría, como un trofeo de guerra, en algún rincón de la sala junto a otros objetos, tan antiguos como yo.

En la venta de antigüedades siempre había un bullicio bastante inusitado. Era como una corriente de vientos contrapuestos. Por una puerta entraban oferentes a los que no les interesaba tener en sus casas objetos que consideraban inservibles. Por la otra, llegaban clientes en busca de piezas viejas; cuanto más viejas, más apetecibles éramos. ¡Es curioso ese capricho por lo antiguo! ¿Qué es lo que tenemos las “antigüedades” que algunos nos desechan tan pronto como pueden y otros, en cambio, están dispuestos a pagar montones de dinero? Esto sí es un verdadero enigma.

Un día de invierno en el que caía y caía una lluvia necia desde tempranas horas de la madrugada, el propietario de la venta de antigüedades pensó que era imposible que alguien se atreviera a desafiar el clima y decidió no abrir el establecimiento, a la espera de un mejor ambiente. Con el silencio interior del negocio, salpicado monótonamente por la persistente lluvia, llegó el momento que esperaba. Y por eso estoy aquí, en estas páginas, contando mi historia.

Cuando me llevaron, recién importada del extranjero, a aquella casa alejada de la capital, rodeada de verdor y de unas montañas que se podían tocar con las manos, me ubicaron en un oscuro e insignificante rincón, donde también había un balde viejo, con el fondo agujereado por el tiempo, que me esperaba repleto de carbón de leña recién comprado. Según me enteré, los dueños de la casa habían decidido dar un paso hacia la modernidad y sustituir unas viejas planchas de hierro, que se calentaban acercándolas al fuego, por mí, la nueva moda: las planchas de carbón.

El día que llegué a aquella casa, que sería por muchísimos años mi nuevo hogar, todos los niños y también los adultos tuvieron que ver conmigo. Me examinaron detenidamente, me movían la palanca que servía para asegurar la tapa; revisaban mi interior: el espacio destinado al carbón; se asomaban por mi misteriosa boca diseñada para la salida de casi imperceptibles volutas de humo, esperando que saliera de aquella caverna alguna curiosidad; circulaban el índice por mis labios, menos toscos que el resto de mi cuerpo; tocaban mi corto cuello, como queriendo alargarlo; metían el dedo por el agujero trasero, mi pequeño culillo de doble función, pues servía para facilitar la entrada del aire para que el fuego no se extinguiera y para limpiarme la ceniza que se apilaba como un rimero de desechos volcánicos; me pasaban la mano por mi base brillante destinada a alisar la ropa, aunque comentaban que, antes de usarme, debía ser “curada” con cera de candela y un trozo de ladrillo de barro, que era necesario pasar y pasar muchas veces hasta que la superficie quedara tan luminosa como un campo de azogue. En fin, fue un día que yo llamaría de “presentación en sociedad” y de conocimiento ante quienes me iban a considerar como un objeto inseparable de sus vidas. Yo iba a ser un apoyo esencial en los días de fiesta, porque sin mí no podrían lucir sus trajes bien alisados y los “quiebres” rectos y únicos de pantalones y chaquetas como lo pedía la norma social no escrita, pero conocida de todo el mundo. Los uniformes de la escuela serían de ahí en adelante otra cosa. Los paletones de las faldas, los cuellos y mangas de las camisas, los pañuelos, los pequeños pantalones, tendrían mi marca indeleble.

La madre les asignó a los varones la tarea de pulir y abrillantar mi cara como si fuera para una gran fiesta. Todos se peleaban por tener parte en la labor y, finalmente, me dejaron como una novia. Mi superficie pulida y radiante y la agarradera de madera rojiza, cuidadosamente laqueada, contrastaban con lo bronco y rudo del resto de mi cuerpo, cuya piel de un color negro opaco, estaba cubierta de una fina e irregular porosidad.

Una tarde calurosa y dorada por el sol, comencé mi trabajo en aquella casa campesina que llegué a querer, sin que nadie lo supiera jamás. Me colocaron en una base de metal, un trozo de hierro que consiguieron en algún almacén, para que mi calor no quemara la mesa de aplanchar, acolchada con capas y capas de manta gruesa; acercaron el balde del carbón que me debía comer sin descanso para mantener mi cuerpo con energía y poder sacar la tarea: dejar muy alisada la montaña de ropa limpia que desbordaba de una canasta grande de mimbre.

Correspondió a la madre estrenar el utensilio. Como estaba habituada a las de hierro, al principio titubeó un poco, porque yo, como un caballo impaciente para una carrera, me salía de sus manos; pero ella, con la destreza acumulada en su intensa vida y los muchos desafíos siempre superados, salió rápidamente del trance y dominó la situación. Yo me sentía muy a gusto; estaba a mis anchas deslizándome, como una patinadora olímpica, por aquellas prendas engomadas, previamente rociadas con agua. La madre me pasó con cuidado por los pantalones y camisas más grandes y por las prendas que requerían una atención especial, por ser las que llamaban de “dominguear”. Pero una vez terminada su parte, llamó a su hija mayor, de escasos once años, y le pidió que la relevara en el trabajo; yo no podía protestar ni rebelarme ante aquello que consideraba una injusticia, un atropello, pues de mi boca solo salían intermitentes volutas de humo; mi alma de hierro caliente no podía estar de acuerdo, pero, aunque hubiera hablado, nadie conocía mi lenguaje y no me hubieran entendido.

Sin embargo, llevo clavada en mi tosca memoria de hierro, mordida por el tiempo, la imagen de aquella niña enclenque, con su peinado de trenzas sin lazo, subida en una banqueta, que ese primer día y muchos otros, me deslizó, como si fuese un trineo, por una cantidad interminable de faldas, pantalones, blusas, pañuelos, ropa interior hecha de manta y hasta limpiones de cocina. Quería oponerme, pero la niña pronto me dominó. Se notaba que estaba habituada al trabajo duro. La vida es ingrata y reparte de manera desigual sus bienes y oportunidades y las mujeres, aquí y en otras partes del mundo, sin distingos de edad, han tenido que librar una dura batalla, todavía no concluida. Yo también soy de sexo femenino y las entiendo; por eso, mientras espero que un coleccionista de antigüedades me lleve a su casa como si fuese un premio ganado en una competencia, quiero gritar y gritar, a voz en cuello, que no fui pensada para que ninguna niña de aquí o de allá, de antes o de ahora, deje su infancia alisando montañas de ropa. Tal vez este alarido nadie lo escuche; tal vez en el rincón de la casa donde deba vivir el resto de mi vida sean indiferentes a la historia que guarda mi dura alma de hierro oxidado; aun así, mantendré mi boca abierta, como aquella pintura del noruego Edvard Munch, para que, quienes me vean junto a otros trastos viejos, acerquen sus oídos porque tengo algo importante que decirles. Ustedes ya lo saben.

cierre de obras