Ir al contenido

Distancias

Autor: Héctor Masseilot Chávez
País de origen: Uruguay

Una volátil, leve y envolvente brisa, de fresca a cálida, acarició el rostro de Carmelo ni bien cerró la puerta de calle, saliendo a la vereda aún con mucha sombra, es una mañana de febrero espléndida, que mantiene el intenso calor con que se despidió enero. La panadería no le queda más de cuadra y media por esa misma vereda, se siente un poco cansado, no durmió bien, le pesaban las palabras de Luz María la última vez que la vio y las conversaciones con Palmiro sobre el viaje de hoy, le preocupa porque debe manejar muchos kilómetros y hace años que no conduce grandes distancias.

Todo empezó meses atrás, cuando en el velorio del primo Gabriel se encontró con su hermana, no se veían desde hace más de diez años, desde que Luz María se mudó a La Paloma solo han tenido algunas comunicaciones telefónicas, como aquella que recibió avisándole de la muerte de Gabriel, que viajaría al velorio y esperaba verlo allí.

Ambos reflejaban en este desapego mutuo, la elocuente actitud de lo que han sido los vínculos entre los cuatro hermanos en las últimas cinco décadas, a partir del fallecimiento de sus padres y el reparto de la herencia del predio rural familiar de unas cuarenta hectáreas, la cual tuvo múltiples desavenencias, desacuerdos y muchas malas interpretaciones desde entonces y a través de los años, los cuatros se fueron adormilando en una nebulosa de sentimientos encontrados, enmarañados en desconfianzas mutuas, originadas en hechos de escasas certidumbres, con un sobredimensionamiento de la situación y dando por sentado la veracidad en sospechas de dolos en asuntos vanos, muy puntuales, rutinarios, intrascendentes durante la administración del hermano mayor, la cual duró unos años y se culminó con un acuerdo de compra de este a los otros tres hermanos, nunca más se volvieron a ver o comunicar con Alejandro ni tampoco hubo vínculos entre los otros tres.

Carmelo ingresa a la panadería, compra una bolsa con biscochos, pan y unos fiambres -ah….dame también un paquete de yerba, la mateada va a ser larga- al pagar recibe la obvia pregunta del panadero si se va de paseo -un viajecito, así que no te preocupes si no me ves por unos días- El sol ya calentaba la vereda, emprende lento el regreso retomando sus pensamientos de esos meses atrás. El velorio fue en la capital, cuando llegó a la sala, parada en la puerta como esperándolo, identificó a Luz, con aquel sacón gris de cada invierno y un chal negro por los hombros que había sido de su madre, le sorprendió verla tan delgada, con el pelo muy corto, ella que siempre mantuvo una cabellera lacia y larga. Fue un saludo breve, remiso y tímido, con un tenue roce de mejillas y un intento de abrazo que solo fue posar la mano derecha de él en el hombro de ella, ambos sentían la necesidad de disimular un pasado de resentimientos y desencuentros. -Como estás Luz?- .bien, bien, y vos? Te miraba caminar hacía aquí y te veo ágil aún

-. Carmelo hace un instante de silencio con un gesto mínimo de simpatía -Si. Bueno, me mantengo bastante bien, los años se han venido encima, ¡a todos!- La referencia era para los cuatro hermanos, ya muy adentrados en los setenta años con excepción del mayor, Alejandro, con ochenta. -Has visto a Palmiro? Carmelo se sintió como emplazado con la pregunta, Palmiro era el más joven y él que vivía más cerca de su casa, en Ciudad Del Mar, a solo unos cincuenta kilómetros. -bueno…no, verlo no lo he visto, si hemos hablado por teléfono algunas veces…está bien, siguen juntos con Anita y algunos de sus chicos.- Mantuvieron silencio por unos segundos – Deberíamos entrar- Sugirió Carmelo, tras lo cual Luz lo toma del brazo con firmeza, en la sala había poca gente y no reconocieron a nadie, a los diez minutos salieron buscando un bar en la esquina.

