Cuento Extranjero

Un lugar para ser feliz

Autora: Susana Gianfrancisco
País de origen: Argentina

Como todos los marzos de los últimos años, la señorita Rita, directora de la escuela primaria San Martín, vio llegar al anciano al establecimiento. Caminaba despacio por la vereda, arrastrando una silla, que en el pasado debió ser un mueble de buen lustre y gran solidez. Hoy, tenía gastada la madera en la parte inferior de las patas traseras, por el roce con las asperezas del suelo, el color se había desteñido y la esterilla del asiento estaba reparada de manera precaria. Pero a donde fuera el anciano, la llevaba con él.

La directora se había sorprendido la primera vez que esto sucedió. Era el día de inicio de clases, y la escuela estaba llena de risas y juegos, matizada con el llanto de algún pequeño en su debut escolar. Cuando fue a cerrar el portón de entrada, para comenzar las actividades, vio entrar a don Juan, con su silla a cuestas.

Estaba peinado con esmero, aunque algunos rebeldes cabellos grises se desordenaran un poco en la coronilla. Tenía puesta una camisa blanca, que seguro había sido más blanca en otros tiempos, bien abotonada hasta el cuello. Los pantalones grises con aspecto de nuevos, le quedaban un poco cortos, dejando ver gran parte de las medias. Completaba su atuendo con unas gastadas, pero limpias, zapatillas azules.

Las numerosas horas de estudio y resolución de distintas situaciones problemáticas con los niños y docentes, le sirvieron a la directora para tratar de enfrentar esta novedad con buen tino. Se acercó afectuosamente al anciano y lo saludó en tono de voz fuerte, ya que sabía de la incipiente sordera de don Juan. Le preguntó sobre sus hijos y su nieto, a lo que respondió – Bien-. La directora no lograba que le contestara las preguntas ¿Qué necesita don Juan? ¿A qué vino a la escuela?

Con una amplia sonrisa, que mostraba la perfección de la prótesis, siguió su camino por el pasillo, con la silla a cuestas. Miraba, desde la puerta, el interior de cada aula por la que pasaba. Cuando llegó a la de primer grado B, se detuvo un buen rato en la entrada, observando los muebles y las láminas coloridas en las paredes. Caminó hacia la primera fila de pequeños pupitres, hizo un lugar para su silla y se sentó.

La directora, que observaba la escena, pensó – Por suerte los niños aún están en el izamiento. Tengo que convencerlo de que se retire-. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo logró. Sabía que tratar con un anciano era similar a tratar con un niño, por lo que se impuso paciencia. Hoy lo dejaría y seguramente se iría en un rato. Se preocupación se centró en avisar a la maestra y advertir a los niños del grado, de la inesperada visita.

Pero el anciano no se fue. La maestra informó cómo se desarrollaron las actividades al final de la jornada. Don Juan tenía un cuaderno y un lápiz, en el que hacía garabatos, cada vez que los niños hacían la tarea en los suyos. Nunca había hablado, siempre había sido respetuoso con todos, y para admiración de la maestra, no había dejado su lugar en los recreos, ni había visitado los sanitarios. Para los niños, era un abuelo que los acompañaba en el aula.

Cuando llegó el segundo día de clases y, en horario, se presentó don Juan en la escuela, arrastrando su asiento; los alumnos lo vieron con naturalidad, incluso corrieron un poco los pupitres para dejar lugar a la silla. La señorita Rita y las maestras no sabían cómo manejar la situación.

Para tratar el caso, en la escuela se formó una comisión, donde participaban también algunos padres. La primera tarea encomendada fue hablar con los hijos del anciano. Ellos desconocían la situación que se les informaba y prometieron hablar con su padre para solucionar el conflicto. Pero, expresaron sus dudas que les hiciera algún caso, ya que siempre les repetía que los padres son los que mandan y los hijos obedecen. Además, sabían que su padre estaba senil.

La preocupación de la directora y las maestras, era que la Supervisión Escolar se enterara de la anómala situación y las sancionaran, o en el peor de los casos, cerraran la escuela, pensamiento que atormentaba a la señorita Rita. Pero, siguieron pasando los días sin novedades de castigo. Poco a poco, empezó a desaparecer la preocupación del claustro docente.

Y así, con ese tácito pacto de la comunidad educativa de la escuela San Martín, pasó el primer año lectivo, y el segundo, y los subsiguientes. Hace cinco años que don Juan, y su silla, son alumnos de primer grado B. Sigue haciendo garabatos en el cuaderno, que cada año es más grande, trae cartuchera con lápices de colores y su sonrisa imborrable en el rostro.

cierre de obras