El pescador Cabal

Autora: Flor del Carmen Rodríguez Segura

A Lucas, lo sorprende la aurora con su largo velo colorido, que irisa de sol, la montaña entera, los arrecifes y la playa se tiñen de arcoíris y armonías.

El niño, de doce años, camina hacia el malecón para tirar la cuerda, con el deseo de pescar algo este día.

Su visita se pierde en lontananza. Distingue un grupo de delfines que juegan entre las olas. Sus ojos se alegran.

Aunque sabe que es un niño y que es contra sus derechos tener que trabajar, no le ha quedado otro camino, que asumir su rol de hombre de la casa, después de la muerte de su padre. Pero no dejará de estudiar por nada del mundo.

Va alegre, lleno de ilusiones y en su mente fosforescente habitan los astros y los espejos como agua viva, que surte a cántaros, las ideas en la mente del niño, por ahora, poblada de peces y carnada.

A lo lejos una parvada de gaviotas trina alegremente pescando sobre las olas. El niño admira el paisaje con deleite. El mar es lo que más le gusta. Sonríe.

Su pelo alborotado y crespo se mueve con la brisa marina, dando la impresión de un remolino de resortes. Sus labios anchos y rojizos se abren y cierran como si fuera un pez, que respira a ras del agua. Los ojos negros chispean al distinguir buena pesca debajo de las piedras musgosas y cercanas.

Tira la cuerda lo más lejos que puede y se sienta en una roca plana para esperar que piquen. Su piel canela se ha puesto brillante con el sudor. El sol calienta.

Saca de su bolso una dulzaina y toca la música más dulce con que se pueda soñar. Su cara morena es apacible, más bien simpática. Tiene su caña prensada con una piedra, muy cerca del pie descalzo.

Habita en él, una fuerza renovada y asombrosa: el amor por su madre y sus hermanas, lo impulsan a pescar todas las mañanas, para llevar alimento al hogar.

En la tarde, llevará parte del pescado a doña María, a don Felo, el dueño de la pescadería y a doña Chela. Ella es muy pobre y vive sola, por eso él le ayuda.

Por la noche asiste al colegio. Pero hoy es sábado y no hay lecciones.

El sol arrecia y Lucas se pone un sombrerillo de alegrías, al que le había puesto una pluma blanca de gaviota, para la suerte.

Toma su botella de limonada y bebe despacio oteando hacia el océano. Su caña no se ha movido ni una sola vez.

-¡Dios Mío! Provéeme de bastante pescado, por favor. Quiero llevarle un pastel pequeño a mamá, que cumple años, mañana. Deseo que esté gozosa. Ha llorado tanto con la muerte de papá, que merece ser feliz, un día. Recuerda que amas a los pescadores. ¡Gracias, mi señor!

Despues de hacer la oración, sigue tocando la dulzaina con más ternura todavía, para alabar al creador.

La cuerda se sacude violentamente...

-Es uno grande. ¡Me escuchaste, Señor! ¡Gracias!

Hala la cuerda y comienza a enrollar el nylon. Suelta cuerda y vuelve a recoger y así por mucho rato. Es una pelea dura. El pez se dobla y se desdobla, hala, salta, se sumerge, tratando de soltarse del gancho que lo aprisiona, hasta que el animal se cansa y salta cuán grande es, rompiendo con su último impulso, las olas y las manos del jovencito. Hace círculos cada vez más pequeños y se entrega lentamente. El niño arrolla la cuerda. Sus manos sangran... su corazón está alegre.

Lucas, sudoroso y jadeante, baja hasta la orilla del mar- grafio en mano- para recoger su botín. Lleva una red para sacarlo, pero el pez es tan grande, que aletea y se desespera. El chico se mete entre las olas que golpean las piedras del arrecife con fuerza. Pelea con el pez, para ponerlo sobre las rocas. Mide casi un metro.

-¡Es un hermoso pargo rojo y pesa cerca de veinte kilos! Perdónme Hermano, eres un noble animal, pero te necesito. ¡Gracias de nuevo, Dios mío!

El niño coloca el pescado en su bolsa y se va a vender el pez a don Felo.

Con el dinero obtenido pasa la pastelería y encarga una rosca decorada para entregar en su casa, al día siguiente.

-¡Que feliz se pondrá mamá!- Piensa.

Luego, el jovencito pasa por su amigo Pablo, que está jugando a los trompos cerca de su casa y vuelven al malecón. Se ponen a pesar de nuevo.

Está radiante. Ha cumplido su deseo y la pesca que obtiene es para comer.

Hoy la captura ha sido buena. El hambre acicatea sus estómagos.

Pablo es menor que él y ha atrapado dos pescadillos pequeños. Lucas se los cambia por uno más grande para que lleve a su mamá. El chico sale corriendo, muy contento, con la cena de la familia.

-¡Gracias, amigo, por acompañarme!- Grita Lucas.

-Mañana volveremos a pesar –responde Pablo

El viento alegre sopla con aliento a sal y almejas.

Lucas le deja un pez de dos kilos a doña María y otro pequeño a doña Chela.

-¡Mira, mamá, traje este jurel para la cena! Hoy nos daremos un banquete y la corvina la haré en ceviche para tu cumpleaños.

-¡Gracias, mi amor, no sé qué haría sin tu ayuda!- Dice la madre.

Ella está doblando una ropa ajena, que debe ir a dejar esta misma noche.

El niño se abraza a su mamá, disfrutando de los elogios maternales.

-Esmeralda, ven aquí, hermanita. Mira, me sumergí por un rato en el océano y encontré una ostra grande y tenía este regalo para ti.

-¡Mamá...! ¡Mira que perla tan hermosa! ¡Gracias, hermanito!

-Anita, para ti traje una estrella de mar, de color rojo. Déjala al sol para que seque bien y puedas usarla para adornar alguna cosa en el Kinder.

Ella lo abraza y le da un gran beso en la mejilla.

El muchacho ha cenado opíparamente, pues casi no había comido nada durante el día y se siente muy satisfecho por todo lo que ha hecho este día. Sale al corredor de la casa para respirar el aire fresco de la noche.

El mar brilla con un azul rojizo profundo por los últimos rayos de sol.

El amor le brota por los poros y sus ideas se despliegan como un abanico.

-Debo ahorrar para nuestro futuro. Mis hermanas y yo estudiaremos y tendremos una profesión.

Lucas sonríe... Y con él, la naturaleza entera.

El cielo le responde con el destello de una estrella fugaz que se desprende a los lejos y cae entre las brumas de las montañas.

Mientras habla de sus proyectos y ansias con el mar, le besa las manos con los pies, para agradecerle sus dones.

cierre de obras