Carmelo bebía un café largo y humeante, sin apuro, como pensando, para no iniciar la conversación, presentía que Luz María quería hablar, ésta bebió un largo sorbo de agua mineral y comentó – pobre Gabriel, todo tan rápido, el ataque cardíaco fue fulminante, por lo menos no sufrió, andaba cerca de los setenta no? El quedó pensando -Si, yo le llevaba cuatro años y tengo setenta y dos- Luz asiente con un gesto, tras lo cual corre el vaso poniendo sus manos con los dedos entrelazados sobre la mesa, – hace un tiempo que vengo pensando en comunicarme con vos y conversar, pienso que debemos dejar resueltas viejas cuestiones de familia entre hermanos, nuestras vidas ya están en su último tramo…además, no se sabe nada de Alejandro, si aún vive, o si vive en la vieja casa…- Carmelo comprende que su hermana tiene un propósito firme de encarar el tema del distanciamiento y la desvinculación entre ellos y que la sorpresiva llamada del día de ayer, para informarle del fallecimiento de Gabriel, con la insistencia de que él estuviera en el velorio, le planteaba la certeza de que su hermana tuvo un ocasional pretexto.

Luz María continúa hablando, diciendo que tiene la convicción firme que los tres deberían hacer un viaje a Paraje Juan Santo, localidad rural de una provincia del norte, reencontrarse con Alejandro, conversar, disculparse capaz y dejar todo resquemor, que sería de mayor provecho rememorar los tiempos de aquella niñez y adolescencia, lo hermosamente distante de aquella escuela rural y aquel caminito lleno de fantasiosas aventuras, la vida con sus padres, la magia de los juegos más simples, además que ha comprendido a través de los años que muchos de los reclamos no tenían demasiada consistencia y posiblemente Alejandro tuviera razón – fíjate que éramos muy jóvenes, a Alejandro con veintiuno lo seguía yo con diez y ocho, tú y Palmiro mucho más chicos…y ya hacía más de tres años del accidente… – Carmelo vio una brillantez en la mirada entristecida de Luz, pero inmediatamente hizo abstracción de la misma. Fijó la mirada a través del ventanal, comenzaba a soplar un viento probablemente muy frío provocando el apresuramiento en el andar de los transeúntes, en una hora más caería la noche, pidió otro café y ofreció algo más a Luz, ésta también miraba callada por el ventanal. Había quedado un poco desacomodado porque Luz fue muy directa, además había coincidencias con su pensar y sentir en estos últimos tiempos de soledad y vida rutinaria, estoica. La puerta de la memoria se fue abriendo como pugnando por salirse de su ostracismo, se fue sumiendo en una aguda rememoración de aquellos momentos.

Es que la referencia hacía él y Palmiro en esas últimas palabras de su hermana lo ubicó en el meollo de las circunstancias de aquel entonces, sus padres fallecieron en el accidente, Alejandro era el que siempre manejaba el viejo camioncito de la familia, fue el único sobreviviente, habían ido al pueblo vecino a llevar algunos productos y traer comestibles y alimentos para los animales de corral, hacían esto casi todas las semanas, siempre los días lunes pues los martes había una feria regional bastante grande, eran pocos kilómetros, si bien el camino de tierra y tosca estaba en mal estado, Alejandro solía jactarse de su conocimiento y buena mano para el volante, pero el destino estaba marcado; ya era noche cerrada, la rueda delantera derecha agarró un pozo, forzó el volante y el vehículo se fue sobre una cuneta bastante profunda, volcando y quedando con las ruedas hacía arriba, la madre que acompañaba en la cabina a Alejandro salió expedida y quedó atrapada debajo del camión, falleciendo en el acto, el padre venía atrás vigilando la carga y murió de la misma forma. En la casa los tres hermanos esperaban con preocupación, no obstante sabían que muchas veces no lograban colocar los productos y debían esperar allí hasta la madrugada, Carmelo, que acompañó a Alejandro en muchas ocasiones expresó – tuvieron que quedarse, justo que hoy fue mamá y son tres, pero se arreglarán, ya deben estar llegando los que llevan ganado en pie y siempre tienen para dar cobijo- Luz María asintió y se puso a preparar la cena,

-además- agregó Carmelo -a eso de las cuatro de la madrugada ya van llegando los rusos de la colonia, como solo traen miel y quesos compran otros productos de granja para ampliar la venta y nosotros le compramos el afrechillo y la balanceada.

