Nos encantaba la gente
Autor: José Eugenio Zumbado González
Para nadie es un secreto que los aeropuertos son zonas de alto movimiento, no solo por su naturaleza de transporte, sino también por todo lo que conlleva: la logística, carga, descarga, control, tráfico de aviones, de personas, en fin, una serie de actividades aledañas para que usted pueda finalmente sentarse en un avión y lograr lo más preciado, viajar. Gracias a un buen amigo, que me consiguió el trabajo, para una temporada alta, tuve la oportunidad de laborar en ese lugar, en los veranos las aerolíneas se reforzaban con personal extra para dar abasto con los vuelos chárter.
La verdad el sueldo de un interino era muy bajo, y todo trabajo duro descansaba sobre sus espaldas, nuestras espaldas, era agotador, los empleados fijos y viejos, se dedicaban más a los pasajeros en la aduana o cuidar la chiza. La chiza era algo así como una caja “B”, ésta consistía en recoger todas las propinas que los viajeros daban a los cargadores a cambio de que sus maletas llegaran hasta un taxi o su carro particular, luego se depositaban en un casillero, con el número de vuelo y día respectivo, cada semana se repartían las ganancias por igual. Todos echábamos algo y todos nos dejábamos algo, es la verdad, recuerdo un turista norteamericano al que le llevé una maleta muy pequeña, me pidió una dirección, le di una recomendación en inglés y me regalo un billete de $50, nunca había recibido una propina tan alta, no sabía qué hacer, entre todos nos vigilábamos, unos a otros, pero aquel billete no podía entrar en aquella caja, una de las estrategias era llevar en una mano un billete de a $1 u otro de diez colones, el asunto era echar algo, mientras pensaba que hacer, el camino se acortaba, veía a lo lejos aquella caja que a cada paso que daba se iba convirtiendo en un baúl, cada vez más grande y ahí te vas a quedar, le hablaba al billete de 50 dólares, no, no puede ser, se me terminaban las estrategias, de pronto me ataca un fuerte estornudo y por fin, a la boca, solucionado el asunto. En varias ocasiones me llamaron la atención porque llegaba un día después a cobrar el sueldo, claro, como la chiza era mejor, eso nos pasaba a muchos. El ambiente era acogedor, donde casi todos nos conocíamos, empleados de aerolíneas, trabajadores de aduana, de oficinas gubernamentales, de la policía, etc, hubo personas que empezaron trabajando con una línea aérea directamente, después los veía en una agencia aduanal, unos meses después estaban botando la basura del restaurante y por último me vendían unos pedazos de lotería frente al edificio principal, o copos en la malla, otros tuvieron mejor suerte, como manejar un taxi en el aeropuerto. El asunto era estar cerca del bendito aeropuerto. – Mae, es que este ambiente lo envuelve a uno – Me decía Carlos mientras buscaba el 17 de los chances. El aeropuerto es una zona exclusiva, trabajar en ese lugar significaba para mí, estatus, estilo, caminar con un uniforme donde se leía el nombre de una línea aérea, hasta gente que no conocía me saludaba en el bus. Pero no solo era eso, en aquellos años ochenta, una de las actividades domingueras de muchos ticos era el paseo a la malla del aeropuerto a ver el despegue de las aeronaves. Y cuando había que atender algún “carguero” nos arrimábamos a la malla a comprar un granizado y las muchachas hasta piropos nos hacían, yo me sentía como un astronauta.
Recuerdo que por aquellos años se instalaron las primeras cámaras de vigilancia en el edificio principal, en la zona de carga y descarga de equipaje, toda una novedad, aparecieron muchas caras largas, huelga de brazos caídos, reunión con todo el personal de equipo de tierra, al día siguiente que entramos a trabajar ya todas las cámaras estaban dañadas, nunca se supo que pasó.
– Levanten la mano los interinos solteros – Gritó Jota a todos los cargadores que jugábamos naipe mientras esperábamos la llegada del vuelo de Miami.
Y este baboso fue el primero que defendió su codiciada libertad
–. ¿Qué pasó jefe? –
– ¡Necesito voluntarios para descargar un avión de Aeronica que está carreteando a Coopesa en estos momentos, tiene aviso de bomba – ¡QUÉ!! – Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Lo más triste de todo, era ver a los compañeros viejos decirnos adiós, nos persignaban, nos saludaban con las manos allá donde estaban cargando equipaje para otros aviones y nosotros… al matadero.
