Pasando el pasado
Autor: Albam Brenes Chacón
Yolanda se despierta con una sensación de aturdimiento, y descubre que está en una cama de hospital rodeada de aparatos médicos. A su lado hay una enfermera joven y junto a esta hay una mujer adulta, que le dice: - ¡Gracias a Dios, Mamá... ¡Ya pudiste despertarte!
Su confusión se hace más grande. ¿Por qué estoy en un hospital y por qué no podía despertarme? ¿Quién es esta mujer que me parece conocido y por qué me llama “mamá”?
¿Dónde están mi esposo y mis hijos?
Intenta moverse en la cama y se da cuenta de que tiene su pierna derecha casi totalmente enyesada, al igual que la mitad de su brazo izquierdo. Se toca su cabeza y palpa una especie de turbante de vendas. El cuerpo le duele mucho cuando intenta moverse. Trata de hablar, pero sólo le salen una especie de balbuceos.
Rocío, su hija, nota los esfuerzos que Yolanda hace y el darse cuenta de que está confusa, le explica: - Hemos estado angustiadísimos toda esta semana al ver que no te despertabas. Los médicos nos advirtieron que en un estado de coma no se sabe cuándo la persona va a despertar, y que en tu caso, con los golpes y fracturas que tuviste, era esperable que la recuperación fuera aún más difícil... Carambas, ¡es que ese condenado rayo hizo que te cayera encima una buena parte del cuarto de pilas!
Yolanda no entiende de qué le están hablando. Por más que intenta recordar, su memoria parece más maltrecha que su cuerpo.
Tiene algunos recuerdos de un gran estruendo y una luz que la cegaba, pero no sabe si era un rayo, ni dónde estaba ella, y mucho menos que le hubiera caído encima toda una estructura de la casa.
Mientras piensa, su mirada se posa en la piel de sus brazos y manos. No la reconoce. Le parece la piel avejentada de una mujer mucho mayor que ella, porque recuerda muy bien que apenas hace un par de meses le celebraron sus 45 años. Por eso le parece extrañísimo que la llame “Mamá” esa mujer que parece casi de su misma edad. ¡No es su hija veinteañera!
De nuevo intenta hablar y esta vez sí logra articular unas palabras: -¿Dónde está Raúl, mi esposo? ¿Ya él sabe lo que me pasó? ¿Irá a venir a verme? -Se detiene porque le surge un recuerdo doloroso que la hace murmurar para sí misma: “¡Cómo va a venir si yo misma le dije que no quería verlo hasta que no arreglara ese “enredito” que se tiene con esa fulana del trabajo!”
Para mayor sorpresa suya oye la respuesta de Rocío: -Sí, Mamá, ahorita llega a Papá a quedarse aquí con vos, como todos estos días. De hecho, yo sólo vine a relevarlo por un rato, porque él tenía que ir al dentista. Pero estoy segura de que en cuanto llegue me manda otra vez a la casa para que yo reciba a los chiquitos de la escuela...Él no sabe que hoy Joaquín me dijo que él recogería a los niños, que yo no me preocupara.
-¡Cómo, cómo...un momentito...qué está pasando aquí! - interrumpe Yolanda con cara de estupefacción y ya con mayor capacidad de lenguaje - Yo estoy hablando de Raúl Barboza, mi marido. ¿Quién es usted y por qué lo llama Papá? ¿Quién es ese Joaquín y quiénes esos niños?
-Ay Mamá, ¿a qué viene esa pregunta? ...Me asusta que no me estés reconociendo, a mí, Rocío, tu hija, la hermana mayor de José Luis...Joaquín es mi marido desde hace 15 años y los niños de los que hablo son tus nietos mayores...Porque también tenés a Amandita, la de José Luis que es tu nieta menor.
