El último abrazo
Autor: Rafael Ángel Abarca Jiménez
Todo comenzó a principios del año 2020 cuando la Organización Mundial de la Salud anunció en términos globales la terrible noticia de que una pandemia llamada “El Covid-19” afectaría a toda la humanidad, en especial a los más vulnerables como los adultos mayores.
Antes de la pandemia la humanidad caminaba a un ritmo estrepitosamente rápido sin darse cuenta de lo que se venía en un futuro próximo. Las escuelas, colegios y universidades atestados de niños y jóvenes en sus actividades le daban vida al planeta. Los estadios se llenaban de gente apoyando a sus equipos. Los que no podían ir, optaban verlos por la televisión desde sus hogares.
Corrían como hormigas a los cines, centros comerciales, bares, ciudades, calles, restaurantes de comida rápida, playas y todos los rincones de éste mundo estaban abarrotados de personas. Luego venían los atascos en carreteras, aeropuertos y vías ferroviarias. Las personas chocaban unas con otras por caminar viendo su celular. Se hacían filas en las tiendas, en especial los viernes negros para comprar cualquier cosa o el último iPhone de moda.
En medio del jolgorio, la sofocación y del mundanal ruido sin que nadie lo esperara el Covid-19 se colgó como un fantasma silencioso e inmundo y toda la tierra se paralizó. Una vez escuché unas palabras que decían: “Si quieres hacer reír a Dios, muéstrale tus planes”.
Millones de personas en todo el mundo se acababan de pensionar y todos se proyectaban a gozar de su jubilación. Ya habían cumplido con sus obligaciones de sacar a sus familiares adelante. Para muchos los planes eran terminar aquella carrera que quedó truncada en el camino, aprender un oficio nuevo, viajar al exterior o simplemente quedarse en casa durmiendo hasta medio día sin tener que ir a marcar un reloj de puntualidad. ¡Pero no! Dijo el destino.
Yo, igual que todos, estaba lleno de ilusiones y planes para mi jubilación. Me preocupé desde joven por tener una salud mental, espiritual y física óptima para enfrentar las vicisitudes de la vida en especial para cuando envejeciera. Había cumplido con mi faena de hacer crecer a mis hijos con dignidad y sin que les faltara nada, pero sobre todo que crecieran con mis convicciones legales, morales y espirituales.
Ahora gozo de una pequeña pensión suficiente para seguir con mis sueños de jubilado. Soy feliz porque no estoy sujeto a horarios, tengo todo el tiempo disponible para mí y muchas cosas que hacer. Debo confesar que al principio me costó mucho aceptar la nueva vida de jubilado. De pronto tuve que desacelerar mi ímpetu por hacer las cosas perfectas. Debí ceder la rutina de 50 años de trabajo y en su lugar enfocarme a nuevas metas a corto y mediano plazo.
Antes de la pandemia me dediqué a pintar mandalas geométricas, sembrar plantas ornamentales, legumbres, árboles frutales. Recibí varios cursos en el INA de tratamiento de aguas, cultivos, abono orgánico, crecimiento de orquídeas y astronomía, cursos de emprendedurismo para mediana y pequeña industria. Le di continuidad a algunas reuniones sociales de grupos de amigos que tengo desde la infancia. Y desde hace muchos años pertenezco al Grupo AGECO, donde matriculé diferentes cursos: agricultura, literatura, pintura, tecnología y apreciación de cine y algunos más.
En marzo del 2020 ya tenía 10 años de jubilado y estaba completamente adaptado a mi nueva vida. Me encontraba en AGECO cuando nos avisaron del Covid-19. El encuentro de vernos de nuevo fue como la fiesta de la alegría de los niños de escuela. Allí estábamos todos los compañeros del año pasado y algunas caras nuevas. Estábamos muy alegres de reencontrarnos de nuevo. Eran las 10 de la mañana y nos disponíamos a entrar a las lecciones.
