Ir al contenido

TÁNDEM

Autora: Luz Miriam Muñoz Arbeláez
País de origen: Colombia

“Que sangre y muera…que muera este poema que entierro hoy abierto con mi sangre y con mis versos para morir contigo.”
M. Tortós Albán

Era la primera vez que Eva, en cuarenta y siete años, dos meses y un día, encaraba esta faena sola. Ajustó el moño negro en lo alto de cabeza, ató su chal al frente, respiró profundo, agarró el pasamanos como si de ello dependiera su vida y subió el primer escalón. La rodilla izquierda traqueteó justo al dar el paso siguiente. La sobó varias veces, no quería que le fallara preciso el día de hoy. Contó los otros cinco escalones hasta el primer descansito, jadeó, inclinó su cuerpo casi hasta el piso. Pasó la lengua por sus labios. Hacía muchos años que vivía en el piso cinco de este bloque deapartamentos. “Es nuestro hogar, no importa que nos demoremos toda la vida pagándolo”, le había dicho él, la tarde en que recibieron la llave. Recordó, mientras reponía fuerzas, cuando esa misma noche, con la luna llena infiltrada, él la alzó en vilo y la dejó en el sofá de la salita recién comprada. Se animó a seguir el ascenso. Cuando terminó el segundo tramo de escalones, en el pasillito, con la puerta abierta, estaba doña Gloria. “Lo siento mucho” le dijo, dos lágrimas que Eva no vio, rodaron entre sus arrugas. “Qué lejos está la otra parada”, susurró al mirar las escalas que tenía delante. “Pensar que ayer no más me apoyaba en una mano tibia y segura”, desabrochó el botón de su falda.

—Uno, dos, adiós vecina —se despidió—.

Tres, cuatro…siete soltó junto con el aire cuando su pie toco la superficie blanca del otro descanso. Un fuerte dolor en la cadera detuvo por tercera vez su camino hacía el “pent-house”, como él llamaba a su hogar. No había sido el mismo desde que enterraron a su única hija, la Pilarcita. Meningitis a los cinco años, dos largas noches sentada en el suelo junto la cama de la niña. Y él siempre ahí, a su vera, como en la canción. No se quedaron tan solos, se tenían el uno al otro, hasta ayer.

– Ya casi llega, vecinita —dijo Lorena al abrir la puerta de su apartamento en el tercer piso— lo siento en el alma, yo sé lo que es esa pérdida.

– Le agradezco, vecina, este dolor no quiere que siga mi camino—. Se tocó la cadera, pero el dolor era otro.

Se le hacían interminables esos peldaños, eran siete, como si fueran setecientos. “Me dejaste sin luna de miel, granuja”, tomó aire y sonrió al recordar lo que él decía cuando ella le recordaba sus primeros días de matrimonio. “Te voy a gastar los labios, la piel, los párpados, el cuello, el talón, el alma, hasta que toda tú desaparezcas dentro de mí…” Ella dejaba que él sucumbiera a esa debilidad, que también era la suya.

Reanudó el ascenso con ese recuerdo como una visión en tecnicolor y en pantalla gigante. Llevó en su mente la cuenta de las gradas. Cada paso era un olor a café, una flor seca entre un libro viejo, un viaje a los trece años en bicicleta, un bolsillo roto y las risas escapándose por él, un poema sin rimar, una canción gritada a coro entre dos, el agua del río mojando sus cuerpos y el aire que le faltaba.

Desabrochó los primeros dos botones de la blusa negra que él regaló en su último cumpleaños, ¡de eso hacía tanto tiempo!, tiró el chal al suelo, soltó su cabello. Algo no la dejaba respirar, abrió la boca, intentó tomar aire, pero el aire jugaba al escondite con ella.

– Eva, querida, ¿estás bien? —salió a su encuentro Lucía, en el cuarto piso. La ayudó a subir hasta el rellano, ese lugarcito de dos metros cuadrados frente a su puerta repleto de verdes que emergían de las materas. —Ya casi lo logra, siete escalones más y estará sentada en su salita.

Si, era es cierto, estaría sentada en la sala, solitaria por siempre. Nadie la recibiría con ese “bienvenida mi maga”, música para sus sentidos, ni con el vaso de vino de la complicidad, “es para que duermas mejor”, decía él en medio de risitas, mientras se llevaba el suyo a la boca. “Cómo una boca cuando el vino vuela” canturreó. No iba a volar, ni siquiera tocaría sus labios. Y hoy sí se quería emborrachar, olvidar este solitario retorno a casa, huérfana de la mano a la que se fundió ese soleado veinticuatro de agosto en los anales del tiempo.

Observó durante unos segundos los últimos peldaños que se erigían ante ella. Se le antojaron interminables. Se aferró a la baranda, ésta ardió en su mano. Todo a su alrededor empezó a desaparecer, primero la voz de su vecina, después el suelo que pisaba, luego uno a uno los escalones, a medida que a tientas ponía un pie y luego el otro. El zumbido en los oídos la enloquecía. Gotas de sudor acudieron a su frente y rodaron por su piel seca y triste. Miró hacía atrás, nada de nada. Una locomotora arremetía en su pecho sin tregua. De repente una niebla se abrió ante sus ojos.

Uno, dos, tres, cuatro…tregua, un poco más de aire. Un suspiro se hizo perpetuo en su pecho, cinco, seis…de febrero, el día en que se casaron. Como una ráfaga vinieron a su mente, la escapada, el ruido de la moto en la madrugada, el pueblo que vio llegar la alegría sobre ruedas, la iglesia que los acogió y les dio su bendición, siete…de entre la bruma como una luz emergió esa mano extendida, blanca, arrugada, familiar. Eva soltó la barandilla tomó la mano.

Al fin estaba en casa. ¡Nunca la vio tan iluminada, tan serena, tan suya…!

– ¿Tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó sin mucha sorpresa.

– Te estaba esperando, tardaste una eternidad. Bienvenida, mi maga.

Cierre de la obra