Entrenamiento para morir
Autor: José Gabriel Velasco FernándezPaís de origen: México
-Mira, hermana, parece que mueve los labios... bueno... la parte de la boca con vida...
-¿De manera que tengo media cara muerta? Entiendo.
-Así está, Andrea. Desde ayer que llegué al sanatorio pienso que me oye en determinados momentos, luego cierra los ojos... el ojo... y duerme. Ojalá tuviera la certeza de que nota nuestra presencia. Qué bueno que llegaste, entre las dos quizá podamos hacerlo reaccionar. Quisiera que le hablaras.
-¿Papá, papá? Soy Carolina, tu hija. Por favor contesta en alguna forma... por favor...
-¡Oh, querida no te esfuerces!; este dolor que se esconde me duele más por no dolerme; te oigo y no deseo contestarte: ¡estoy tan cansado! No duermo, cariño, sólo reposo. Debo permanecer callado para evitar que piensen que estoy sufriendo físicamente. No es así. En realidad, aún no comprendo cómo fue posible que esto sucediera. Debiera reconstruir el pasado. Quizá la mejor manera sea como si estuviera escribiendo un relato sobre lo ocurrido a un personaje imaginario.¿Cómo contaría esta historia? Tal vez empezaría por el principio (aun cuando me disgustan las estructuras lineales progresivas). Pero... ¿Cuál es el inicio?¿acaso el instante en que se me escabulleron los argumentos? Sí, ése es. Recuerdo que el fin de mi última novela había producido un hueco y tenía que rellenarlo de alguna manera. Me dije: “La muerte no admite duda, sin embargo ¡qué poco conocemos de ella y de sus minutos previos. Deberíamos entrenarnos para morir”. Decidí dedicar el tiempo a prepararme para la jornada final. “Así disfrutaré mejor cuando la circunstancia llegue”. Vaticinaba que el proceso de la expiración sería placentero: un parpadeo intenso, voluptuoso, toda una existencia resumida en el clímax de la agonía. Dante susurró a mi oído: “Os llama el cielo y en rededor os gira para mostraros su belleza eterna”. Estuve convencido de que el túnel que conduce a los “delicados pastos” de Dios posee gloria. Una duda se presentó al planear la forma de llevar a cabo idea tan loca. Entonces me aconsejé: “lo primero es no comentar con nadie; lo segundo, hallar un procedimiento adecuado (algo que dure, que tenga vastedad). ¿Un suicidio con rescate de último segundo? Tal vez desangrarme hasta casi... no... muy peligroso”. La solución llegó de manera inesperada: Carolina tenía encendida la televisión y vi en la pantalla a un paracaidista que describía las experiencias de su primer lanzamiento. Me interesé.
“El peligro -decía el novato- es un vino que embriaga hasta perder la noción del yo. La sensación de caída se relaciona con el abandono a lo irremediable. Ahí estás, solo, enfrentando un porvenir inmediato con rasgos de muerte. Imposible retractarte... no hay marcha atrás...”
La voz interna que suele aconsejarme se entrometió: “un camino pertinente, sin duda. Si, sí, sí. ¡Lánzate en un paracaídas! Pero prepara todo con inteligencia”. La memoria trajo el título de una novela de Ray Bradbury: “La Muerte es un Asunto Solitario” y estuve de acuerdo con el mensaje. Establecí contacto con la sociedad de paracaidismo. No les aclaré mis reales intenciones y fue difícil persuadirlos. Dije: “Toda mi vida soñé con un salto de esta naturaleza, sólo uno, no quiero morir sin tal sensación. El ex presidente americano George Bush lo hizo ¿por qué yo no?” Me explicaron que la bajada produce cambios de presión violentos que exigen trabajo al aparato circulatorio; entre más edad, mayor ocurrencia de fallas biológicas. La oposición aumentó cuando pedí que se me permitiera saltar sin acompañante. Firmé documentos de autorización y también declaraciones legales que los eximían de culpa; tuve que presentar los resultados de estudios clínicos en los que, por supuesto, hice trampa. Aceptaron y me sujeté a ensayos. Las clases teóricas fueron aburridas.
Llegó el gran día, mis neuronas se endurecían como músculos de bailarina. Un hecho reveló su cara optimista: la presencia del instructor (quien no vendría conmigo por los aires), poco alteraba la soledad.
“¡Ahora!”, dijo.
Y el piso del avión se convirtió en hoyo.
Había resuelto dejarme ir en picada, la pérdida de piso debía corresponder a una sensación en el estómago igual a la que genera la montaña rusa. Mi seguridad personal se esfumaría para adentrarse en la duda, en la sensualidad de lo desconocido: el peligro tenía que llenar mi espacio. Todo ello se presentó, no lo niego, pero levemente, sin alterar demasiado. Fue un pobre sentimiento que escondía la detección de la lujuria de la muerte. Algo así como bajar en un elevador. El suelo se hallaba tan lejano que semejaba una foto. Instintivamente separé los brazos para configurar una cruz y me coloqué boca abajo. Recibí la violenta caricia del viento unida a un empuje que trocó la impresión de descenso por la opuesta, es decir, por la de levantamiento; igual que un impulso de mi cuerpo hacia arriba. Los sentidos se poblaron de alborozo, me hallaba suspendido en un colchón de vitalidad. El propósito de palpar la excitación de morir no se produjo, al contrario. Me invadió el gusto de formar parte de los seres vivientes. La energía del soplo vital me entraba por borbotones, a cascadas de aire. El deleite anticipado se ubicó muy lejos de mi percepción, se había transformado en otro, hermoso, intenso, diferente. Grité: “No descubrí el método de conocer el umbral de la eternidad, atrapé un secreto mejor: ¡ahora sé cómo tocar el perfil de la vida!” Se olvidaron los consejos de accionar pronto el paracaídas (con objeto de evitar el choque de los cambios barométricos). Quise seguir y seguir para que la experiencia se hiciera vieja mientras yo recuperaba juventud. El altímetro me miró enojado y tuve que halar de la cuerda. El brusco tirón hacia arriba terminó el sueño, no el regocijo. Luego de llegar al piso, me deshice del paracaídas. Mientras esperaba al helicóptero no pude evitar la ejecución de saltos de gacela jubilosa. “Qué bello mundo... qué bello mundo...”
Sentí un golpe en la cabeza (nada importante), la luz se volvió negrura y aparecieron imágenes en rápida sucesión: pasto, una bota, luces de lámparas en el techo, la cara con tapabocas del médico... Finalmente, tú, Carolina, llorando.
*
-¿Ya tiene usted un pronóstico, doctor?
-Sí, y no es bueno.
-Dígalo sin atenuantes, mi hermana y yo soportaremos la verdad.
-El daño cerebral fue de carácter masivo, jamás volverá a hablar.
-¿Está próxima la muerte?
-No, lo más probable es que su estado actual perdure.
-¿Cuánto?
-Meses, quizás años.
*
¿Adviertes, imbécil, que alcanzaste la meta?: el entrenamiento para tu muerte será largo... muy largo...