En las primeras horas de la mañana, unos troperos que arreaban ganado para el frigorífico Casablanca se toparon con el accidente, mientras uno de ellos montó el caballo más rápido rumbo al pueblo, los demás se quedaron a socorrer a los heridos comprobando la muerte de los dos mayores, al revisar la cabina se percataron de la tercera víctima, sacando a Alejandro entre los hierros retorcidos, muy mal herido, sin conocimiento, pero aún con signos vitales.

La tragedia cambió abruptamente la vida de los cuatro hermanos y la relación entre ellos, pasado unos meses del accidente y restablecido Alejandro de un coma cerebral y diversas quebraduras continuaron trabajando, a pesar de las enormes dificultades tratándose de tres niños y un mayor aún muy joven y con algunas capacidades disminuidas.

Un súbito ataque de tos de Luz María sacó a Carmelo de su ensimismada rememoración, este pide otra botella de agua al momento que Luz extrae de su bolso un blíster y separa dos pastillas, Carmelo comienza a sacar algunas conclusiones- ¿estás enferma Luz? – Ella aprieta sus ojos con los dedos de su mano izquierda -de eso te quería hablar- Dijo retirando la mano de la cara, Carmelo se endereza en la silla y queda mirando fijo a su hermana -perdona que te lo diga sin rodeos, no encuentro otra manera, tengo cáncer y es terminal, me quedan unos meses de vida….

Carmelo entra a su casa, vuelve a repasar mentalmente las cosas que debe prever para el viaje, los acontecimientos de los últimos meses lo han vuelto más práctico y aún no logra asumir esta nueva realidad, tantos años creyendo que el mundo estaba tan quieto y ya nadie ni nada lo convocaría a modificar su ritmo de vida. Se había despedido de Luz de aquel velorio, impactado, triste, apesadumbrado, pero se comprometió con ella en hacer ese viaje y que el hablaría con Palmiro, aunque no haya cambiado su opinión sobre Alejandro.

Como temía, Palmiro se negó rotundamente a volver a aquellos lugares y encontrarse con Alejandro si viviera, escuchó los razonamientos de Luz que su hermano le trasladaba, se sintió muy afectado al enterarse del estado de salud de su hermana, no obstante continuó con su negativa, Carmelo se fue haciendo la idea que tendrían que hacer el viaje Luz y el, se tomó la actitud de Palmiro como algo bastante obvio; no había nada nuevo, ni conversado, ni analizado sobre esta vieja situación y en tantos años los desencuentros y las interpretaciones quedan como matrizadas, irrevocables, ninguno de los cuatros tuvo en cincuenta años una mínima actitud o intención de procurar un acercamiento con los otros. Además Palmiro, culpa a Alejandro por el accidente -Palmiro nunca pudo superarlo, busca culpables- pensaba Carmelo recordando la última reunión de los cuatros que había hecho mención Luz en aquel bar.

Para aquel entonces Luz ya vivía en la capital y sus retornos fueron cada vez más espaciados, la vida cotidiana de los tres en el predio familiar no era fácil, Alejandro era hermético, huraño, de pocas palabras, no los saludaba ni compartía la mesa con ellos, Palmiro le generaba permanente mal humor, la situación económica desmejoró por baja producción, faltaban brazos y las relaciones entre ellos no ayudaban, Alejandro había vendido sin consultar tres lecheras y cinco ponedoras, Carmelo y Palmiro no estaban de acuerdo, se iban a quedar sin nada, mejor contratar a alguien y mantener todos los animales, Palmiro a pesar de su edad tenía madurez pero era intolerante, le reprochaba a Alejandro todo lo vinculado al dinero. Carmelo procuraba en vano acercarse a Alejandro, sobre todo después de la partida de Luz, pero no hubo grandes logros.