Con cara de enojo y preocupación, y en un tono caso lloroso, Yolanda la confronta diciendo: - No sé qué es lo que pretenden ustedes en este lugar, pero no me hace nada de gracia. Asumo que debo haber tenido un accidente serio porque estoy en una cama de hospital llena de vendas y yesos. Pero me parece cruel que me cambien la historia... ¿Me van a decir que la piel de mis brazos se ve arrugada porque soy más vieja? ¿O que mis padres todavía están vivos y no murieron hace pocos meses en un accidente automovilístico? ¿O que mi mejor amiga Mireya todavía está viva? ¿O que en el trabajo no me degradaron técnicamente, al quitarme responsabilidades por puras majaderías?
-Ay Mamá, no entiendo por qué me decís esas cosas. Imagino que haber estado en coma pudo alterarte la noción del tiempo y el estado de ánimo. Voy a intentar aclararte las dudas, pero por favor tómalo con calma...Efectivamente soy tu hija Rocío y tengo 42 años. Nací cuando vos tenías 23 años, lo que significa que ahora tenés 65 años - Haced una pausa para esperar a que Yolanda asimile esa información, porque la expresión en su cara refleja una gran incredulidad ante lo que está escuchando.
Sin embargo, Rocío decide continuar con su explicación. – Efectivamente los abuelos ya murieron, lo mismo que tu amiga Mayela, pero de eso hace unos 20 años...Fue un período durísimo en la familia. Te deprimiste mucho y todo el tiempo repetías que te estaba quedando sola en el mundo. Yo estaba a mitad de la carrera en la Universidad y no podía darte mucho apoyo, lo que me hacía sentirme muy culpable. José Luis, tu otro hijo acababa de terminar el colegio y estaba sumamente desubicado en su vida. Estaba para ser ayudado y no para ayudar en nada. Por cierto, él ahora tiene 38 años, está separado de su esposa Ana Luisa, con quien tuvo a su hija. Papá también parecía estar muy desubicado y yo no sabía si algo más estaba pasando entre ustedes. Incluso, un día lo escuché decir que no sabía cómo relacionarse con una esposa que le parecía irreconocible e intratable: cuando no estaba llorando estaba enojada.
En ese momento Yolanda la interrumpe otra vez y deja salir una angustia que ya no puede contener más. Casi a gritos le dice: -Me estás pidiendo que tome con tranquilidad estas cosas terribles que has dicho. Que tengo 65 años y que he estado en coma los últimos 20 años de mi vida. Que perdí mi rumbo cuando ustedes entraron a la vida adulta y se casaron. Que me hicieron abuela y no me acuerdo -. Sus ojos se llenan de lágrimas, comienza a mover su cabeza rítmicamente hacia los lados y a emitir sonidos guturales, que primero parecen gemidos, pero pronto se transforman en verdaderos aullidos, a la vez que repite una y otra vez: - No, no, no, no...esto no puede ser...no puedo aceptarlo...no, no, no...no quiero...
Rocío contempla la escena y no sabe qué hacer. Primero intenta tranquilizarla diciéndole también casi a gritos: - No, Mamá, no has estado en coma por 20 años-. Pero al ver que su madre no parece escucharla y más bien sigue gimiendo y aullando, Rocío se voltea hacia la enfermera que aún estaba allí para rogarle que de inmediato busque a un médico.
Por suerte el médico jefe del servicio estaba muy cerca, en la estación de enfermería, revisando algunos expedientes. La enfermera le hizo un muy eficiente resumen de la situación y de una vez le pasó la hoja clínica de Yolanda. De camino pudo ampliarle un poco más lo sucedido, por lo que el médico al llegar no se sorprendió de ver que la situación era bastante caótica: Yolanda daba alaridos angustiosos y se movía casi espasmódicamente, mientras Rocío lloraba desconsolada a su lado sin saber qué hacer. Hizo una rápida revisión de signos vitales de ambas y decidió poner a dormir a la madre y darle un tranquilizante a la hija.
