La libreta
Autora: María Marta Retana Meléndez
¿Y dónde está la libreta? – le pregunté a mi mamá, que muy firmemente me contestó – ¡Ay, es que si yo voy y la encuentro no le va ni regular!
Entonces, ante esas palabras, presurosa busqué y rebusqué, abrí gavetas, registré armarios y hasta debajo de las camas me asomé. Le pregunté a mis hermanas si ellas la habían cambiado de lugar y por eso no aparecía, hasta que ya con mi esperanza perdida, la encontré escondida en una gaveta, entre los individuales que usábamos para comer. Era delgadita, color verde y tenía aún muchas hojas en blanco; en las ya escritas podíamos leer: una piña de pan, mantequilla, frijoles, azúcar, huevos, y muchas otras cosas que probablemente se habían agotado, de las compras quincenales que mis papás realizaban en el Mercado Borbón y en los Estancos del Consejo Nacional de Producción (CNP). Sí, esta maravillosa libreta, era nuestro modo de comprar fiado en la pulpería del pueblo.
Con la lista en mano, de lo que debía comprar, me enviaron a la “Pulpería de Vincho”. En realidad, su nombre oficial era Pulpería El Recreo, pero nos era más sencillo decir “vaya donde Vincho”. A pesar de mis reclamos, porque yo había ido la última vez y ahora era el turno de alguna de mis hermanas, al escuchar un “porque lo digo yo”, otra de las frases preferidas de mi mamá, bastaba para dirigirme resignada a donde Vincho, eso sí, no sin antes hacer la última consulta – ¿y me puedo comprar algo? – ¡Nooo!, fue la respuesta de mi mamá.
Al salir de mi casa, pude ver con gran tristeza, a mis hermanas y a mis vecinas Nuria y Mary jugando rayuela y mecate; una razón más para que a mis nueve años, yo considerara la gran pérdida de tiempo, que significaba ser la mandadera. ¿Qué era lo importante en ese momento, las compras o que yo participara de esos juegos?, pues la respuesta era obvia, que yo demostrara mis cualidades brincando mecate. Así que tenía que apurarme para integrarme a este grupo lo antes posible. Vincho, dueño, administrador y dependiente de El Recreo, me recibió con un
– ¿qué quiere chola? – frase típica de él. Me gustaba cuando él me atendía, siempre me cayó muy bien. Me llamaba la atención su pelo rizado, y un colocho le caía de forma natural en la frente, me hacía muchísima gracia. Siempre estaba alegre y le hacía bromas a las personas. Su hermano Daniel, que también atendía la pulpería, era más serio que Vincho y a mí me daba un poquito de temor, por lo tanto, prefería esperar mi turno con este simpático señor. Una vez que pedí lo que necesitaba, tenía que presentar la libreta. Empecé a buscarla y fue cuando me percaté de que la había olvidado, por lo que Vincho al ver mi cara de decepción, me pidió que regresara a traerla.
La pulpería quedaba aproximadamente a seiscientos metros de mi casa, y aunque yo era una chiquilla llena de vitalidad y energía, el tener que ir y volver no dejaba de significar un gran esfuerzo, sumado al tiempo que iba a perder, para poder participar de los divertidos juegos que me estaban esperando en la calle. Con estos contratiempos, era posible que al llegar mis hermanas y mis vecinas estuvieran cansadas y no quisieran jugar más, ¡Ay no!, sería el colmo de la mala suerte, y todo por haber olvidado la libreta, o ¿será que en el camino la perdí?, eso sí sería mi perdición. Pero eso no era lo peor, el susto se daba al volver sin las compras y acusarme de haber olvidado tan importante herramienta de negocios: la libreta. Después de escuchar la retahíla entre la que sobresalía “no deja perdida la cabeza porque la tiene pegada”, regresé a la pulpería, ahora si con la libreta bien agarradita, maquinando en mi cabeza cómo comprar alguna golosina, que creía merecer por tanto contratiempo, sin embargo, debía pensar la forma de que mis papás no se dieran cuenta de este pecadillo que estaba a punto de cometer.
