Mi querido y fiel negrito
Autora: Olga Madriz Mezerville
Nunca podré olvidar el día en que llegaste a mi casa. ¿Te acuerdas? Yo estaba pasando un mal momento en mi vida. Me acababa de divorciar y mis hijos habían volado del nido para irse a estudiar. Y tú, a pesar de que eras muy joven, venías de vivir también situaciones familiares muy difíciles. Tú creías que tu madre no te quería y te sentías por ella rechazado. Pero estabas muy lejos de la verdad. Por lo mucho que te amaba, había preferido que te separaran de ella, ya que no podía llenar tus necesidades básicas de techo y comida, por ser muchos en la familia. Ante panoramas tan conmovedores, nuestra amiga común, Sibile, pensó que los dos nos necesitábamos. Podríamos ayudarnos, ser buenos amigos y acompañarnos.
No sé cuál de los dos estaba más asustado por este encuentro. Si tú, cargado de traumas y con una apariencia de furia que inspiraba horror o yo, que no estaba muy convencida de que tú eras lo que más necesitaba en ese momento. Siempre me había considerado una persona madura y sin prejuicios. Y, ahora tenía ante mis ojos a un joven desconocido, de raza y además negro. ¿Estaría haciendo lo correcto al echarme encima semejante responsabilidad? Me asaltaban las dudas. Sentía temor.
Pero conforme transcurría el tiempo e íbamos perdiendo el miedo nos fuimos acercando uno al otro. Tu adaptación fue muy rápida, y fuiste cambiando tu aspecto de enojo, por una apariencia dulce, llena de ternura. Estabas tan ávido de comodidades, buena alimentación, y sobre todo, tan necesitado de cariño, que cuando encontraste todo eso a mi lado, te convertiste en el ser más agradecido y el más fiel y celoso amigo. Un día llegó a mi casa una persona que me había hecho mucho mal, y a la cual tú no conocías. Quien sabe que vibraciones sentiste a mi alrededor, que cuando se acercó a saludarme, tú lo agrediste por la espalda muy molesto, creyendo que me iba hacer daño. ¿Te acuerdas? Desde ese día esa persona tuvo más respeto y nunca volvió a sentir que podía entrar y salir “como perro por su casa”.
Tenías muchas virtudes, pero también varios defectos. Eras un joven inmensamente desordenado. Cuando yo tenía algunas actividades en la casa y quería que todo luciera perfecto, tú en vez de ayudarme te encargabas de causar problemas. Te lo pedí ocho veces. Te regañé, dieciséis. Te amonesté, veinticuatro. Te amenacé, treinta y dos, y al final, al ver que no ponías nada de tu parte, perdí la paciencia. Fue cuando decidí mandarte a vivir a la finca de unos amigos, ya que no querías colaborar para que nuestro convivir se facilitara. Cuando mis amigos llegaron por ti, te diste cuenta que mis amenazas no eran “puro cuento”. Te resististe a subir a su carro y corriste a refugiarte en tu cuarto, de donde no saliste hasta que las visitas hubieron partido. Después de ese día, cada vez que percibías preparativos de algún evento en mi casa, muy sumisamente re recluías en tu habitación. Si te sentías que podías ser sociable un rato, salías por unos minutos, saludabas y luego, calladamente volvías a desaparecer.