Al tercer año llegaron a un acuerdo, Palmiro y Carmelo querían irse para la capital, allí no había futuro, quedaron que Alejandro le haría envíos a los tres como forma de pago de sus partes, pasado un tiempo si no podía sostener el predio se vendería la propiedad. Las remesas se fueron espaciando y antes del año ya no llegaron más, Luz se había casado y se fue alejando de las comunicaciones con Carmelo y Palmiro, estos no obstante tenían sus propios ingresos trabajando, Carmelo a su vez estudiaba para terminar ciclo básico en la secundaria, después haría un curso de ingreso a la actividad bancaria, Palmiro se juntó con su novia y se fue a vivir a la casa de su suegra, Alejandro nunca contestó las cartas, solo se comunicó con Luz en algunas oportunidades, Palmiro sostenía que tenían un acuerdo entre los dos esto enojó mucho a Carmelo. Desde entonces fueron cuatro caminos sin puntos de encuentro.

El desayuno de Carmelo es lento, quiere estar tranquilo y no lo consigue, la insistente memoria le señala una y otra vez aquel llamado de Luz por el velorio, que fue la piedra en el agua quieta del estanque de los cincuenta largos años de consciente olvido. Luz y su rostro triste, su falta de fuerzas, su enfermedad terminal, el tono de fragilidad de sus últimos llamados. Se reclinó sobre la silla -bien, ahora a esperar a Palmiro- se dijo-esperaré afuera, no conoce el barrio, menos la casa-.

Sentado en el umbral, espera y piensa, concluye que lo único bueno de estos tiempos había sido el cambio en Palmiro cuando le informó de la muerte de Luz, en ese entonces le había conminado, con serena firmeza que debían viajar juntos considerando el último deseo de la hermana, aquel emitió su no rotundo y colgó. Al otro día lo llamó, con voz queda, pausada, dolido, pero con decisión -vamos Carmelo, vamos allá, y que sea lo que Dios quiera- Luz falleció en los primeros días de diciembre, esperaron hasta febrero.

Palmiro camina lento mirando las numeraciones de las casas, Carmelo lo identifica porque lo esperaba, si fuera por un casual no lo reconocería, se paró en media de la vereda, Palmiro lo vio y apresuró el paso. El abrazo fue fuerte y largo, se observaron con miradas húmedas -entremos- dijo Carmelo.

Los dos hermanos conversaron un largo rato -quien te aviso de la muerte de Luz?- una muchacha, me dijo que era su nieta….que te parece si arrancamos? -cargamos nafta por el camino, me dijiste que también manejas?- Si, tengo libreta, Anita nos hizo unas tortas saladas para el viaje y traje unas frutas y agua-Una sutil mezcla de amenidad y regocijo comenzó a invadir a Carmelo.

El viaje es placentero a pesar del calor, los hermanos se ponen un poco al día, -llegaremos a Casablanca casi noche, descansaremos y mañana saldremos temprano, pasando el arroyo son unos pocos kilómetros-.

Llegaron ya de noche al pueblo, un viaje de unas cinco horas les llevó casi siete, el viejo hotelucho aún estaba allí, algunos parroquianos juegan billar, conversando, bebiendo, callan sorprendidos por la presencia inesperada, estos saludan y solicitan alojamiento por la noche, piden cerveza, Carmelo se anima a una pregunta que silenciosamente es esperada por los parroquianos -mañana seguimos al paraje Juan Santo, sigue la balsa?- el cantinero le dice que no, que hace muchos años fue desmontada -no era negocio pal balsero, nadie pasaba y el camino quedo abandonado, todo los alrededores se tiraron pal otro lado, el de las colonias, conoce? el hombre continúa contando que hace más de treinta años con las plantaciones de soja prácticamente se hizo un nuevo pueblo, casi no hay comunicación con este, Carmelo explica quiénes son y porque están aquí, mencionando a Alejandro y el predio, el cantinero no lo conoce. ¿-alguien conoce? Generalizando la conversación, de una silla se levanta un hombre viejo, cargado de años,

