Demasiado tarde
Autora: Ana Piza Escalante
Gladys vio a Evaristo alejarse en el bus de Limón. Él sacaba la cabeza por la ventana y le decía adiós desde la otra esquina. Ella entró en su cuartucho, se sentó ante la máquina de coser y empezó a darle al pedal. Cosió y cosió hasta que le dolió la espalda. Tenía que entregar las piezas, rogar para que se les pagaran y comprar cerveza, que ya se le estaba terminando.
A Gladys no le preocupaba no tener comida, ¡pero que no le faltaran sus cervecitas! Y, la verdad, es que sólo para esto le alcanzaba la plata. Ya no ejercía el oficio. Vivía de lo que las otras muchachas le daban para coser. Tampoco era costurera, más bien remendona, se ganaba unos pesitos ajustando la ropa usada que compraban sus colegas: meter una costura por aquí, una sisa por allá, subir un ruedo, suprimir una manga, bajar un escote...
Esta vez Evaristo no le había pagado. Ella siempre lo recibía, aunque no trajera plata. La situación estaba difícil y el viejo mulato las veía negras tan solo para poder viajar a la capital, desde el puerto de Limón.
Gladys sabía de eso: había vivido allá en Limón, donde conoció a Evaristo cuando ambos estaban jóvenes y vigorosos. Entonces a ella le sobraba trabajo, pero siempre sintió predilección por aquel mulato de ojos tiernos como ternero mamando. Luego, ella emigró a San José en pos de mejoras oportunidades, pero Evaristo no la olvidó. Fielmente venía a buscarla un fin de semana al mes. Lo de ellos ya se parecía a un matrimonio.
Esa noche se acostó temprano. Estaba tan agotada que tardó en dormirse. No encontraba acomodo donde no le dolieran las carnes, agarrotadas como cuerda de barco. Al día siguiente Gladys esperó hasta pasado el mediodía a que las muchachas se despertaran para poder entregarles la costura y recoger el dinero. Como siempre, no todas la tenían, y Gladys llevándoles las cuentas atrasadas. No las podía apretar, porque tampoco a ellas les iba bien en el negocio. Eran mujeres gastadas, envejecidas prematuramente; trabajaban barato para los más pobretes. Las que ganaban bien no estaban ahí, tenían otros puntos mejores. Esas eran las nuevas, algunas casi niñas que explotan su juventud mientras les durara, creyéndola eterna, sin saber que sería muy corta.
Gladys pensaba en ellas mientras se tomaba tres cervezas de un sorbo. En seguida se sintió mejor, pero su mente le jugó una de esas pasadas, como últimamente acostumbraba hacerlo demasiado a menudo: recordando el pasado, le tuvo miedo al futuro. ¿Qué sería de ella dentro de unos años, tal vez meses? Se estaba envejeciendo con demasiada rapidez. Los hijos que tuvo andaban quién sabe dónde, nunca había tratado de buscarlos después de que el Patronato se los quitara. Cuando esto sucedió fue como si le arrancaran a pedazos la boca del estómago y de pasada se llevaran su corazón pegado. El tiempo calmó su amargura, y Gladys decidió no volver a acordarse de ellos. Sabía que, donde estuvieran, estaba mejor que ahí. Mucho mejor, porque no tendrían que crecer en aquel círculo, del que uno nunca puede salir.
Pero hoy no pudo evitar el pensar en sus hijos. ¡Qué dichosas las mamás que envejecen al lado de su familia! Ella se las imaginaba bien chineadas, sin que nada les faltara, con su regalito para el Día de la Madre y Navidad.
Entonces, con la tormenta de sus recuerdos y la euforia de las cervezas tomó la decisión de ir donde trabajaban las nuevas, las jovencillas, y decirles lo que ella había pasado y estaban pasando; lo que les esperaba detrás de la puerta de un futuro más cercano de lo que podían imaginar.
Esas linduras tendrían que hacerle caso. Con seguridad nadie de la profesión les había cantado claras las verdades. Quizás a algunas de ellas sus papás les hicieron advertencias, intentaron detenerlas. A otras más bien ellos mismos las lanzaron para agarrar los billetes. Es probable que una trabajadora social les haya echado una parla, y las muchachas se habrían reído a sus espaldas.
Pero ella, Gladys, sabía lo que es la vida, y lo que les iba a deparar el mañana a aquellas muñequitas. ¡Conseguiría que la escucharan!
Salió a la calle medio trastabillando. Tres cervezas sin nada más en el estómago no son el mejor tratamiento para unas piernas flacas. Pero unas cuadras caminadas, y ya se sentía mejor. La noche estaba oscurísima, pero ella había vivido de sombras y clandestinidad.
Los chapulines, ese grupo de jóvenes maleantes que se juntaban para cometer toda clase de delitos, sobre todo el robo y el asalto, le cayeron de pronto. Todo se puso negro y no supo nada más. Se despertó en el suelo, por supuesto sin cartera ni reloj. No le dolían tanto los cuatro cinquitos que traía como la cédula de identidad, y sobre todo un famoso permiso de sanidad que seguía renovando sin saber para qué. ¡Talvez porque le mantenía la ilusión de que todavía estaba vigente!
Sin mirar atrás se levantó y salió disparada, no fuera que la vieran los policías ahí tirada y la llevaran a interrogatorio, para colmo de males sin ningún documento. La vida le había enseñado a desconfiar de los que supuestamente son confiables, como los policías, y a creer en algunas personas en las que nadie cree.
Se sentía liviana. No le dolían los golpes. La adrenalina hace milagros, y entre el miedo por el asalto y el entusiasmo por hacer algo importante se había convertido en una especie de supermujer.
Corrió y corrió. Nadie se interpuso en su camino, nadie intentó golpearlo o molestarla. Llegó donde estaba el grupo de las chiquillas, preciosas en sus minifaldas de cuero negro y sus botas altas que disimulaban unas piernillas larquiruchas y delatadoras de su tierna edad. Se plantó delante de ellas, pero no la miraron. Siguieron conversando como si no estuviera. Les gritó, nada. Desesperada se abalanzó sobre una de ellas para sacudirla, pero sus manos se unieron en el aire, atravesando el cuerpo de la muchacha sin sentirlo, sin que ella la sintiera.
Unos minutos más tarde, en una acera de San José, las autoridades cubrían el cuerpo de una mujer indocumentada a la que habían matado los chapulines.