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Beto y el jaraguay

Autora: Diana Mosheim Castro

Con el celaje de verano, las hierbas exhalan aromas vastos sobre el pastizal. Las hojas abanican el riachuelo que salta por saltar. En el playón, unas rocas se estiran como animales echados recibiendo el sol.

Beto recoge jícaros, mientras otros van a la escuela. Tiene un discernimiento lánguido que descifra el canto de las aves, pero no las letras del pizarrón. Las manchas son la reseña que le narra el cuerpo y por más que lo frotan, nadie logra quitárselas.

– Tampoco se pueden borrar las constelaciones del cielo – les había dicho el curandero.

No daban con un acontecimiento que explicara las salpicaduras en la piel del niño.

Lo único, recordó la madre en un descuido de la conciencia, fue aquel día cuando ladeando el jaraguay, reparé en unos jaguares que correteaban lustrando el resplandor de su moteada hermosura. Entonces me vino esa exuberancia. Sentí empinarse una lumbre en mi vientre anidado. Al retomar aquel inusitado acontecimiento, cayó en cuenta.

– Fue la fascinación – exclamó en voz alta.

Corrió a abrazar a su hijo. Lo arrulló cantando. Observó con ternura que, cuando dormía gruñía y mientras soñaba, reía.

Cierre de la obra