La hipersensibilidad del gato
Autor: Fausto Pacheco Brenes
“¿Dónde estoy? ¿Y esta casa? ¡Ah, sí! Es la funeraria “The Last Beautiful Trip”. En ese salón hay un velorio... casi toda esta gente me es conocida. ¿Qué está sucediendo? Mi esposa y mis hijos tienen los ojos llorosos y están muy cerca del ataúd. Veamos, en ese atril hay un cartel... y tiene mi nombre. ¡Entonces, yo soy el muerto! Sí, recuerdo que me llevaban de urgencia a la clínica, con síntomas de paro cardiaco. ¡A la gran diabla! Ahora sí que me jodí. Bueno, claro, yo era cardiópata y ya me había dado un leve infarto. Pero antes yo estaba subido en una escalera altísima, instalando las luces de navidad en el alero del techo del segundo piso. Mi esposa insistió en ponerlas y como no apareció Martín, el nicaragüense que me ayuda en los trabajos de mantenimiento, yo mismo me encaramé. Entonces no fue el corazón, si no el tremendo costalazo que me di al caer, lo que me provocó el paro.
Pero es raro, me invadió una sabrosa sensación de libertad, no me siento mal, ni estoy triste. Espero que no les afecte mi ausencia. Creo haber cumplido con mis hijos. Con mi esposa me llevé bien, íbamos a cumplir cuarenta y seis años de casados. Nunca la agredí. Bueno, dicen que hay muchas formas de herir. Al menos, había ordenado mis asuntos y mi familia no quedará mal. Pero, a los setenta años, la verdad es que no estaba tan viejo, todavía podía haber hecho más cosas y concluir algunas pendientes. Por cierto, nunca le remodelé la cocina, era el mayor deseo de mi mujer y me lo pedía constantemente, desde hace años. También era urgente que arreglara la fuga en la tubería del fregadero y coger algunas goteras.
¡Carajo! Lo que nunca les dije fue lo de los derechos de autor. El asunto fue que hace años una pequeña editorial me publicó un libro, usando un seudónimo. Resultó un éxito en ventas. No lo esperábamos, pero logré interrelacionar los temas que más le interesan a la gran masa de ticos: el futbol, los chismes de la farándula criolla y los escándalos políticos, todo aderezado con algunas aventurillas amorosas y sexuales. La demanda fue inmensa, la obra se vendió como pan caliente. Como no me urgía ese dinero y no estaba muy orgulloso de los contenidos de mi obra, lo mantuve oculto. En mi casa tengo escondidos los documentos probatorios del fideicomiso bancario, en el que se me depositan los ingresos provenientes de los derechos de autor y la forma de retirar esos dineros, por mi o por mis herederos, en el caso de que yo falleciera. Ya debe de haberse acumulado un capital interesante. Qué problema, ahora nadie sabe nada de esto. ¿Qué podré hacer? Bueno, por el momento voy a ver lo que ocurre aquí.
En estos sillones hay más familiares y conocidos. En la cafetería, algunos amigos, colegas y compañeros, estarán contando anécdotas mías, las buenas, aunque también las malas, claro.
¿Pero qué hace este sinvergüenza aquí? Si me estafó. Éramos tan amigos que hasta lo puse de padrino de mi hija. Se enteró de que yo tenía algún dinero y me rogó e insistió en hacerme su socio; su negocio pintaba bien, pero había alterado su contabilidad, me engañó y perdí bastante plata. Para peores, yo me consideraba un buen profesional, pero mi cuñado se burlaba de mí diciendo que mi título de MBA (Master in Business Administration) significaba Más Bruto que Antes.
Más allá están las viejas chismosas del barrio y también algunas buenas amigas de mi esposa. Conversan callandito y a veces se ríen con disimulo.”
-Decime vecina ¿De qué murió?
-Debe haber sido por el corazón, seguro que fue un infarto. Ya había tenido antecedentes, alguna operación en las arterias, entiendo.
-Pero a mí me habían dicho que se cuidaba mucho y hacía bastante ejercicio. Jugaba tenis en un club.
-Mirá, yo creo que eso era más por aparentar, que otra cosa.
-No mujer, si vivían más o menos bien.
