Los fantasmas de mi pueblo
Autora: Ilsa Elena Merlano Paternina
País de origen: Colombia
La leve llovizna no me impidió emprender el viaje a ese pequeño pueblo enclavado en los Montes de María, hermoso por su exuberante vegetación. Mi familia y yo vivimos allí algunos años, pero la violencia nos obligó a salir, pero el destino me ponía de nuevo en ese lugar; iba a cumplir con el año de servicio social, prerrequisito para graduarme de Odontóloga. Al bajarme del campero rojo destartalado, me dirigí al semidestruido Centro de Salud. Las casas antes arregladitas y pintadas, estaban cerradas con enormes candados, sus paredes agujereadas y pintarrajeadas con algunas consignas. La iglesia abandonada y sus únicos moradores eran los murciélagos, que como celosos guardianes se apostaban en lo más alto del campanario moviendo involuntariamente las campanas, cuando iniciaban su cacería de insectos al anochecer.
El viento arreciaba impertinente y unas lindas mujeres de piel de ébano y cuerpos esculturales y frescos recogían afanosas sus polleras floreadas, moviendo sus palanganas repletas de cocaditas al son de sus insinuantes caderas. Hablaba con ellas, mientras saboreaba una de las exquisitas cocaditas que me habían regalado. Luego, me encaminé al cementerio, quería visitar la tumba de mi abuelo. Al entrar, unas extrañas mujeres ataviadas de blanco con faldas de otomana y chalinas bordadas a mano, me salieron al paso; noté que en sus manos huesudas llevaban olorosas ramos de azucenas y heliotropos de los que emanaba un delicioso aroma. Me deslicé entre las tumbas hasta que encontré la de mi abuelo, la maleza la había cubierto en parte, pero pude ver su nombre con algunas iniciales y el nombre antiguo de mi pueblo: Rafael RDB – Ricaurte 2002. Al arrodillarme en un gesto de fervor y respeto hacía los restos de mi ser querido, alcancé a ver con el rabillo del ojo, un anciano mal vestido y sudoroso que me miraba por debajo de sus lentes grandes y gruesos. Me ofreció una enorme camándula de murano con incrustaciones de oro y un cristo de madera: “tome, es suya, rece por las benditas ánimas en pena”. Me levanté y traté seguirlo, pero había desaparecido. Al salir presurosa tropecé y caí lastimando mi tobillo; como pude, alcancé la puerta y le pregunté al celador: oiga señor, ¿para dónde cogió el sepulturero? “mire señorita, hace años que aquí no hay sepulturero, nosotros mismos enterramos a los muertos”. Y usted señor, ¿dónde estaba? No lo vi cuando entré. “Es que… salí a tomar agua” ¿Y las beatas del Sagrado Corazón de María? “Ya le dije, no sé de qué me habla, hace años que a este pueblo no nos visitan ni los curas, ni los maestros, ni nadie”. Vi a un chico vendiendo café. Oye tú, el de los tintos; por favor véndeme dos tintos, uno para el celador y otro para mí. “¿El celador? ¿Cuál celador?” respondió sorprendido. Oye, ¿Para dónde cogió el celador?, el que hablaba hace un ratico conmigo. “No doctora, aquí no hay celadores. Aquí ya no hay muertos para enterrar”.
No sé cuánto tiempo estuve deambulando de un lado para otro, pero fue el suficiente para cansarme. Me senté en una banquita del parque y allí me quedé dormida. Mi sueño era tan profundo, que no escuchaba la voz insistente de mi auxiliar. “Doctora, doctora, ya llegaron sus primeros pacientes”. Al comentarle lo sucedido en el cementerio, mi auxiliar me aseguró, que nunca me ausenté del Centro de Salud, pero yo no estoy segura de ello.