Ramito de violetas
Autor: Jorge Cristian Bustos Patiño
País de origen: Chile
Milena abotonó su blusa y con su mirada le dio a entender a Andrés que debía marcharse. Giró su cuerpo y de espalda alargó su brazo para coger el paquete de tabaco y encender un “Gitanes”. Su olor pastoso impregnó la habitación al tiempo que desataba su trenza que peinó parsimoniosamente entre los dedos. Andrés quiso acercarse para despedirse de un beso, dio un paso y se detuvo. Ella no estaba para romanticismos. ¿Podría entender que se había enamorado cuando la veía bajar de ese bus de latas carcomidas, tanto como el pavimento de la villa? No, seguramente, no comprendería que tenía 11 años cuando comenzó a observarla desde su ventana, mientras desayunaba antes de partir a la escuela, y ella desfilaba como una diosa ante él. Sólo que Milena volvía cansada y las más de las veces casi congelada.
Los muchos años a la intemperie sobre esos inmensos tacones comenzaban a provocar los primeros síntomas de una columna dañada. Aunque no se lo preguntaba intuía que los días finales corrían a la misma velocidad que los automóviles que en otros tiempos se frenaban cuando ella les hacía un gesto provocativo. Una época en la que se sentía bella y deseada. Cuando ese cuerpo era apetecido e insinuaba el placer. Cinco, seis por noche. Pero ya no era lo mismo. A veces, uno… y con suerte dos.
Ya no eran tiempos para elegir. De poco servía haber soltado la blusa para ocultar esos rollos sobre las caderas o la capa de maquillaje para borrar las líneas del rostro que difícilmente escondían esos surcos que se hundían en la piel y quedaban impresos en torno a los ojos y la comisura de los labios.
Milena ya era una puta vieja, golpeada por la vida, que esperaba el último aliento antes de empezar a trapear suelos arrodillada como vio desde niña a su madre. La historia volvería a repetirse. Odiaba esa imagen que volvía a su cerebro embotado por antidepresivos y que presenció de niña cuando la llevaba a las casas donde hacía el aseo. A los 8 años uno de los patrones abusó de ella. No lo contó, porque no lo entendió. Sólo vino a tomar conciencia de lo ocurrido años después cuando a los 14 años en la villa fue violada por una pandilla.
Andrés olió el ramito de violetas con el que llegó a esa puerta que por tanto tiempo observó desde la calle antes de extenderlo y sonreírle. Todos los días sus ojos se pegaban al vidrio cuando ella voluptuosa, con esos senos grandes y sostenidos con firmeza por un sostén puntiagudo, avanzaba desde el terminal de buses, y recorría las dos cuadras hacía el pequeño apartamento que alquilaba. Caminaba rauda, erguida y él la seguía con la mirada encaramándose en una silla, hasta que se abría esa puerta blanquecina del edificio del frente en el cuarto piso, sin ascensores, que la obligaban a realizar un último esfuerzo antes de desplomarse en la cama.
Andrés partía al colegio e introducía una de sus manos al bolsillo para sentir mejor la erección en el bus. A esa hora no iba con muchos pasajeros y estando solo en la última fila de asientos se masturbaba pensando en sus piernas torneadas y esos pechos turgentes. Imaginaba su cabeza reposando en esos senos y besándola por todo el cuerpo. Llegaba al límite y volaba al baño del colegio a limpiar su ropa interior antes de entrar a clases.
Milena hizo un movimiento buscando el cenicero que resbaló de sus manos. Andrés se lo pasó ágilmente y sus cuerpos nuevamente se acercaron. Lo atrapó en el aire con la misma rapidez con que sus piernas escalaron ese edificio, la vez que decidió por fin a cumplir con el sueño de estar con ella. Las piernas subieron de a dos y tres escalones. Tuvo que tomar aire antes de voltear la vista y comprobar que no había nadie mirando. Ya tenía 15 años y al fin llegaría ese momento que deseó mil veces en su cama, cuando el rostro de ella se aparecía en esas alegorías oníricas y que dejaban huellas en sus sábanas. Trabajó los domingos en la feria de verduras acarreando carros por propinas hasta reunir el suficiente dinero.
