Cuento Extranjero

El té de las cinco

Autora: Nidia Mabel Beltramo
País de origen: España

Mi infancia transcurrió en un vecindario de clase media de Buenos Aires, un gigantesco conjunto urbano en donde los barrios se sucedían sin solución de continuidad. Predominaban los inmigrantes españoles y sus descendientes, a los cuáles llamábamos cariñosamente “gallegos” sin importar si en realidad lo eran, y en menor proporción, los italianos o “tanos”. En mi barrio había una excepción: Doris, la vecina inglesa. Con cabello rubio y ojos azules encarnaba el estereotipo de la dama anglosajona a la perfección. No era necesario oírla hablar para saber que era distinta, ya que sus cardigans con botones de perlas y bufandas escocesas lo anunciaban con la misma claridad que un cartel luminoso.

Doris estaba casada con Renzo, un italiano buenazo que había llegado a la Argentina siendo niño junto con sus padres y seis hermanos. En los cumpleaños se reunían todos, un verdadero familión, y comían y conversaban ruidosamente durante horas. A los postres, los hermanos se turnaban para cantar fragmentos de óperas y canzonettas italianas, mientras los niños acompañaban el ritmo batiendo palmas y los mayores alzaban las copas de limoncello en señal de aprobación. Era un anota alegre en la rutina de un barrio por cuyas ventanas entreabiertas sólo escapaban melodías de tango y alguna que otra muñeira.

Doris y Renzo tenían un único hijo: Billy. Era un joven alto, tan bien parecido y malcriado por sus padres. Recuerdo cuando se encaprichó con aprender a bucear –en Buenos Aires, ciudad sin océano-, y consumió una pequeña fortuna en clases y equipo que nunca estrenó. También recuerdo aquella motocicleta roja en el jardín, expuesta para que todos la viéramos, y al poco tiempo, un coche deportivo. Alguna vez dudé de que fuera su hijo biológico, ya que era tan alto como un jugador de básquetbol, y también porque Doris y Renzo parecían sesentones y Billy era poco más que un adolescente. Lo certero era que sus vidas giraban en torno a ese hijo antojadizo que paraba poco en casa.

Mi relación con Doris se profundizó cuando mi papá estuvo ausente por viaje de trabajo, y mamá salía los jueves a la tarde para hacer diligencias. Como no podía llevarme con ella, me dejaba con Doris para que practicase inglés con una inglesa genuina. La generación de mis padres, descendientes de inmigrantes que habían llegado a la Argentina buscando un futuro mejor, soñaba con que sus hijos triunfasen en la vida, y creían que aprender inglés era indispensable para lograrlo.

Doris preparaba el té de las cinco de la tarde, el tradicional five o ́clock tea. Era una ceremonia que llevaba a cabo con detenimiento. Comenzaba poniendo la cantidad exacta de hebras de té en la tetera de porcelana. Luego agregaba agua recién hervida y cubría la tetera con una gorra de lana que había tejido con aguja de crochet, para que se mantuviese caliente. Esta gorra tenía dos ranuras opuestas: una era para que asomase el pico de la tetera y otra para el asa. Cuando el té había reposado alcanzando su punto ideal, añadía leche en las tazas y por último vertía el té a través de un colador de metal. A mí me parecía que la leche debía agregarse después del té y no antes, aunque nunca me atreví a decírselo, pues ella era una auténtica inglesa, lo que la convertía en experta en la materia. Al té lo acompañaban scons dulces, y cuando éstos faltaban, comíamos tostadas de pan blanco con mantequilla y mermelada de frutas.

La solemnidad de la preparación del té predisponía a una cierta pompa. Doris insistía en que era necesario seguir las tradiciones al pie de la letra y que debíamos comportarnos en todo momento como si en la mesa estuviese la reina de Inglaterra como invitada. La postura corporal era importante: la espalda derecha, las manos sobre la mesa, los codos pegados al cuerpo; comer y beber sin hacer ruido y con la boca cerrada, utilizar la servilleta con frecuencia, no jugar con la comida, no ensuciar el mantel. Antes de sentarnos a la mesa, Doris frenaba el sol de la tarde cubriendo las ventanas con gruesas cortinas estampadas con motivos florales, y una lámpara colgante sobre el centro de la mesa quebraba esa penumbra intencional, confirmando el protagonismo de la ceremonia del té. El tiempo libre que quedaba entre el té y la llegada de mamá lo ocupábamos jugando a las damas chinas, donde las fichas eran bolitas de cristal y el tablero de metal esmaltado tenía pequeños agujeros para que éstas se apoyasen. Se lo había enviado como regalo su hermano que vivía en Canadá, donde era un juego de mesa muy popular. Yo esperaba las tardes del jueves con ilusión, para entrar en un mundo muy distinto al mío, con mi amiga inglesa y su rito del té de las cinco.