A mi lado creciste y alcanzaste tu juventud, y arrastrado por ella te volviste un gran parrandero. Claro que yo comprendía que era “cosas de la edad” y que había que tenerte paciencia. ¿Recuerdas cuando llegaron los nuevos vecinos al barrio y tú y Sascha se hicieron grandes amigos? ¡Qué escapadas se dieron juntos! ¡Cuántas quejas recibí de las tonterías que hacían en sus recorridos diurnos y también, en sus juergas nocturnas! Y, había que ver en qué condiciones físicas regresaban de dichas andanzas. De una de esas “saliditas”, durante la cual, quien sabe porquería ingeriste, volviste con una mortal intoxicación. Estuviste varias horas en estado de coma. Te llevé a la clínica y la doctora que te atendió, después de varias inyecciones y lavados estomacales, no me daba ninguna esperanza. Nada te hacía reaccionar. En este momento me di cuenta de lo que significabas para mí y de lo mucho que te quería. Me acosté entonces a tu lado y te dije al oído cuanto sentía lo que te estaba ocurriendo, y que de ninguna manera iba a permitir que te murieras y que me dejas sola de nuevo. Mojé un gran trozo de algodón y empecé a darte gotas de agua por la rígida comisura de tu boca. Medio abriste un ojo al sentir el contacto del agua fría. Al mismo tiempo, sonó a lo lejos un fuerte trueno, pues era invierno, y reaccionaste ante el miedo que ellos te producían. Me di cuenta que te estaban respondiendo algunos signos vitales. Te di más y más agua, hasta que no te cupo ni una gota de más. Y tanta fue el agua que bebiste que te provocó varias bocanadas de vómito que casi te volvieron el estómago al revés. Te mantuvieron dos días más en dieta líquida y en observación, y al tercero, te dieron de alta. Sascha y yo nos alegramos mucho cuando te tuvimos de regreso en casa.
Durante los años sucesivos, no hubo problema alguno entre nosotros dos.
Los lazos que nos reunían eran más fuertes que nuestras diferencias de edad y de color de piel. Nuestra convivencia fue muy armoniosa. Tú me alegrabas el espíritu, me mantenías ocupada y eras muy buen compañero. Yo te di, además del cariño, una cierta educación y muy buena alimentación. Eras un negrito guapo y saludable.
Todo hubiera podido seguir así si no hubiera sido por tu falta de juicio en tus noches de parranda. Durante una de ellas, tuviste aquel fatal accidente. Un chofer ebrio, como muchos que deambulan irresponsablemente por nuestras calles, te asestó aquel fuerte golpe en tu pierna del que no lograste recuperarte jamás. Primero renqueaste por la quebradura, luego por el quiste que se te formó. Al final, la cadera se te desmontó. Cada día te era más difícil ponerte de pie y cada día era más fuerte también el dolor. Sasha no se separaba de tu lado más que en los ratos en que de su casa, lo llamaban a comer. Demostró ser un amigo verdadero.
Tu mirada triste me decía que era muy grande tu sufrimiento pero estabas dispuesto a soportarlo todo con tal de que yo no quedara sola de nuevo. Después de siete meses de mucho padecer, te llevé una vez más donde el médico. Te examinó minuciosamente, como siempre lo hacía. Tomándome del brazo me sacó de la sala al pasadizo y muy seriamente me dijo; ”No hay nada más que yo pueda hacer por él. Le recomiendo que le apliquemos una inyección para acelerarle un final digno y sobre todo, sin dolor. Pero lo dejo a su discreción”
Yo di, ahí mismo, mi consentimiento sintiendo una puñalada en mi corazón. Siempre había aprobado esa técnica cuando de ella se hablaba, mientras se tratara de enfermos terminales. Pero que difícil se me hacía aceptar que tú, mi Negrito querido, eras quien necesitaba ahora ese alivio. La eterna lucha moral entre saber fríamente la teoría y tener que llevarla dolorosamente a cabo en la práctica en alguien querido.
Con mis ojos de lágrimas, acaricié tu negra cabeza, agradeciéndote en susurros el cariño y lealtad que me brindaste y el haber sido tan maravilloso compañero durante todos los años que estuvieron juntos. Mientras tanto, el líquido te iba haciendo efecto. Te fuiste quedando, quedando, hasta que te dormiste.
Guardo de ti, mi Negrito, los más bellos recuerdos en mi alma, y en una gaveta de mi escritorio, tu foto, tu medalla y un carnet de salud de cuando llegaste a mi casa, que dice:
Nombre: Bensson.
Edad: Nueve meses
Raza Canina: Doberman
Color: Negro
Vacunas: Completas