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El comandante

Autor: Pablo Juan Manuel de Los Ángeles Duchez de León
País de origen: Guatemala

Basada en hechos reales. Los nombres fueron cambiados

– ¡Comandante Alberto, te llama el Comandante General Ortiz!

– ¡A la orden, mi Comandante Rodríguez

– Alberto, ¿sabés que las órdenes del Comandante General, deben cumplirse en el acto? Como comandante y Comisario General, de la policía, de la Revolución, no veo por qué le has dado tanta larga a la sugerencia que te hizo el Comandante Ortiz.

– Mi Comandante, Rodríguez, no se meta a pedir explicaciones de algo que no le debe importar. Si el Comandante General quiere una explicación, con gusto se la daré.

En otro lugar de la comandancia General de la revolución recién instalada, tras el triunfo aplastante sobre la dictadura que sumió al país en la falta de libertad, donde fueron borrados los derechos humanos, el irrespeto a la vida y bienes de los que no se plegaron a la voluntad del gobernante. Una orden estridente estremeció el recinto.

– ¡Me traen al comandante Alberto Altozano! Lo necesito en este despacho, al término de la distancia.

Alberto Altozano, un joven de veintinueve años, procedente de una de las familias respetadas en los círculos sociales del país, educado en colegios católicos; siempre tuvo el firme convencimiento, que la justicia social y la libertad deben ser para todos los pueblos, sin distingos de raza, color educación, recursos económicos o posición social.

Inquieto con respecto a satisfacer las necesidades básicas de las personas desposeídas y marginadas. Apasionado por los deportes, en especial por el béisbol. Su estatura, de uno setenta, jamás le impidió darse de turcasos, como él decía, contra individuos altos y con apariencia de fortachones. Aguerrido y arriesgado al tomar decisiones, con la certeza de que no hay poder capaz de detenerlo. Estas cualidades y los conocimientos de Ingeniería, obtenidos al graduarse de la Universidad, le valieron ser uno de los comandantes de la revolución, más respetados y queridos por la tropa y sus compañeros oficiales. Cuando la revolución empezó a tomar fuerza dentro de la población, algunos muchachos, compañeros de primaria y algunos años de la secundaria de Alberto, pidieron autorización para buscarlo en el extranjero y solicitarle apoyo económico. Tenían información de sus logros como asesor bursátil en el centro financiero de Panamá. A la sombra de un tío versado en los conocimientos financieros y de bolsa, en los mercados internacionales, principalmente en las Bolsas de Nueva York, Londres y París. Alberto desarrolló cualidades que muy pronto lo llevaron a ser reconocido por su tío y los círculos donde se movía como pez en el agua.

Después de una afanosa búsqueda, por parte de sus compañeros, dieron con su paradero. Pidieron cita, y se identificaron como sus antiguos amigos de clases. Los recibió con el cariño que se le guarda a los chavalos que crecieron contigo, recordando la amistad y aventuras del pasado.

La misión de los amigos era pedirle contribución económica para liberar a su país de la ominosa represión de la familia que llevaba en el poder cuarenta años. La Revolución tomaba fuerza; el apoyo recibido por la población era contundente; sin embargo, tenían que superar grandes dificultades, entre ellas la más apremiante era obtener los recursos monetarios, para satisfacer la compra de armas y municiones. La juventud dispuesta a combatir y ofrendar su vida por librarse de la dictadura que los oprimía, no escatimaba ningún sacrificio en aras del triunfo de la Revolución.

– Estoy palmado, pero me voy de regreso con ustedes, a mi tío voy a pedir unos pesos para la causa. Fue la respuesta decidida de Alberto. Aquella decisión, que no le costó tomar fue expresada con toda seriedad.

El nuevo recluta, no solo consiguió financiamiento, se ofreció a tomar un curso intensivo de combate. Su espíritu no le permitió quedarse observando la procesión. Fue voluntario para integrar la fuerza combativa.

A sus padres, contrariados por tal decisión, no les quedó más remedio que dar su bendición, aun en contra de su voluntad. El cabo Alberto Altozano, cumplió a cabalidad su preparación y se incorporó a las filas del frente. Con rapidez, fue ascendido por sus méritos en combate, hasta llegar a ser uno de los comandantes a quien Ortiz llamaba a consulta con frecuencia, estableciendo entre ambos una férrea amistad y compañerismo revolucionario. Inició su carrera militar al frente de una compañía, llegando rápidamente a obtener el mayor grado dentro de las fuerzas Revolucionarias, otorgado directamente por el Comandante General. Su hoja de servicio, hablaba de su valentía y estrategia en combate. Algo que lo distinguió fue su preocupación por el bienestar de los elementos bajo sus órdenes.

