Sucedió en Siria

Autora: Flora Marta Kepfer Gámez

El chiquillo desarrapado me miró con insistencia.

-¿Tiene miedo, señor?

Aturdido en medio de la tos provocada por la polvareda asentí con la cabeza.

Mis compañeros y yo habíamos llegado apenas la noche anterior como refuerzos.

-Deme la mano, señor. -Con gran naturalidad tomó entre sus manos pequeñas, sucias y callosas la mía para darme ánimo.

-¿Y vos no tenés miedo? -La pregunta fracturada saltó cuando pude aclarar mi garganta.

-No. Desde que estaba en la panza de mi mamá estoy oyendo los balazos y las explosiones.

-¿Cuántos años tenés?

-Cinco. Dice mi mamá que soy lindo, pero ahora ando muy sucio.

Fijé la mirada en aquella figurita pálida y enjuta. El chiquillo me seguía hablando con una voz chillona que sobresalía por encima del estrépito.

-Los soldados son buenos. Nos dan agua; pero dice mi mamá que esa agua es sólo para la sed.

Entonces se hizo una pausa larga entre nosotros. Una especie rara de intimidad.

-¿Le cuento un secreto, señor? -Y en voz muy baja: -Mi mamá tiene tres botellas de agua escondidas por si no nos dan más. -Entonces sentí que al apretarme la mano había sellado el gran secreto en un acto de complicidad.

-Dice mi abuela que allá había tres árboles de melocotón en un jardín.

Había que tener una imaginación feroz para poder visualizar un jardín con tres árboles de melocotón en aquel suelo arrasado por la guerra.

Los disparos y las bombas se acercaban. El chiquillo impávido seguía hablando con mi mano fuertemente apretada entre las suyas.

-¿Usted ha visto las flores, señor? Yo un día vi una. Se la di a mi hermana. Ella se la puso en el pelo. Se veía linda.

-¿Dónde está tu hermana?- Le pregunté mirando ansiosamente alrededor en busca de algún lugar para parapetarme ante el fragor de aquel ataque que avanzaba inexorable hacia nosotros.

-No sé señor. Ese día la mataron.

El chico, conocedor de las circunstancias, me soltó y corrió a esconderse en una zanja pequeña.

A pesar del ruido todavía pude escuchar lo último que me dijo.

-Señor, ¿usted sabe a qué saben los melocotones? Un día yo me voy a comer uno.

cierre de obras