La locura de Ligia
Autor: Alfredo Vargas Castro
En mi tierra centroamericana, la cosecha del café –“el grano de oro”—tiene un gran significado y forma parte importante de la vida de los pobladores de importantes zonas del país.
Gracias a las “cogidas de café” (así se le llama localmente a la acción de recolectar los granos de las matas) muchas familias llevan sustento a su hogar, especialmente en la apretada época navideña, más apretada aún desde que la publicidad la convirtió en el sueño dorado de los niños y al mismo tiempo, en la oscura pesadilla de los padres Mis tiernos recuerdos, por allá de los años sesenta, tienen matices gratos y no tan gratos, pues la escasez de recursos con que contábamos, nos obligaba a realizar ciertos sacrificios. Aunque a mis escasos ocho años, no era nada fácil levantarme a las cinco de la mañana —con aquel bendito frío que hacía en esa época del año— nunca me dejaba seducir por las tibias y deshilachadas cobijas, cuando mi madre me despertaba, amenazándome con que el café se estaba enfriando y mis hermanos me dejarían sin pan. Y es que el desayuno no se llamaba “desayuno” en mi casa, sino simplemente “tomar café, acompañado éste con un pedazo de pan, untado de margarina —para bendición nuestra— porque para muchos, era “pan pelado” o “café solo”.
Sin pronunciar palabra, me levantaba y vestía de inmediato para no sentir el ingrato contraste entre el cálido camastro y el mundo exterior. ¿El baño? Claro que lo visitaba, ¡pero para orinar nada más! Luego me lavaba las manos y me humedecía la cara, para entonces acercarme a la mesa. Unos minutos después y habiendo recibido la infaltable bendición de mi madre, partíamos hacía el trabajo.
Con el canasto colgando en la espalda y las manos metidas en los bolsillos del pantalón, ponía la cara de frente al helado viento. A los pocos pasos, los ojos se enchilaban y lloraban, mientras las orejas dolían, tanto como si la maestra Aída —la más estricta que alguna vez conocí— le estuviera aplicando a uno su temido método correccional.
Cuando llegábamos al cafetal —algunas veces después de caminar por espacio de una hora o más— el capataz o “mandador” nos asignaba la “calle”, o sea la hilera de matas de café, de unos cincuenta o setenta y cinco metros de largo que sería nuestra área de trabajo. Una vez ubicados, nos ajustábamos el canasto a la cintura y comenzaba la jornada.
“¡Uy carajo!”, solíamos exclamar cuando al jalar las primeras ramas, se nos venía encima un chorro helado de agua que se colaba por detrás de la nuca y se deslizaba, como un dedo electrizante, por la erizada espalda. Luego el sol comenzaba a calentar y uno iba quitándose un trapo tras otro y entonces el ambiente se tornaba alegre y bullicioso. Las conversaciones de calle a calle y muchas veces con gente de calles más allá, hacía que la vida se volviera vida en común, alimentando la malicia de los más despabilados, quienes utilizarían todo lo que allí oían para poner en ridículo a los demás, a la hora de la “medida”, o sea, cuando terminaba la jornada y el encargado medía lo que cada cogedor había recolectado.
Cerca de las once de la mañana, llegaba una ocasión celestial: la hora del almuerzo. Era ese el momento más ansiado, aunque lo que se fuese a comer estuviese frío como “pata de muerto”. No importaba; era realmente glorioso saborear el arroz, los frijoles, la torta de huevo, y con suerte –la que muy pocos tenían— un pedazo de carne.
Entonces poníamos al lado el canasto y nos sentábamos en el suelo, al estilo de los indios, con la taza entre las manos y la botella de “fresco” al lado. Y por unos instantes no hablábamos. ¡Nadie podía hablar con la boca llena a reventar! Luego comentábamos cómo nos había ido en nuestra primera mitad de la jornada y en unos minutos veíamos a los que no les estaba yendo bien, terminar de tragarse el almuerzo e inmediatamente levantarse y comenzar de nuevo la labor, pues nadie quería quedarse atrás. ¿De dónde nos nacía ese espíritu de responsabilidad tan grande? En realidad, no lo sé y ciertamente es hasta ahora que me lo pregunto. ¿Es que acaso no sería plausible que niños como nosotros estuvieran simplemente jugando, en lugar de estar doblándonos el lomo en un cafetal? Sin embargo, eso no nos lo permitíamos, sino hasta después de las cinco de la tarde, cuando el sol ya se despedía, y uno –niño al fin— rogaba porque el día no acabara aún, pues nos faltaba todavía mucho trompo por bailar, o muchas canicas por acarrear de chócola en chócola, o mucha bola por patear…en fin, ¿cuándo quiere un niño parar de jugar?… Entonces, con oídos sordos a nuestros ruegos interiores, la noche extendía su capa y nos obligaba a buscar la casa, donde con gusto queríamos seguir los juegos, pero había que rezar el rosario, tomar el jarro de aguadulce, escuchar algunos programas de radio —que divertían más a los mayores que a los chicos— y finalmente, ir de nuevo a la cama, “a darle de comer a las pulgas”, como solía decir mi papá. La noche se hacía corta, como cortas serían las semanas y los años que nos hacían ir dejando la ropa para los hermanos menores y de igual manera heredar la de los mayores. Y así, de forma trepidante, fui creciendo y llegó el momento en que me percaté de que, además de trompos, canicas y balones, existían las muchachas.