-Quien sabe si habría conseguido puestos por política. Ahora, a como está la cosa hay muchos que logran beneficios choriceados.
“Que concepto más bajo tiene esta señora de mí. Si yo que nunca me metí en política. Más bien me jactaba de mi honradez. Me consideraba un orgulloso ejemplo de movilidad social. Mi papá no nos ayudó mucho y fue mi madre, con gran sacrificio y esfuerzo, quien logró darme el bachillerato. Después de terminar la secundaria, tuve que fajarme a trabajar y a estudiar. Solo así pude superarme profesional y socialmente.”
-Muchacha, vos sí que sos atrevida. Acordate que no hay que hablar mal de los difuntos.
-Saben, yo nunca lo vi en misa. ¿No era cristiano?
-Ves, es que no tienen temor a Dios y ahí es donde empiezan todos los problemas.
-Pues a mí me dijeron que era buen esposo. Si siempre andaban juntos. Se cuidaban uno al otro en sus enfermedades.
-Que va. Eso no quiere decir nada. Me enteré de que tuvieron algunos conflictos. En algunas épocas él no fue muy bien portado. Parece que tomaba y era fiestero.
-Y de seguro medio perrillo.
-Yo no sé, pero siempre he dicho que esos desordenes son los que enferman a los hombres, se meten en enredos y preocupaciones, además de que afuera toman y comen cualquier cochinada.
-Vieran, yo supe que no dormían juntos. Pero mejor no digan nada.
-Otra vez vos suponiendo cosas. El caso es que ella es operada de la columna y tuvo que comprar una cama individual de esas, como de hospital, con motor eléctrico.
“Que mujeres más habladoras, vale que mi esposa las conoce y no les hará mucho caso. Aunque, pensándolo bien, en esto de dormir separados podrían tener razón. Desconfié, en algún momento, de si mi adorada compañera se inventó lo de la cama especial por sus operaciones o por alejarse de mis crecientes ronquidos y achaques, con menoscabo en disfrutes y placeres. Desde entonces se la veía dormir profundamente, con aquella sospechosa sonrisa de satisfacción.
Qué extraño, percibo algo a mi lado, pero no veo nada. Es como sentir la presencia de alguien.”
‹Hola, soy yo, el muerto del funeral del salón de al lado. Pero no se asuste, ya estamos liberados de nuestras preocupaciones y responsabilidades terrenales. Eso sí, averigüé, por el fallecido que estaba antes en la sala donde está ahora su cuerpo, que la vida del ente espiritual permanece por algunas horas más que su cuerpo inerte, luego se va extinguiendo hasta que se disipa. Después de eso no sé lo que pasará ›
“Pero qué contrariedad. Yo todavía tengo un asunto importante que resolver, en mi casa.”
‹Si usted quiere ir a su casa, puede hacerlo de inmediato, con solo desearlo estará allá. Pero, lo siento mucho. Tenemos que aceptar que ya no podemos influir en nada, no podemos comunicarnos con nadie, ni tocar o mover objetos. Sinceramente no creo que pueda resolver nada más.›
“Que finado más negativo. Bueno, ya estoy en la casa. Escondí esos papeles en un jarrón de barro, de esos guanacastecos de Guaitil. Está allá, en lo más alto de la biblioteca de mi oficina, al lado de esos caballos de cerámica que sostienen los libros que ya nunca usaba.
Aquí no hay nadie. Solo quedó el gato. La verdad es que no nos queríamos mucho. El felino se asustó, arqueó la espalda hacia arriba y tiene los pelos erizados. ¿Será que detectó mi presencia? Ahora se sube al armario, parece que me huye. Voy a hacer el ademán de agarrarlo. Se escabulló, asustado saltó sobre la biblioteca. Ahí no tiene mucho espacio, está desesperado, buscando alejarse. En su intento, botó un caballo, algunos libros y el jarrón, que cayó y se quebró en el suelo. Dichosamente los documentos quedaron expuestos.
Regresaré ahora a la funeraria, para estar lo más que pueda cerca de mis seres queridos. Desgraciadamente, siento como que estoy perdiendo energía. Me está invadiendo un profundo sueño. Es como lo que sentía en el momento justo antes de quedarme dormido...”