Por aquellos años se vivía todavía un ambiente caldeado por el conflicto centroamericano, Nicaragua libraba una pugna contra los insurgentes financiados por USA, por eso, que nos dijeran que aparecía una bomba en un vuelo de un avión nica, no era nada raro. Cuando bajé del carro que nos llevó al avión, no sentía las manos, era algo extraño, iba por una maleta y se me caía, no aguantaba sostenerla, el temor de que una bomba estallara en mi cara, hizo que por unos minutos mi vida transcurriera enfrente de mí, calculo envejecí unos cinco años.
Ya después hablando con el jefe, resulta que, en algunos casos, se trataba de una falsa alarma, provocada por la esposa celosa de algún viajero, que logra averiguar que su marido posiblemente viaje con la querida y dé ahí la falsa información en una llamada, bastante suele suceder.
– La gente no entiende cuánto gasta un avión en tierra – Me decía el jefe mientras se quitaba aquel casco azul para rascarse la cabeza. Cuando trabajas como cargador de aviones, muchas veces te puedes topar con personas sin escrúpulos, a los que no les interesa mucho el trabajo como tal, sino que buscan la oportunidad de ver cómo sacar el máximo provecho al mismo, ya sea, esquivándose, zafando el lomo o viendo que sustraer de los equipajes, por eso se recomienda cerrar las maletas con buenos candados de seguridad para evitar el robo al ser transportadas. Estudios dicen que esto sucede en todos los aeropuertos del mundo.
– Si no se apunta, se tendrá que apuntar – Nos decía un compañero con fama de granuja. Había en la empresa un guarda, que tenía fama de sapo, él era una persona honrada, muy honrada, pero el tipo les incomodaba a varios compañeros por su forma de trabajar, entonces uno de estos compas, en una noche de carguero, con una cuchilla abre una caja de cartón llena de pantalones y le tira uno al guarda, que por instinto lo toma, para que no caiga al suelo, mientras otro compañero le toma una foto con una camarita desechable.
– No se preocupe mi estimado, la póliza paga – Pero al amigo no le sirvió de nada porque al día siguiente estaba pegado de la malla viendo aviones por fuera.
Por aquellos años, en el verano tico, existía un comercio fuerte con EEUU, era la exportación de flores, principalmente para el 14 de febrero, todos los vuelos a Miami, que eran diarios, la prioridad uno, era cargar en el compartimento # 1 de esos aviones cajas con flores. Mi tío José era el cargador que tenía el récord de meter más cajas en ese vuelo.
El trabajo de cargador era entretenido, a veces me ofrecía de voluntario para ir a despachar un vuelo, consistía en hacer señales a los pilotos, mientras un mecánico hacía las últimas revisiones ya sobre la pista, cuando éste terminaba gesticulaba con el pulgar hacía arriba para que yo a la vez le trasmitiera al piloto por medio señales con dos linternas que ya podía carretear. En varias ocasiones que hice este trabajo, pude ver como muchas manos me saludaban por las ventanillas, le comenté al mecánico y me dice: – Como no lo van a saludar, son compañeros de brete – En esa aerolínea muchos trabajadores fijos viajaban muy a menudo. Logré quedarme ese año, si bien es cierto, el trabajo con los pasajeros mermaba, no así con los cargueros, la paletizada del pescado era un trabajo duro, las cajas eran de un cartón encerado muy pesadas, sobre todo por el hielo, después de una buena sudada a jugar naipe.
Al verano siguiente me envían al Departamento de Limpieza, el trabajo era más suave, pero el ambiente espeso, era más tenso entre los compañeros. Cuando un vuelo llegaba, la primera persona que tenía orden de entrar era el guarda, luego tocaba entrar al equipo de limpieza, pude ver como se peleaban por la revisión de asientos, ya que muchas veces los pasajeros dejaban algún objeto olvidado y la persona que lo encontraba se lo entregaba al guarda para su custodia, al cabo de un par de meses, usted preguntaba, si el dueño no hacía el reclamo, se le daba al limpiador que lo encontró. Aquí se repetía la historia de los fijos con los interinos, siempre quitando chicles pegados y limpiando vomitadas. Solo en una ocasión encontré unos aretes muy finos, se los entregué al guarda, pasó un mes y por curiosidad pasé a la oficina a ver si había aparecido la dueña y me responde uno de los compañeros más viejos: – Este mae, parece nuevo -.