A pesar de los esfuerzos de mi madre para mantener el secreto, me enteré de que mi papá no estaba de viaje por trabajo, sino preso. Y que las diligencias de los jueves eran visitas a la cárcel. Cuando el jueves siguiente fui a casa de Doris, su mirada delató que ella sabía que yo sabía. Intentó hacerme hablar, pero yo estaba enojada, empacada como una mula. Doris sirvió el té como siempre. En un raro momento de intimidad me dijo que, a pesar de que ella hacía cada vez lo mismo de la mejor manera, el té no siempre salía igual; algunas veces estaba flojo, otras muy fuerte, pero igual había que disfrutarlo. Y que la vida se parecía al té: no era todo perfecto, pero debíamos seguir adelante poniendo buena cara, apreciando lo que se tenía. Nunca nadie me había hablado así.

Al terminar el año escolar, mamá y yo fuimos a vivir a la casa de mis tíos y recién regresamos al barrio cuando papá volvió de su “viaje”. Para ese entonces Renzo había muerto y Doris y Billy tenían la casa en venta. Ella dijo que quería una vivienda más pequeña ahora que Renzo no estaba, pero lo más probable era que la pensión no alcanzara para mantener el mismo estilo de vida de su hijo de alto consumo. Se mudaron a una casita con jardín a varios kilómetros de distancia. El golpe más duro, del cual no pudo recuperarse, lo recibió cuando Billy perdió la vida en la estación de trenes; lo mataron por robarle el reloj de oro. Todos sabíamos que no era aconsejable llevar joyas vistosas a altas horas de la noche, pero Billy no tenía cabeza y su ostentación le costó la vida. Yo no pude ir al entierro, porque era época de exámenes y estaba parando en la casa de mis tíos que quedaba cerca del instituto de idiomas. Mamá la visitó en contadas ocasiones, pues no había transporte público y tomar un taxi era un lujo que no podíamos permitirnos con frecuencia. Poco tiempo después Doris murió, o se dejó morir. Los sobrinos, a quienes nunca conoció, vinieron desde Canadá a vaciar la casa y ponerla en venta. Mamá los ayudó en lo que pudo, y antes de irse nos regalaron varias cajas con vajilla, ropa y enseres domésticos que ellos no podían ni querían llevar. Entre otras cosas, en una caja de madera encontré las damas chinas, el colador de metal, la tetera y media docena de gorras para teteras.

Ha transcurrido mucho tiempo desde aquellos jueves con Doris. La caja de madera durmió por años en el estante más alto del armario, acompañada de fotos de mi infancia, juguetes que sobrevivieron a mi curiosidad destructiva y otros objetos que, cuando yo muera, alguien arrojará a la basura sin dudarlo. Y todo hubiese seguido igual, juntando polvo en el olvido por los años de los años, si no fuese por lo que ocurrió el verano pasado.

Era tarde y escuché ruidos provenientes de la casa vecina, donde vivía una pareja joven con una niña. Bajé el volumen de la televisión para oír mejor, y pude identificar gritos y el sonido de objetos impactando contra la pared. Fui hasta su puerta y toqué el timbre. Abrió Anita, de cinco años, con su vestido sucio y sin calzado. Dijo que mamá y papá estaban peleando. Entré en la casa dando voces y vi que el hombre tenía a su esposa inmovilizada sujetándola por el cuello, mientras que con la otra mano apretaba su brazo derecho y la sacudía, golpeando su espalda contra la pared de la cocina.

A mi edad y sin familia, ya no tengo miedo ni nada que perder. Sin pensarlo me interpuse entre ambos, logrando que él trasladara su furia a mi persona mientras la mujer escapaba. Nunca olvidaré la expresión de su mirada; estaba desposeída de toda humanidad. Si creyese en la existencia del demonio, podría decir que lo miré a los ojos. De pronto su gesto se aflojó y me soltó, tal vez al reconocer que yo no era su mujer sino la vieja que vive sola en la casa de al lado. Aproveché para correr hacia la calle donde vi llegar a la policía alertada por algún vecino. Él fue detenido y ella fue llevada al hospital. Recibí un par de golpes, pero con la adrenalina del momento no sentí dolor y volví a mi casa con la niña.

Anita estaba asustada, no quería hablar y yo no sabía cómo reconfortarla. No parecía interesada en ver la televisión y me seguía de cerca, como si mi presencia fuera un antídoto contra la violencia que acababa de presenciar. Y me acordé de mi amiga Doris. Tendí un mantel blanco de hilo sobre la mesa del comedor, puse agua a hervir y saqué la vieja tetera. Le enseñé a Anita la colección de gorros tejidos, y eligió uno de color azul decorado con pompones rojos y amarillos. Seguí todos los pasos de la ceremonia del té tal como los recordaba, reviviendo la coreografía de una danza que interpreté muchas veces, y logré que la expresión en su rostro cambiara de susto a interés. Después de limpiar la mesa, jugamos a las damas chinas reemplazando algunas bolitas de cristal faltantes con garbanzos. Horas después se durmió, su cabecita apoyada en mi regazo.

Desde entonces mi vida tienen un propósito. Anita viene a casa todas las tardes mientras la mamá trabaja. El padre no ha vuelto; se dice que está de viaje por trabajo. Tomamos el té a las cinco y de a poco le voy enseñando palabras en inglés. Y ya le he dicho que siempre hay que disfrutar del té, aun cuando no resulte tan sabroso como uno quisiera. Y que la vida se parece al té: hay días buenos y hay días malos, pero hay que poner la mejor cara posible y seguir adelante, siempre hacia adelante.

cierre de obras