Ella se había sacado ya sus botas de tacones cuando sintió el timbre. Quiso ignorarlo. Un segundo chirrido más largo la llevó abrir la puerta. Andrés con su ramo de flores la miró. Tiritaba por dentro. Milena lo recorrió con la vista y se fijó en su mano con el dinero… Entró a ese lugar que nunca pudo imaginar por más que lo intentó. Varias veces caminó por ese pasillo tratando de adivinar cómo sería en su interior. Milena no le dijo nada. Si no fuera porque en la noche no había ganado un peso, quizás, hasta le habría dado un portazo.
Pero sintió también que ese joven la necesitaba y éste era su trabajo. Rápidamente con sus dedos transformó los billetes en un diminuto rollo que guardó en un oculto bolsillo cosido al elástico del calzón. Movió sus manos para que Andrés fuera al dormitorio. El piso de dos ambientes lo recorrió extasiado con la vista. Desde el cielo una lámpara de tulipanes arrojaba una luz con tres de sus cinco focos quemados. Una mesa redonda al centro y un sofá de cuero negro que su pierna rozó en uno de los brazos que enfrentaba el televisor y sobre él un macetero con flores plásticas rojas y amarillas.
Andrés la volvió a mirar y sus ojos se encendieron cuando ella abrió la blusa y sus brazos se alargaron hacía la espalda buscando el broche para abrir el sostén. Sintió la erección de inmediato y como un autómata introdujo la mano al bolsillo. Lo palpó duro como un riel. Milena se sentó en la cama y sus manos se movieron con aplomo desnudándose. Andrés, embobado, no sabía si mirarla o contemplar ese dormitorio ocupado por una marquesa blanca de dos plazas, y que lo llevó por un instante a pensar que allí tienen que haber dormido otros. La vio de frente con pezones parados que ella había empapado con sus dedos para erizarlos. Si iba a trabajar con este cliente debía hacerlo bien cualquiera fuera su edad. Pegó su espalda al respaldo, abrió sus piernas e invitó a Andrés a montarla.
ndrés, estupefacto, miró esos vellos del pubis que veía en esas revistas porno que tanto lo excitaban. De pronto en su cerebro una llamada lo sacó de su estado crepuscular y sus manos hurgaron en la mochila. Sacó el celular con la canción del viejo trovador español Manzanita, “Ramito de Violetas’’. Haría el amor con Milena escuchando esa melodía, recordando una conversación de su padre con amigos, de que nada mejor que amar a una mujer con música romántica.
Quién te escribía a ti versos dime niña quién era…
quién te mandaba flores, en primavera…
Milena tuvo un minuto de calidez con este niño que quería ser hombre. Pensó que como una trabajadora sexual debía lograr que Andrés se iniciara llevándose la mejor de las experiencias. Lo acarició y él con torpeza cayó a la cama al bajarse los pantalones quedando atrapado en los tobillos, que lo hicieron perder el equilibrio y que provocó que sonriera.
… y cada tarde al volver su esposo cansado del trabajo va y lo mira de reojo…
Andrés no duró mucho. Todo fue muy rápido y ya estaba al lado de ella que le pasó un papel higiénico para que se limpiara. En su mente se veía encimándola para iniciar luego el galope frenético. Fueron minutos… o segundos, como para saber qué había sentido realmente. Pero, estaba feliz. Trató de grabar cada momento en su cerebro que estallaba en imágenes…
…como siempre y sin tarjeta le mandaba un ramito de violetas Milena terminó de soltar su trenza y sus largas uñas estiraron el pelo en el epílogo. Un modo sutil y hasta delicado para que Andrés comprendiera que era el momento de la retirada. Con el “Gitanes” entre sus dedos, confirmó que se había levantado de la cama cuando una de sus piernas palpó las sábanas vacías.
Había cumplido una vez más con ese ritual de ser la primera mujer de muchos que pasaron por su vida. Sintió que si no fuera por trabajadoras sexuales como ella –así le gustaba que le dijeran-, cuántos, quizás, no habrían sabido cómo dar ese paso tan importante en las vidas de todas las personas. Concluyó que pese a todos los prejuicios, su oficio era tan digno como cualquier otro, y se levantó para ir a darse una ducha antes de acostarse.
Andrés miró la hora y se vistió rápido. Era su primera experiencia y debía ir al colegio. Correría a la primera estación del Metro. Miró agradecido a Milena sintiendo que había sido su primer amor.