Mientras se dirigía a toda prisa a cumplir el llamado del Comandante General, preparaba en su mente, la conversación que cambiaría, su vida y dedicación a la causa revolucionaria. «Le presentaré mi renuncia al comandante Darío». Ese encargo no lo cumpliré, mi conciencia no me lo permite. Una cosa es eliminar al enemigo en el fragor de la batalla, otra muy diferente es tomar a sangre fría la vida de un ser humano. Si una persona, opina políticamente diferente, no debe ser condenada a muerte sin juicio previo. Si se demuestra que ha violado alguna ley, previo un juicio, se le debe aplicar el castigo correspondiente. En mi patria, las leyes no contemplan la pena de muerte. Si vamos a empezar con estas prácticas, ¿cuál será la diferencia entre nosotros, los que luchamos por el bienestar del pueblo y el régimen que acabamos de vencer?» «Volver al pasado es negar la muerte de los valientes que ofrendaron su vida en aras de la libertad».

– Comandante Darío, ¿me permite hablar?

– Prosiga, Alberto.

— Así como renuncié a los privilegios de vivienda, tierras y bienes materiales, le presento mi renuncia al puesto de Comisario General de la Policía. A la vez quiero pedirle el puesto de Jefe Superior y encargado de la academia de béisbol, deporte que me apasiona. En dicho lugar, contribuiré a la formación de las juventudes revolucionarias para el engrandecimiento de nuestra Patria. También seguiré trabajando en mi pequeña fábrica de bloques de cemento para las calles. Abasteciendo a las municipalidades para ayudar en la reconstrucción de los pueblos dañados por la guerra.

– Secretario, tome nota. Fue la orden que emitió el Comandante en Jefe de la Revolución.

– Se da de baja al Comandante Alberto Altozano, del cargo de Comisario General de la Policía Nacional. Se le nombra director de los Deportes y de la academia de béisbol.

– Muchas gracias, comandante Darío.

– Venga un abrazo, Alberto, tomemos algo para celebrar. Secretario, me tomaré la tarde libre, tengo mucho que hablar con mi hermano Alberto.

Ambos comandantes disfrutaron de una tarde de comida y bebida hasta altas horas de la noche.

La sensibilidad social de Jorge fue una constante en su vida. No escatimó el esfuerzo para satisfacer las necesidades de personas que vivieron a su alrededor.

No era un hombre ostentoso y ser reconocido por sus logros no era de su interés.

Estaba convencido, que el sistema Social Nacionalista era el único camino para sacar a su país adelante. Así lo pregonaba a los cuatro vientos, con la convicción de poseer la solución a la pobreza y necesidades que abundan en Centroamérica.

Transcurría el mes de septiembre y la revolución triunfó en julio; apenas eran dos meses.

Cuando aún fungía, Alberto como Comisario General de la Policía Sandinista, una noche, ocupado en una investigación de campo, se presentó una novedad que debía atender de inmediato. Dos personas extranjeras fueron detenidas, cuando se desplazaban a la orilla del camino que circunvala el lago de Managua, con apariencia de ser turistas, fueron llevados al edificio de la comisaría General de Managua, bajo la sospecha de colaborar con los contrarrevolucionarios, quienes eran y apoyados por los Estados Unidos de Norte América.

– ¿Qué pasa con ustedes? El subjefe que se haga cargo. Fue la respuesta del Comandante Altozano.

– Mi Comandante, el Subjefe, interrogó a los sospechosos. Por tratarse de un guatemalteco y una norteamericana, lo esperan para que tome una decisión.

Al presentarse el Comandante Altozano en la comisaría, de inmediato pide información del caso. El subjefe le presenta un informe verbal y los pasaportes decomisados. Alberto escucha con paciencia, decide comprobar la información recibida buscando datos en los pasaportes. Inspecciona en primer lugar el norteamericano, en busca de alguna pista.

Nombre: María Nash. Edad: treinta y cuatro años. Lugar de nacimiento: Santa Cruz, Guanacaste, Costa Rica. Nacionalidad: Estadounidense. Se detiene en este punto y recuerda que ella no habla una palabra de español.

No le parece normal que una persona nacida en Santa Cruz, Guanacaste, tenga la nacionalidad Yanquee, con el agravante de que no hable español.