Fue entonces —al iniciar la temporada de recolección de café de ese año— que apareció Ligia en mi mundo; una chica un par de años mayor que yo, quien de pronto insistía en que tomáramos calles contiguas en el cafetal, dizque “para que le ayudara con las ramas más altas”, aunque en realidad yo no era mucho más alto que ella. No le encontré mucho sentido a la situación, mas tampoco me opuse a que fuéramos “compañeros de calle”. Ligia era rubia, pecosa y según la imagen que aún flota en mi memoria, tenía un bonito trasero, apretado en un pantalón vaquero, desteñido, que siempre llevaba al cafetal y era algo así como su uniforme. Recuerdo también que hablaba mucho y que tenía un radio de transistores, con el cual competía, pues se sabía —y cantaba— todas las canciones que en ese tiempo estaban de moda.
Un día de tantos Ligia se volvió loca. Estaba más habladora que nunca. El tema de esa mañana era que había ido al cine el domingo anterior a ver una película de vaqueros, la cual le había encantado pues resultó ser, además de emocionante, muy romántica. “Muy romántica” me repetí para mis adentros, sin tener muy claro a qué se refería. También le dio por acercárseme mucho, tanto que me estorbaba en mi labor y eso ya me estaba comenzando a molestar, pues no había logrado llenar ni un canasto y casi era hora de almorzar. Sin embargo, guardé silencio, pensando: “ya se le pasará lo que sea que le esté pasando”.
Llegó la hora del almuerzo y como ya se había hecho costumbre de los últimos días, compartimos el momento, aunque, ese día en especial, a mí no se me quitaba de encima la preocupación por el poco grano que había recolectado durante la mañana. Terminando de comer quise reanudar la labor y fue entonces que Ligia se puso más loca todavía y de repente, muerta de risa, enganchó mi canasto con el suyo y echó a correr hacía lo profundo del cafetal. Instintivamente me puse de pie y corrí detrás de ella que iba zigzagueando entre las matas de café, sin preocuparse de que su rubia melena se enredara entre las bandolas, limpias ya, pues ésa era precisamente el área en que habíamos estado trabajando durante la mañana…
¿Qué si la alcancé? ¡Claro que sí! y recuperé mi canasto, a pesar de que ella se guindó del cuello de mi camisa y me hizo caerle encima y forcejeó para no dejarme levantar, como si quisiera jugar a las luchas. Pero como pude me solté y me fui presuroso a reiniciar el trabajo; “¿quién habrá visto locura más grande?”, me dije enojado, mientras un extraño cosquilleo, en cierta parte del cuerpo, transformó mi enojo en algo así como en un deseo…un deseo de algo que en aquel momento no supe definir.
Días más tarde, habiendo reunido dinero suficiente, pude ir al cine. En aquel tiempo, era normal que las películas estuvieran en cartelera varias semanas y ésta por ser de vaqueros, o sea de las más gustadas, llevaba algún tiempo exhibiéndose.
Entré muy serio a la vieja sala, sintiéndome muy grande por haber podido comprar mi boleto. Con cierto aire de rebelde, recién me senté, subí los pies sobre la butaca de en frente y me dispuse a disfrutar la película. Entre los personajes había una chica rubia, la cual, en cierta parte de la película aparece conversando con el galán de la historia y de súbito, ella le roba el sombrero y echa a correr rumbo a un enorme granero. El hombre la sigue y la alcanza precisamente al llegar a una montaña de heno. Por el impulso de la carrera, ambos caen y él queda encima de ella, momento en que se cruzan las miradas llenas de pasión y luego se besan frenéticamente… Al observar la escena, el “cosquilleo” que había sentido no hacía mucho tiempo, recorrió de nuevo mi cuerpo, al momento en que mi mente, como sogueada por uno de los vaqueros de la película, giró en reversa y voló hasta el cafetal, donde la imagen de Ligia corriendo delante de mí, vino a ser una violenta bofetada a mi torpe inocencia.
¡Qué bruto!, ¡ese pudo ser mi primer beso!