Descubrimiento

Autora: María Teresita Castro Tames

Pa donde va asté?- me preguntó con vivo interés el anciano que iba sentado a mi lado en el autobús.

-A San Juan de la cuesta- le contesté, sin deseos de hacerlo, pues, el entablar conversación con extraños, es algo que no se me da muy bien.

-¡Aahh!, ¿Onde quien va?- continuó su interrogatorio.

¡Ahora si la hice buena! – pensé- Este fulanito no me va a dejar en paz.

-Visitaré a mis parientes los Morales- le dije- elevando un poco el tono de voz. De inmediato volteé a mirar aquellos ojos, que escudriñaban con curiosidad mi rostro, quería captar en ellos la sorpresa, al enterarse su dueño, de la persona tan importante que tenía como compañera de viaje.

-Los Morales de San Fuan de Cuesta...-murmuró para sí.

-Sí, mi padre se llama Albán y mi abuelo se llamaba Tomás- le aclaré jactanciosamente.

Noté un cambio repentino en él, toda la vivacidad de sus gestos, de sus ojos, había desaparecido, su voz, antes alegre, se tornó triste, casi llorosa:

-Tomás Morales... mijita, le voy a contar la historia.

“Dende chacalincillo juí muy gueno pal trabajo, trabajé muy duro en las fincas de su bisagüelo Germán Morales, seguritico Dios lo tiene con Él, pos, era una santa persona, siempre me decía:

-Rafael, si seguís ansina, algún día vas a tener tu pedacito.

Conocí a la Chayo, rebonitica, alegre como los pájaros, buena crestiana y muy esforzaa, nos convenimos y decedimos casanos.

Cuando su bisagüelo se enteró de lo que planíabamos me llamó:

-Me has servío muy bien estos años Rafel, como premio te voy a regalar un terrenito pa que lo sembrés y hagas allí tu casita.

Yo y la Chayo voltíamos el terreno, vimos nacer sus frutos y a los güilas, la finquita crecía como ellos.

No sé qué pasó... ¿sería por culpa de esa lluvia que no terminaba, matando la cosecha o por la muerte den repente de ñor Germán?, mi mujer se puso muy mala, las calenturas y los dolores no la dejaban salir de la cama.

Pedro, el curandero la visitó, los dijo que teníamos que llevala a la capital, al hospital, pos estaba muy jodía.

Los chiquillos lloraban sin consuelo, yo con la preocupación de la falta de plata; sin cosecha no teníamos naitica pa vender.

Diun pronto aparecen por la casa, su aguelo, su tata, venían ayudanos.

-Vea, ñor Tomás, necesito plata pa llevar a Chayo al hospital, pa las medecinas, pa dejale a los muchachos, si asté juera tan amable de préstame, por la memoria de su tata, yo se los pagaré con lotra cosecha.

-¡Claro que sí, no faltaba más!- me dijo su aguelo- lo que necesités, ándate tranquilo con tu mujer, nosotros te cuidamos la finca y los chacalines.

Dos semanas luchó mi esposa contra las fiebres, pero, no pudo ganales, los dautores dijeron que llegamos muy tarde.

No tenía plata pa llévamela de regreso; las buenas gentes del hospital, le buscaron un lugar en el cementerio de la capital pa enterrarla, ellos lo mentan “fosa común”.

Me juí pa San Fuan de la Cuesta, con el corazón hecho un chuica, no sabía como explicale a los güilas que su mama no volvería.

Poco a poco, cuanto más me acercaba al pueblo, la esperanza nacía en yo, con los muchachos seguiría palante, habería nuevas cosechas, le pagaría a los Morales.

-¿Qué pasa? ¿Poqué están mis chunches en la calle frente a mi casa?

-Juan, Ramón, Luis, ¿Onde están? ¿Quésese papel, pegao en la tranca?

Unas manos juester me agarran los hombros, es el mestro Ramiro:

-Tomás Morales, echó tus cosas y tus muchachos a la calle, dijo que la finca era dél, que vos no tenías papeles y le debías mucha plata, por la enfermedad de Rosario; eso dice ese papel, que pegó ahí el policía.

Busqué a los güilas y los llevé onde una hermana de su mama; yo me juí a trabajar a la zona bananera. Cansao y viejo, vine a vivir con mijo mayor, no tengo plata ni una casa, pero, tengo paz y la concencia tranquila... no como otros”

-En el próximo pueblo me apeo, gracias por escucharme.

No pude contestar; la vergüenza, la desilusión, me dominaban, el apellido que creía, representaba esfuerzo, trabajo, solidaridad, de un momento a otro se transformó en una carga; al fin entendía el porqué mi madre, desde hacía muchos años había decidido cortar lazos con mi padre y su familia.

Cuando don Rafael llegó a su destino, decidí bajarme del autobús con él, no continuaría mi viaje, volvería a casa; tomándole de un brazo solo pude murmurar:

-Perdón, perdón...

Me alejé sintiendo sobre mi espalda aquella mirada llena de indulgencia y conciliación.

cierre de obras