Inspecciona el otro pasaporte, nombre: Pablo Dufurk. Edad: treinta y un años. Lugar de nacimiento: Santa Cruz, Guanacaste, Costa Rica. Nacionalidad guatemalteca. Se detiene y esboza una gran sonrisa, la que se vuelve carcajada, sin contener la expresión de alegría y sorpresa. Dando un manotazo en el escritorio, levanta la cabeza mirando al techo del recinto, como no dando crédito a lo que acaba de leer. Cuando logra reponerse de la impresión, emite una orden con expresión de sorpresa e incredulidad.

– Traigan a los sospechosos, pero no les digan mi nombre. Llevan a los detenidos. El nerviosismo y la incertidumbre de si podrían continuar su viaje, cuyo destino era Guanacaste, Costa Rica, con la finalidad de averiguar sobre su pasado, es la preocupación de los ahora detenidos. Además, por estar en un estado donde la Revolución acababa de triunfar, un pensamiento que los inquieta, es. ¿Estará en vigencia el Estado de derecho?

La refundación de un Estado es un asunto complicado, en donde el derecho individual está en entredicho, principalmente cuando la lucha continúa, porque los contrarrevolucionarios siguen presentes afirmando que el enfrentamiento no ha terminado. Conducen a los detenidos a la oficina del Comisario General, quien los recibe de espaldas.

Les ordena tomar asiento, Con voz autoritaria, preguntó. — ¿De qué los acusan?

El guatemalteco responde: — Todavía no nos informan cuál es el motivo de la detención.

– ¿Qué hacían caminando a la orilla del lago a las nueve de la noche?

– En un retén del Ejército Sandinista, el oficial al mando nos confiscó el automóvil en el que viajamos con rumbo a Costa Rica. Al salir de León, por equivocación, tomamos la carretera que rodea el lago de Managua. Eso nos consumió más tiempo del previsto y nos sorprendió la noche en la carretera. Nuestro plan era llegar a Managua a las seis de la tarde. Después de una larga pausa, el que interroga se da la vuelta y observa a los detenidos, esperando una reacción.

El comandante Altozano clava su mirada en Pablo; este siente la incomodidad de ser escudriñado por su captor y posible verdugo. Sobreponiéndose al sentimiento de temor, intuye, que por la forma en que se conduce y como lo respetan los subalternos, debe ostentar un alto rango.

Alberto permanece serio y en silencio. Después de unos minutos, que a los interrogados les pareció una eternidad. Pregunta, sin cambiar la expresión — Pablo, sabes, ¿quién soy?

Pablo, se toma unos segundos antes de responder, para calmar el torbellino de ideas y tratando de recordar al que los interroga. Responde: — Disculpe, no lo recuerdo.

– Soy Alberto, hijup… El Nica chiquito.

– ¡Alberto, cerote!, no te hubiera reconocido, y ¿qué putas haces aquí?

Alberto y su hermano, fueron compañeros de Pablo durante la secundaria en un internado ubicado en Antigua Guatemala, a lo largo de tres años. Los llamaban nicas. Al menor, nica chiquito. Se fundieron en un abrazo fraterno. Diez años pasaron antes de encontrarse en circunstancias poco previsibles. El temor y la incertidumbre, experimentados por Pablo y su hermana, se volvieron alegría y celebración. Después de creerse abandonados en un país efervescente por la guerra, los viajeros se sintieron en la gloria. Celebraron a más no poder con abundante bebida y comida. Alberto los hospedó en su casa y los hizo sentir como hermanos. Extendió la celebración por un día completo, con la intención de seguir la fiesta hasta que el cuerpo aguante. Sin embargo, los viajeros debían cumplir otra misión de suma importancia, no solo para ellos, sino para sus hermanos, que nacieron en Costa Rica y fueron separados desde muy pequeños. Tres vivieron en Estados Unidos: una hermana en Costa Rica y un hermano en Guatemala.

– ¿Cuál es el propósito de tu viaje? —preguntó Alberto y añadió—. Todo me parece muy extraño. Vos nunca me contaste que sos Tico.

– Vamos en busca de nuestros parientes de sangre.

Respondió, Pablo.

– ¡Chocho! Tienen que pasar de regreso y contarme todo.

– Claro que lo haremos, después de haberte encontrado en estas circunstancias, Alberto Altozano, uno de los comandantes de la revolución Sandinista, trabajó para el bienestar de su país, en perfecta sintonía con su pensamiento nacional socialista, hasta que el COVID-19 lo relevó de sus obligaciones, permitiendo alcanzar todos sus sueños e ilusiones

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