El profesor como siempre con su amabilidad y educación que le caracteriza nos saludó guardando cierta distancia y nos dio la mala noticia de que a partir de este instante se suspendían las clases por prevención del Covid-19 hasta nuevo aviso. La noticia nos cayó como un balde de agua fría, apenas nos dio tiempo de decir “hasta luego”.
Todos salieron espantados como si hubieran visto al mismo diablo y en cuestión de cinco minutos no había un alma en el edificio. Solo estaba el profesor y yo. Recuerdo que le dije: – “Dejémonos de cosas, permítame darte un abrazo de despedida”. Él soltó la risa y nos abrazamos. Ese fue mi último abrazo. Debo decir que después me entró pena y preocupación por él, pero a más de año y medio los dos estamos sanos y salvos.
Después de los primeros meses, poco a poco fui saliendo de mi burbuja como un ratón asustadizo saliendo de su madriguera. Las rodillas me pegaban una contra la otra, ya fuera por debilidad o por nervios. Me armé de valor y caminé dos kilómetros, luego aumenté hasta 6 kilómetros.
Los vecinos siguen llenos de miedo, se saludan unos a otros moviendo su mano como diciendo: – ¿Hola cómo está? Y de seguido salen corriendo a cerrar las puertas de sus casas como si con la vista se fueran a contagiar. Para mis adentros me digo:
– “Bendito sea Dios.”
Cuando avisaron de la primera apertura, viajaba a San José una vez por semana para ir al cine o simplemente para caminar en la Avenida Central para ver gente. No me importaba tardar 5 horas de ida y vuelta, tomando 3 buses. Por su puesto había muy poca gente en la calle y en ocasiones yo estaba solo presenciando la película.
Pocas veces me sentí encerrado, porque vivo en el campo rodeado de muchas fincas y senderos montañosos. Se puede caminar libremente, disfrutar de las flores, aves, animales silvestres y respirar aire puro. Caminando por senderos un día vi a Chucho de 62 años, delgado y muy saludable. Ordeñaba y trabajaba con ganado. Como de costumbre intercambiamos ideas, sonrientes hablamos de salud y me dijo que se sentía como un jovencito de 15 años. Le comenté que yo también me sentía muy bien y le dimos gracias a Dios por estar sanos.
Hablamos de seguirnos cuidando, guardando los protocolos que manda el Ministerio de Salud y hasta nos dimos bromas. Conversamos sobre ser positivos, tener paz, no mencionar la palabra viejo, no hablar de enfermedades, del Covid-19 y menos de la muerte. Al menos esa es unas de mis convicciones sobre la salud mental en estos tiempos tan difíciles.
En medio de las risas nos despedimos y siguió su camino. Yo me quedé viéndolo unos diez segundos y sentí una sensación extraña. Unos tres días después me avisaron que lo habían encontrado muerto en su dormitorio. Algunos decían que murió del corazón y otros no dudaban de que fuera una víctima más del Covid. Llegaron las autoridades de salud, se llevaron el cuerpo y no permitieron que nadie lo viera. Así de fácil se fue de este mundo.
Había un señor al que yo llamaba con cariño “El Domador de Perritos Chihuahua”. Le decía así porque lo veía sentado en el corredor de su casa adormecido con dos perritos en su brazo y todavía le sobraba campo como para otros tres perros más. En ocasiones estaba paseando a sus dos perros y yo le bromeaba preguntándole: –¿quién pasea a quién?
Hablamos de la pandemia, la salud y de no dejarnos vencer por el miedo. Ser siempre positivos, cumplir en todo momento las reglas sanitarias. A la semana siguiente pase de nuevo y la silla estaba vacía. Lo más triste fue ver a los minúsculos perritos descansando cada uno en los extremos del patio, con los ojos abiertos, desorbitados y gruñendo desconsolados de tristeza. Presentí lo peor. A los días siguientes oí el sonar de las campanas de la iglesia como es la costumbre en este pueblo, anunciando el funeral de mi amigo el Domador de Perritos. Para bien o para mal la vida social ha cambiado y va a seguir cambiando. Un amigo mío había viajado con su familia desde la capital hasta el Volcán Irazú, cerca de donde vivo. Me llamó entusiasmado diciéndome que iba a pasar para conocer mi casa, saludarme y de paso tomarnos un café. Yo estaba solo y procedí a hacer unas buenas hamburguesas para compartir con él y su familia. Después de 2 horas de espera llegaron. Mi amigo me saludó sin salir de su automóvil y al otro lado de la calle me dijo: –“Hola, muy bonita su casa”.
