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Pedrito

Autor: Miguel Hernando Mateus Téllez

Arrodillados en la tierra ejecutaban su trabajo.

Sudaban, y las gotas de sudor empapaban las camisas color verde camuflado; color del uniforme de aquel grupo de guerrilleros que plantaban en el suelo las horrendas minas quiebrapatas. Y en los ojos de aquellos hombres había un brillo de odio, y en sus mentes el deseo intenso que cada uno de aquellos artefactos cobrara una víctima. No tenían contemplaciones. No se pensaba siquiera que las potenciales víctimas pudieran ser sus compatriotas. Sus hermanos.

Pero si en aquellos hombres eventualmente pudiera caber un ápice de duda o de temor, en su comandante: alias “Minero”, no. En él no había lugar para vacilaciones ni remordimientos. Creía que su lucha era justa, así se derramara la sangre de inocentes. Lejos de aquel sitio, en otro Departamento, Mariela recibía la invitación de un familiar suyo para que en compañía de su hijo Pedrito fueran a pasar unos días a una finca. Mariela vaciló por un momento. José está lejos, en su trabajo, Pensó. Y yo aquí sola. Tal vez pueda ir con mi hijo a esa finca a descansar unos días, a Pedrito le encantará, y probablemente le siente bien el clima caliente.

Llegaron al día siguiente a la finca donde eran aguardados por sus familiares, y allí Pedrito no tardó en hacer amistad con Julián el hijo del mayordomo.

Pedrito contaba con unos nueve años de edad, pero se entendió bien en los juegos con Julián, que era mayor que él.

Robledo – Sounds of the Sea Una tarde, el alegre par de pilluelos, con la venia de sus padres y armados de una pelota, salieron a corretear por el campo. A cada carrera una risa, y cada patada que daban a la pelota, no era dada por ellos sino por una gran estrella de fútbol que ejecutaba una hermosa jugada y anotaba un gol. Y a sus oídos llegaba el sonoro festejo de la imaginaria multitud que cantaba la anotación.

De pronto, la pelota rodó por una falda y fue a parar cerca de un camino que era usado algunas veces como paso de militares. Pedrito corrió tras su pelota sin saber que era la última vez que lo hacía sobre sus dos piernas. Pero no la alcanzó; porque un fuerte estallido lo privó del sentido y lo dejó tirado en el suelo con las piernas deshechas. Por allí había estado alias “Minero”.

Cierre de la obra