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El manco

Autora: Sonia Lidia Cervantes Umaña

Fue una mañana durante unas vacaciones. Papá y mamá no estaban, mis hermanos tampoco. Por ser la única mujer de los cuatro hermanos, debía quedarme en la casa y hacer algunos quehaceres. Entonces tenía doce años La casa era pequeña, de madera, tres habitaciones, una detrás de otra, sin puertas y un pasillo que las comunicaba: en lo que podría ser una sala y en el único cuarto, se distribuían tres camas individuales y un ropero viejo y desvencijado, como únicos muebles y después la cocina: la mesa tosca de madera, cuatro bancos más toscos aún, un moledero de madera pegado a la pared, un armario despintado que mostraba los muchos colores con que había sido pintado a través de los años – amarillo, celeste, verde – y un mesa pequeña y rota de madera, con una cocina de carbón en un rincón. No había ventanas en el único dormitorio sin puerta. No había cuadros en las paredes, ni espejos, ningún adorno. La pared que compartíamos con la vecina, estaba tapizada de revistas de colores y periódicos en blanco y negro, como única forma de cubrir las hendijas que formaban los nudos de la madera. Pero había algo de mucho valor en la casa, sobre todo para mamá. Era una máquina de coser, de marca Singer, con pedales. Cuando no se estaba usando, podía guardarse en el mueble de madera y metal y entonces el sobre se convertía en una mesita, donde mamá no permitía que se colocara nada. Para evitar dañar la madera, que brillaba de nueva.

La había comprado en abonos en alguna tienda del pueblo. Era su mayor tesoro. Sin haber recibido ninguna capacitación, comenzó a aprender, sola, a coser. Nos confeccionaba la ropa a los hijos: pantalones cortos para mis hermanos menores, algún vestido para mí y también los vestidos de ella. A partir del momento en que adquirió la máquina, siempre tuvimos “estrenos” para navidad.

Tocaron la puerta, separada de la acera por un pequeño corredor, cuyo portón no tenía cerrojo. Abrí sin temor y ahí estaban: el intendente municipal y un policía joven. Lo reconocí porque todo el pueblo decía……adiós señor intendente…. ¿Cómo está don Melciades? El intendente municipal era algo así como un jefe en el pueblo. Era un puesto importante, – eso decía papá – que en cada campaña política trabajaba por su candidato, buscando precisamente que le dieran el puesto de intendente municipal. Nunca lo logró y entonces hablaba y hablaba y repetía una y otra vez, en la casa, en las esquinas del pueblo donde se reunía en las noches a conversar con los amigos, que había habido “chanchullo” …..que la próxima vez…. que ya verían…..que iba a lograrlo. Por eso papá odiaba a don Melciades. Porque ocupaba el puesto que debió ocupar él.

Preguntó por papá, por mamá, por mis hermanos. Respondí que no estaban, que estaba sola. Entonces los ojos de don Melciades se iluminaron y haciendo un gesto al policía que lo acompañaba, lo hizo pasar y cerró la puerta detrás de él y caminó hacía el interior de la casa.

– Debo llevarme algo de la casa porque su papá tiene una deuda con una tienda donde compró ropa y no ha pagado…… dijo con voz fuerte, mientras observaba todo a su alrededor, buscando algo de valor en medio de la pobreza.

– Esta máquina puede servir. No hay nada más de valor en esta casa … musitó entre dientes y con tono despectivo, mientras movía el mueble hacía la puerta.

El policía parecía asustado, no se movió de donde estaba cuando don Melciades cerró la puerta. Yo comencé a llorar, cubriendo mi cara con las manos, en un rincón para no estorbar al señor intendente, como tratando de no hacerlo enojar.

– No se lleve la máquina, supliqué. Mamá se pondrá muy triste, por favor señor…. Por favor.

El policía dijo algo, con voz suave, como un ruego….

– Don Melciades, no sea grosero, sólo es una chiquita. Mejor nos vamos.