Yolanda se mantuvo dormida durante casi 24 horas más. Raúl, Rocío y José Luis montaron una guardia permanente alrededor de su lecho, de manera que siempre estuvieron uno o más de ellos junto a su cama. Cuando al fin se despertó parecía bastante tranquila, mostrando una gran sonrisa de reconocimiento al toparse con la cara de Raúl y Rocío que en ese momento eran sus acompañantes. Ellos también mostraron una sonrisa, aunque insegura y expectante. Yolanda intentó moverse en la cama para tenerlos más de frente, pero descubrió que el yeso que tenía en algunas partes de su cuerpo, estorbaba sus movimientos. Sintió cuando su marido tomó su mano derecha y de inmediato le preguntó, con tono de duda: -¿Dónde estoy, Raúl... qué me pasó. ¿Hace cuánto estoy aquí?
Ay amor, qué bueno que ya te despertaste... ¡Bienvenida! Estás en el hospital... Lo que pasó fue que un día estabas alistando ropa para llevar, y comenzó un aguacero terrible. De pronto un rayo destrozó el árbol del patió y una de sus gramas, grandísima, cayó sobre el techo del cuarto de pilas dejándolo medio aplastado, ¡precisamente cuando vos estabas allí!...No te mataste de puro milagro, pero sí recibiste un golpe muy fuerte que te dejó inconsciente y tuviste dos fracturas serias. Además, la inconsciencias resultó ser un estado de como que duró casi una semana... Pero ahora ya estás Bien, y será cosa de un tiempito para que las fracturas sanen y podas llevar vida normal, porque, tampoco hubo ningún daño interno serio en tu cabeza...
Yolanda con cierta cara de perplejidad, le interrumpió para preguntar: -¿Será por eso que me cuesta recordar detalles de lo sucedido? Lo único que recuerdo es un gran estruendo y una luz muy fuerte...Aunque también me parece que soñé que tenía cuarenta y pico de años. Rocío y José Luis eran jóvenes...Vos y yo teníamos... teníamos algunos problemas de pareja...Además, hacía poco papá y mamá había muertos en un accidente, y muy poco después también murió Mireya. Yo tenía un dolor insoportable en la vida. Creo que deseaba morirme. No quería llegar a vieja... y en el sueño, precisamente, era una vieja llena de dolor y amargura
En ese momento Rocío tuvo la tentación de contarle del evento del día anterior, cuando se había despertado desorientada en tiempo y espacio. Pero su sentido común le hiso pensar que si ese recuerdo se le había borrado, por algo sería
Se limitó entonces a decirle: -Tranquila, Mamá. Tus últimos 20 años los has vivido bien despiertas y lo has hecho muy bien. Lograste deja atrás todo ese dolor. José Luis y yo crecimos, hicimos nuestras vidas, te dimos nietos y te convertirte en una abuela increíble, como de cuento. Y para rematar, Papá y vos tienen la pareja que muchos quisiéramos tener...
Yolanda se quedó silenciosa pro un ratito, como si estuviera procesando toda esa información. Luego, muy pasativa, comentó: -Si, hijita, tengo una vida que de joven ni me hubiera atrevido a soñar. Creo que el sueño que tuve fue tan angustioso precisamente por verme retrocediendo a mis 40 y pico años... Por nada del mundo quisiera volver a esa edad, aunque no hubieran existido esos eventos tan dolorosos. Yo adoro mi presente. No cambio por nada la edad que tengo mis circunstancia. Comparto plenamente aquello de que el mejor tiempo es el ahora-. Hiso una pausa, y con una gran sonrisa pícara le dijo a Raúl:-Cielo, ¿podrías ir a traer a los nietos y de paso compran helados para todos, incluyendo para mí, si es que los doctores me dejan comerlos?
Rocío se sonrió para sus adentros y pensó: “qué capacidad de auto sanación tiene Mamá. Ya era una gran mujer antes de este accidente del rayo, y sin duda va a ser todavía mejor...”
Luego, en tono de broma e imitando una voz de niñita le dijo a Yolanda -Mami, yo voy por los helados... ¡pero con la condición de que me enseñé a ser como vos cuando sea grande!
Yolanda y todos los presentes se carcajearon estruendosamente, con alivio de felicitad.