En esta parte del trabajo lo más interesante para mí, era cuando un avión iba a mantenimiento, el departamento de limpieza aprovechaba para hacer trabajo profundo, recuerdo una vez que estando en la cabina un ingeniero abajo me grita, que ponga los flaps abajo, pero que hago, le contesté bien asustado, me vuelve a decir que lleve la palanca a 40 grados, cuando veo aquellas aletas moverse, me sentí piloto. Al día siguiente y en el mismo avión, un compañero y yo limpiábamos unas piezas al frente de la cabina, cuando un ingeniero nos llama la atención muy fuerte, tremenda regañada, nos indica que nos quitemos del frente del avión porque tenían trabajando el radar que se encuentra en la nariz y produce ondas radioactivas, al rato a raíz de eso perdí la tiroides. Bueno, el trabajo sigue, como era interino, esta vez me envían al Comisariato, era el departamento que suministraba asistencia a todos los vuelos de la compañía, así como a otras, pero a menor escala, se manejaban asuntos como servicio de licores, café, periódicos, cobijas, bolsas para vómito, para basura, pastillas para los mareos, toallas, las comidas fuertes las proveía una compañía externa. Había un control estricto, ya que, por ejemplo, si se abría una botella de refresco, una caja de leche o una botella de vino ya no se podía subir al avión, tan solo por darle vuelta a la tapa rosca. Por eso la bodega de los licores estaba muy bien resguardada con un empleado de mucha confianza.
Una tarde nos entra una orden, más bien un pedido de favor, hacer un ceviche porque iba a haber una reunión urgente de la junta directiva y el gerente había pedido comerse un ceviche, (ahí no se hace ceviche) esa tarde noche éramos solo tres los que quedábamos, nos llegan con el pescado, cebolla, culantro, los limones, y a ponerle, ninguno de los tres habíamos hecho nunca un bendito ceviche, llegamos a Río Segundo a una finca privada, allá estaba toda la crema y nata de la compañía. De pronto entra un carro pequeño como de juguete, era un Amigo, de esos ensamblado en Costa Rica, se baja un señor gordo, interrumpe muy decentemente la reunión y pide ayuda para bajar un equipo de sonido, los señores de la mesa se levantaron, se quitaron el saco e hicieron fila para ayudar al señor, al primero le dio un redoblante, al segundo una corneta, al tercero un micrófono y por último el gordo tomó el güiro y les dijo: – Tranquilos, éste lo llevo yo je, je, je, je, je, je – Gorgojo la había vuelto a hacer. Después que un avión salía, la orden en Comisariato era esperar 15 minutos, esto por cuanto si había algún problema o emergencia y el avión tenía que regresar, este departamento tenía que atender a los pasajeros de nuevo en las salas de abordaje, era un lunes 23 de mayo, a las 5:00 pm ya habíamos despachado el vuelo 628, solo esperábamos el despegue y cumplir con los 15 minutos de espera reglamentarios, cuando ocurrió lo impensable, el avión pasó frente a nuestras narices a una velocidad descomunal, con los neumáticos todavía en pista, nos volvimos a ver unos con otros, sabíamos que no iba a levantar vuelo, se llevó la malla y se incendió en un potrero allá al este de la pista, por suerte y la gracia divina nadie murió. De los sustos de mi vida.
Como dice la canción, / en el mar la vida es más sabrosa /, aquí se podría decir, / en la aduana la vida era más hermosa /. Por aquellos años existía mucho desorden administrativo, este asunto tenía mucho que ver con el pasajero, que venía siempre recargado de mercancía y los aforadores no daban abasto, entonces apareció un señor como jefe de aforadores de apellido Zumbado, se rumoraba que había sido puesto por Oscar Arias directamente para poner orden en aquella tierra de nadie, curiosamente se echó a toda la población de aquel pequeño país llamado Aeropuerto encima. Tal vez se preguntarán ustedes porqué el que escribe estas letras nunca aplicó para trabajar como empleado directo y no más como interino, claro que apliqué, pero hubo un pequeño detalle, todo se vino abajo cuando dos de mis compañeros me llamaron por mi apellido. Hasta ahí.