El no respondió. Don Melciades sonreía y continuó moviendo la máquina sobre los rodines hacía el corredor de la casa. Yo me aferraba al mueble, poniéndome al frente para impedir que la sacaran de la casa y se la llevaran.

– Por favor, por favor…. No se la lleve, mi mamá la necesita ……

Por favor, por favor señor…gritaba llorando, aterrorizada. El policía me miró como pidiendo perdón con la mirada y ayudó a mover la máquina e introducirla en un vehículo estacionado frente a la casa.

– ¿Quiere que le devuelva la máquina a su mamá? Preguntó. Yo solo lo miraba, tratando de entender qué me estaba diciendo.

– “vaya a mi oficina al final del día, cuando ya no hay nadie y le devuelvo la máquina de su mamá”. Sabe dónde está mi oficina, me preguntó?. No recuerdo haber respondido.

– Usted quiere que ella la recupere, verdad? Me preguntó. Y sin esperar respuesta, continuó….pues bueno…depende de usted recuperarla y que ella ya no llore más.

Ahí estaba yo al día siguiente, al final del día, mirando fijamente la ventana de la oficina del intendente. Las luces estaban prendidas y podía observar a dos hombres conversando o discutiendo. Uno era él, sin duda. Era pequeño y viejo, con un vientre protuberante. Podía reconocerlo a través de la ventana. Mi corazón se me quería salir del pecho y me costaba respirar. Tenía miedo, pero no sabía de qué. Repasaba las palabras que me había dicho:

– “vaya a mi oficina al final del día, cuando ya no hay nadie y le devuelvo la máquina de su mamá”

Parada ahí en esa esquina, cuando ya el sol se ocultaba y la noche empieza a caer, intentaba adivinar ¿qué me pediría el intendente para devolverme la máquina?.

Tenía mucho miedo y todo mi cuerpo temblaba. El corazón latía muy fuerte y seguido. Tenía un susto en el estómago ……. como un vacío… como una amenaza.

Entonces observé salir a un hombre de la oficina, bajando las gradas que había a un costado del edificio. Sabía que había llegado el momento de entrar, sino el intendente también se iría y no me devolvería la máquina de coser.

Si me la devolvía, si yo pudiera llevarla a la casa esa misma noche….¡Qué sorpresa y qué alegría para mamá ! Sin duda se sentiría muy orgullosa de lo yo que había logrado.

La imagen de mi mamá sonriendo, el orgullo que adivinaba en sus ojos por mi hazaña, fue el último pensamiento que necesitaba para decidirme. Respiré fuerte y di el primer paso para cruzar la calle que me separaba de la oficina del intendente.

Entonces una mano fuerte se posó en mi hombro y me detuvo. Volví a ver quién era y lo reconocí…..era el manco. El amigo de mi papá, el que me decía princesa.

Lo conocí años atrás, cuando me sentaba en los regazos de mi papá en los “pollitos” que había debajo de las palmeras que bordean la línea del tren en Turrialba, donde nacimos y crecimos los cuatro hermanos.

Me gustaba el manco. Era alto, fuerte, con un rostro hermoso, tostado por el sol. Usaba sombrero, botas y un machete al lado derecho del pantalón, en una funda. Montaba un caballo que amarraba a una de las palmeras.

Mostraba con orgullo muchas cicatrices en su cara y en sus brazos y la mayor de ella, el brazo izquierdo cortado por debajo del codo, donde colocaba una especie de protección de cuero al final del muñón.

Pertenecía a una familia de varios hermanos, famosos porque les gustaba pelear a machete – narraba papá – Todos mostraban cicatrices por las muchas peleas que habían tenido.

Yo escuchaba al manco narrar con orgullo a mi papá cuándo y cómo había adquirido cada una de sus cicatrices.

– Era muy valiente el manco, pensaba yo…. No le tiene miedo a nadie, decía papá … era buen hombre el manco. Bueno y valiente…..

– Probablemente había perdido su brazo peleando a machete para defender alguna buena causa, concluía yo en mis pensamientos – Me gustaba el manco, lo miraba con admiración y asombro. Tendría unos 45 años y me parecía muy guapo, a pesar de sus cicatrices y su brazo mutilado.