Entre las delicias que quería pedir para darme un gustito, estaban los helados de cajita que ya traían su paleta para comerlos de una vez, así no se dejaba evidencia, también podía comprar marcianitos, esos deliciosos confites que se derretían en la boca, pero lo que más y más y más quería, era un chocolate Jockey, eran tan grandes…, con un empaque que yo guardaría por lo lindo que se veía y de un sabor exquisito, eso sí era un verdadero placer que a lo mejor me podía permitir. El precio, aunque era alto, no importaba porque lo iba a anotar en la libreta, así que no había problema.
Sin embargo, había un inconveniente, y era cómo decirle a Vincho que me lo incluyera en la libreta, camuflada, de manera que a la hora de revisarla no se notara, o bien, que me lo insertara dentro del precio, por ejemplo, del azúcar, y así no dejar evidencia de la compra. El problema era que el avispado pulpero, no se iba a prestar para este engaño y además estaba muy apegado a las reglas del mandamás de mi casa: nada que no viniera en la lista de compras, era permitido. Sabía que me iba a preguntar ¿tiene permiso cholito?, y mi audacia no daba para tanto, así que desistí de comprar alguno de esos merecidos manjares. Me tendría que conformar, con la feria que me daría por la compra. Bueno, si era una melcocha La Estrella, valdría la pena, porque además de que eran muy ricas, podía ganarme otra, si la etiqueta que venía en la melcocha, traía la leyenda de premiada. En fin, si ese día Vincho no estaba dadivoso, corría el riesgo de que la feria fuera un confite de mora envuelto en un papel de pan, nada especial para mi refinado paladar.
En la libreta, el pulpero anotó cuidadosamente las compras de ese día:
1 onza de Café Dorado, 25 céntimos 1 libra de azúcar, 55 céntimos Achiote,10 céntimos 1 libra de manteca, 50 céntimos 5 viscotelas, 25 céntimos Jalea, 25 céntimos 1 chocolate Jockey (en mi imaginación) Ya con los artículos en bolsa, la feria del confite de mora y la libreta debidamente resguardada, llegaba a mi casa, cansada no solo físicamente, sino mentalmente de tanto pensar cómo hacerme un regalito en la pulpería y no haber logrado mi cometido. Antes que nada, la libreta debía guardarse en su lugar: la segunda gaveta del trinchante que está en el comedor. Ahí se protegía, esa era, digamos, su caja fuerte.
Y es que la libreta debía de custodiarse como un tesoro. ¿Qué pasaba si se perdía?, no había un duplicado, era única, irremplazable. La memoria RAM de ese entonces, era la cabeza, y no daba para recordar todas las compras que se hacían casi todos los días. Así que pensar en que se podía perder, no era permitido.
Y ahora sí, llegó el fin de mes, momento de ir a cancelar lo adeudado en la libreta. Mi papá, un hombre muy responsable y proveedor nato cuando se trataba de su familia, era comerciante, agente viajero se denominaba. Por su trabajo, hacía largas giras a todos los cantones de Guanacaste y a la Zona Sur: Golfito, Pérez Zeledón y otros pueblos que quedaban en ruta. Estas giras lo mantenían fuera de la casa, por lo menos dos semanas. Así, que además de las compras que realizaba en demasía para suplir esos días que no iba a estar en el hogar, hacía hincapié antes de marcharse, en que la libreta era única y exclusivamente para compras de emergencia, con ella se compraba lo que hacía falta, sin despilfarrar en artículos no necesarios o bien, que podían esperar. La consigna para el uso de la libreta, era “ES PARA EMERGENCIAS”, no había más que alegar.
Por lo tanto, antes de ir a pagar lo adeudado, la libreta se revisaba minuciosamente, se hacían las cuentas a mano, se sumaba una y otra vez, y por último para verificar que los números fueran los correctos, mi papá conectaba al tomacorriente una enorme calculadora que guardaba con gran cuidado. ¡Ay por Dios!, que en esa revisión no aparezca ningún producto que no estaba autorizado, porque si eso pasaba, encontrar a la culpable era difícil, ya que no quedaba consignado cuál de las hermanitas Retana, había efectuado la dudosa compra, y el discurso de reprimenda iba parejo para todas. Recordemos, la libreta “ERA SOLO PARA EMERGENCIAS”.