No hay genio sin mezcla de locura
Autor: Ernesto Aníbal Portilla Zoller
País de origen: Argentina
Su laboratorio, abarrotado de toda clase de instrumentos, probetas y reactivos, lo esperaban cada día, estaba considerado un genio como investigador, dueño de un gran prestigio, pero a veces se sentía agobiado por tanto trabajo y tanta responsabilidad, sin tiempo como para despejar su mente con otras tareas más cotidianas, o simples distracciones, cosa que los genios también suelen disfrutar, y lo necesitan tanto o más que otras personas. Un día de pronto, aprovechando la circunstancia de encontrarse solo en el lugar de trabajo, se le ocurrió mirar un rato por la ventana, descubriendo un día soleado que atrajo su atención y sus ganas de despejarse un poco y olvidarse por un momento de los complejos experimentos que estaba realizando.
Sin pensarlo demasiado salió a la calle cerrando cuidadosamente la puerta, sintió el llamado de la naturaleza, tan llena de misterios como los de su laboratorio, una naturaleza que solo había explorado a través de un microscopio.
Caminó despacio unas cuantas cuadras, disfrutando cada paso, contemplando jardines y observando a través de los cristales de las ventanas, que en muchas casas tenían plantas de interior a modo de decoración, eso le hizo pensar en su lugar de trabajo, tan despojado de algo natural como una planta.
Continuó su marcha hasta detenerse frente a un hermoso jardín, en donde le llamó la atención una planta que le resultó algo familiar por haberla visto antes en otro lugar que ahora no recuerda, se acercó un poco más para arrancar un par de hojitas que examinó con más detenimiento, pero, para no quedarse con más dudas le arrancó un gajito que llevaría a su laboratorio para examinarla más minuciosamente, y estudiarla científicamente, ya que le parecía recordar que tenía algunas propiedades de interés posiblemente medicinal.
Volvió a su laboratorio y colocó la ramita en un vaso con agua para mantenerla en condiciones y, analizarla más tarde, cuando haya terminado con otros ensayos.
Pasaron varios días hasta que una mañana al ingresar nuevamente a su lugar de trabajo, se encontró con la grata sorpresa de que su plantita le había dado una flor, quedó un rato como maravillado contemplándola, se dio cuenta que nunca antes había mirado una flor de ese modo.
Decidió estudiar sin más demora esa especie con mucho entusiasmo, y en un par de días ya estaba en condiciones de redactar un informe con los resultados de los estudios realizados. Cuando sus superiores tuvieron acceso al memorándum, creyeron que el científico había perdido la razón, el informe, solo contenía una poesía.