¡Hola princesa ! … me decía cuando yo llegaba a buscar a mi papá donde sabía que lo encontraría, sentado en los “pollitos” y conversando con algún parroquiano.

Y le afirmaba a papá que yo llegaría a ser una reina, la reina del pueblo, porque yo era una negra linda…. decía.

¿Sabría el manco para dónde iba yo cuando me tomó del hombro al anochecer?. ¿Desde cuándo estaba junto a mí?. ¿Habría escuchado mis pensamientos.?

– ¿Qué haces aquí?…. Me preguntó. ¡Es tarde ! ¿Para dónde vas princesa ?.

No tenía mucho tiempo… el intendente se iba a ir y yo no recuperaría la máquina …

Miraba una y otra vez hacía la oficina con angustia.

Entonces le dije que iría a la oficina de ese señor …. que se había llevado la máquina … que yo podía recuperarla … que mamá lloraba todas las noches … que no tenía plata para pagar la deuda que papá no había pagado … que le daría una gran alegría si se la llevaba esa noche……

repetía atropelladamente, casi llorando, tratando de que él comprendiera la urgencia de que me dejara ir.

Dobló su cuerpo alto y fuerte hasta ponerse a mi altura. Observé su rostro, quemado por el sol, sus cicatrices, su brazo cortado por debajo del codo. Aún así, con el brazo cortado y con el brazo completo, me tomó de los hombros y me dijo:

– Princesa, usted no va a entrar a esa oficina, ese hombre no le va a devolver la máquina. Yo no permitiré que usted vaya, él va a hacerle daño. Me miraba fijo a los ojos y las lágrimas contenidas brotaron sin control.

– Si él le hace algún daño, tendré que matarlo, a machetazos, …. me dijo…. – Había rabia y fuerza en su voz.

– ¿Usted no querrá que yo pierda el único brazo que me queda, me preguntó ? Le dije que no, con un movimiento de cabeza.

– Pero …. ¿y la máquina ? le pregunté.

– Sus papás lo resolverán… me dijo. Usted no tiene que hacer nada. Tiene que volver a la casa. Yo la acompañaré….¡ Vamos princesa !

Por alguna razón, cuando lo miraba a los ojos entre lágrimas, supe que él decía la verdad y sentí un alivio en el corazón. Dándome un ligero empujón por la espalda, me impulsó a caminar. Yo iba adelante y él me seguía unos 20 metros atrás. Yo, cada tanto, volvía a ver para comprobar que me seguía y me sentía segura al observar su figura a pocos metros, que se recortaba en la penumbra de la noche. Cada vez que volvía a verlo, centraba mi atención en el brazo cortado debajo del codo y el machete al lado derecho de su pantalón, en su funda. Cuando llegamos a la esquina de mi casa, cuando sólo faltaban 50 metros para llegar, me volví y lo miré por un rato, que me pareció muy largo. Supe que él sabía que había dejado de llorar y que estaba segura.

Entonces me volví y corrí y corrí, hacía mi familia, hacía mi casa, la casa de donde el intendente se llevó la máquina, donde me pidió que fuera a su oficina y me la devolvería.

Nunca supe si el manco le habló algo a papá de su encuentro conmigo. Papá nunca me dijo nada. La máquina…..no se cómo, pero mamá la recuperó algún tiempo después.

Al manco lo seguí viendo por algunos años más, sentado en los “pollitos”, debajo de las palmeras que bordean la línea del tren.

– Adiós princesa …. Me decía.

Yo le sonreía y le decía adiós con la mano y aunque pasaban los años, me parecía que continuaba siendo guapo. Siempre tenía el machete en la funda, al lado derecho del pantalón. Y hasta la última vez que lo vi, tenía intacto su brazo derecho.

Aún hoy, varias décadas después, tengo clara en mi memoria la figura de aquel hombre y aún a mi pesar….como una pesadilla……..también la del intendente municipal.

Cierre de la obra