-conozco…recuerdo el accidente, vi por un tiempo después a Don Alejandro, sin mucho trato, era muy huraño y cerrado, pero hace mucho, en una juntada de conocidos tiempo atrás, hablando de todo un poco vino a la conversación y se dijo que había muerto y con el predio quedó un hijo, pero, tómenlo con cautela, la gente siempre dice cosas…no sería raro, hace añares no se ve-Carmelo mira a su hermano -hablábamos que era una posibilidad cierta- Saludaron y se retiraron a descansar en medio de un silencio tácito.

La mañana los encontró ya cerca del arroyo, era un hilito de agua, lo cruzaron sobre una senda de cantos rodados y emprendieron el andar sobre un camino deteriorado que había sido la antigua carretera de tosca aplanada. En poco más de una hora llegaron al comienzo del camino rural, por ese a unas cuadras está la entrada al predio, la tranquera está cerrada, abren y entran, inmediatamente reconocieron el caminito bordeado de altos eucaliptos -la casa está detrás de la línea de eucaliptos, te acordás?- el comentario de Carmelo sonó en hueco…sus corazones latían más deprisa, no obstante percibían cierto abandono del lugar.

Se encontraron de frente con una tapera, no quedaba casi nada de lo que fue la casa, únicamente lo que había sido la sala comedor tenía techo, el resto solo las descascaradas paredes, las puertas y ventanas habían sido extraídas.

Entraron, vieron solo trastos viejo y heces de animales, solo reconocieron restos del viejo armario de la cocina y algunas sillas rotas -aquí no ha vivido nadie en muchos años..- murmuró Palmiro. Apesadumbrado Carmelo posó una mano en el brazo del otro- llegamos tarde hermano-. Salieron hacía la parte de atrás desde donde se veía una parte extensa del predio – hay animales- comentó Palmiro, Carmelo hizo visera con la mano por unos minutos…- cinco o seis ovejas-. Se apartaron a comer algo bajo uno de los eucaliptos. Una contrastante sensación de pena y tristeza, paz y armonía los invadió. Tenían la sensación de un tiempo perdido, ignorado, desaprovechado, Palmiro no quiso evitar una sincera y honesta expresión -si Luz hubiese podido venir-. Conversaron un rato más, recordando lugares y momentos que solo están en lo mejor de sus memorias. Concluyeron que había mucho de cierto en lo que el hombre viejo les había dicho anoche, convinieron en hacer una siesta y esperar que el sol baje un poco para volver al pueblo y ver que otra cosa podrían averiguar.

A media tarde emprenden el retorno, cierran la tranquera tras la última mirada al predio, un camión pasa levantando una columna de polvareda de tosca seca que se mantiene sobre el camino, el sol del poniente les da de frente-vayamos con cuidado no se ve nada- dijo Palmiro- ese camión es lo único que hemos visto en todo el día, aquí no hay a quien preguntarle nada- la respuesta de Carmelo es enojosa, desanimada. A una cuadra ya el polvo se ha ido esparciendo y se comienza a divisar lo que parece un carro detenido con un caballo tirando, un hombre azuza al animal para que reinicie la marcha – mirá, con tus dichos te atendieron… preguntemos- Palmiro se adelanta, saluda, dice quiénes son y a quien buscan, el hombre tras unos segundos se baja muy cansinamente, tiene cierta dificultad en una pierna, a Carmelo se le congela el aliento, el del carro va con lento caminar hacía los hermanos, se saca el sombrero y pregunta -y Luz?- Los tres quedan paralizados unos instantes -Alejandro! ¡Balbucea Carmelo- tiempo sin saber de vos! – y queda abrazado a su hermano mayor, Palmiro se acerca y hace lo mismo con los dos.

Y ahí quedaron los tres, con el sol como único testigo, alumbrando la infinita verdad de que las distancias son creación única de los seres humanos.

Cierre de la obra