Lo convencí que por lo menos él entrara a mi casa y lo logré. Duró máximo 3 minutos y se fue espantado. Su esposa, su hija y su yerno me decían adiós dentro del automóvil sin abrir las ventanas polarizadas y se fueron. Luego me llamó disculpándose porque era la primera vez que salían de su casa y estaban muy nerviosos de contagiarse.
Justifica que estemos en pánico constante, han muerto más de 4 millones de personas en 17 meses. El estrés siempre ha existido, pero en estos tiempos se ha acelerado. La preocupación ha bajado nuestras defensas exponiéndonos a otras enfermedades colaterales como del corazón, pulmones, presión arterial, articulaciones y padecimientos del cerebro. La Organización Mundial de la Salud, calcula que los adultos mayores han envejecido en este tiempo de pandemia un tercio más de lo normal, o sea tres años.
Los jóvenes están más que hartos de estar pegados a una pantalla recibiendo clases virtuales sin poder socializar con sus amigos y hacer una vida normal como antes. Los trabajos presenciales cambiaron a virtuales ahorrándose espacio, tiempo y dinero en sacrificio de las relaciones sociales que ya estábamos acostumbrados.
Hasta la vida de los bebés ha cambiado, he visto a niños de un año poniéndose la mascarilla después de haber tomado su biberón y a otros un poco mayores recordarles a sus padres que no olviden la mascarilla. Antes con los avances de la ciencia, redes sociales y la inteligencia artificial era de esperarse que el mundo cambiara, pero con la crisis todo se aceleró exponencialmente, la política, economía, sociología, salud y en definitiva todos los intereses que al hombre concierne.
Hace año y medio que todo esto comenzó. A ésta altura de mi vida tengo casi setenta y seis años. Estoy muy cansado.
Cuando camino el viento pega en mi rostro, no me deja avanzar y menos respirar. En las noches despierto sudoroso y debilitado. Desvelado espero con paciencia que las horas pasen hasta que llegue el nuevo día.
Anoche me levanté a ver las estrellas, eran las tres de la mañana, no quería pensar en nada, pero me acordé de otro amigo de 86 años que le dio el Covid y sobrevivió. Todos estaban felices pero cuatro meses después le avisaron que su hija que lo cuidaba, había muerto por causa de la pandemia.
Todo el mundo duerme en paz y silencio. A doce kilómetros al sur, veo la Vieja Metrópolis de Cartago y a mi derecha más lejos la capital de San José. Las luces de neón en medio de tanta quietud parecen millones de pequeñas luciérnagas que se prenden y apagan como una melodía de Mozart. De vez en cuando son interrumpidas por las sirenas y luces rojas de bomberos, cruz roja y patrullas anunciando accidentes.
Mis mejillas están mojadas por el llanto también silencioso. Alzo mi vista al cielo para respirar profundo. Me sorprende ver un firmamento azul lleno de miles de estrellas. Observo la constelación de Escorpión y en su dorso está la estrella “Antares”, luego “Alfa Centauro” y abajo “La Cruz del Sur”. Un cometa cruza el espacio por unos 20 segundos que se me hicieron como media hora viendo el vacío de la noche. El acogimiento espiritual y la tristeza es tanta que no tuve ánimo para pedir un deseo. Me limpié mis lágrimas y me acordé que la Biblia dice: “Cuando veo tus cielos, obra de tus manos, la luna y las estrellas que tu formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”