Adiós Madre Casa
Autor: Manuel Guillermo Morales Navarro
Son la cinco de la mañana, es el amanecer del último día del mes junio del 2024, desde de la acera del frente, yo Ángel Bueno, miro con ojos de amor y el corazón triste, mi hermosa casa. La casita de mi vida, de mi familia. Cincuenta años de bellos sueños, de risas abiertas, de juegos cambiantes, de bienvenidas y despedidas, de múltiples emociones y recuerdos mágicos. Hoy es el final, el definitivo momento de cortar lazos, de despedirme, del adiós a la Madre Casa, casita, de carita blanca, ventanas como ojos negros, techo de pelito rojo, jardín que se asemeja a un collar de flores multicolores y rejas que son como brazos abiertos. Empiezo a caminar hacía los dulces y amorosos brazos que extiende la Madre Casa. Cada paso que doy es porque la amo, porque es un acto realizado desde mis veinte años, porque caminar hacía la Madre Casa fue siempre la mejor respuesta a mi vida, a mi existencia. Mientras cruzo la calle, los primeros rayos del sol acarician mi rostro, escucho el canto de los pájaros, los sonidos del viento y el latido del corazón. Siento alegría y tristeza. Advierto tensión por las huellas emocionales dejadas con el paso de la Madre Casa en mi vida. Son regalos eternos, imposibles de borrar. Estoy llegando al encuentro. Ahora “Ella” me invita a “abrazarla”, no sé qué decir, o pensar, si alzar mi voz, evocar recuerdos, escuchar o hacer el más profundo silencio. Bendigo este momento de cercanía y respeto mutuo que a nuestra historia arropa. Al abrir el portón, abro mi corazón para que toda la felicidad y agradecimiento entre y pueda sentir el alma pura de la Madre Casa. Portón de hierro enflorado, cómplice, testigo fiel de innumerables entradas, salidas y conversaciones “autorizadas” y “prohibidas”. Ingreso, ahora estoy en el jardín, bello y paciente acompañante, de coloridas flores que semejan un collar, respiro su exquisita fragancia y parece que el mundo es perfecto.
Despierta en mi nostalgia de la buena. Siempre encontramos en ti, esplendoroso jardín, la paz, la calma, la inspiración, la reflexión, como si te habitara un ángel del cielo. Envolviste por años nuestra amada Madre Casa y por ello, clamo a Dios para que te conserves por siempre. Quedo frente a la puerta principal que está cerrada, tiembla mi mano que se aferra a la llave que abrirá la puerta a tu alma. Madre Casa, abriré tu iluminado interior, escuchando la hermosa canción de bienvenida que entonaste durante estos felices cincuenta años. Ya en el vestíbulo, punto de encuentro y despedida de innumerables personas buenas, siento la comodidad de tus espacios, la privacidad de tus rincones, la luz natural y exquisita de tu ser interior. Resalta el lugar donde estuvo el viejo espejo que cientos de bellas imágenes reflejo, luego contemplo el cielorraso artesonado de madera de pino que no se cansó de mirarnos desde las alturas, obsequiándonos elegancia, encanto, protección, finalmente toco las firmes paredes de ladrillo rojo que te sostienen, dando un estilo único del gran compañero que fuiste del vestíbulo. Al continuar este último encuentro, desde el pasillo principal, Amada Madre Casa, compruebo una vez más que tu interior es un mundo de amor, un santuario donde germina la vida del hogar, y se consolida la familia. Observo en la sala, el comedor, la cocina y las habitaciones, la luz que disipo el miedo, la paz que nos llenó de tranquilidad, la verdad que ilumino nuestros corazones ante la mentira. Por un instante, al pasar a la terraza, miro a mi derecha, en la pared cuelga el único objeto que permanece en la casa, el antiguo reloj, que indica que son las ocho treinta de la mañana. Reloj principesco del tiempo, que tantas veces nos evocó lo efímero del ritmo de la vida. Esto me recuerda que, a la una de la tarde, vendrán los nuevos propietarios y que poco antes hare junto con mi familia, una ceremonia, del Adiós, de agradecimiento y bendición a la Madre Casa. Esta terraza, un lugar acogedor, culminante, donde la luz abraza, el aire sosiega, donde se fraguaron y celebraron los más tiernos encuentros, escenario de bailes, música, tertulias, reuniones y miles de aprendizajes que cimentaron nuestra bella familia. La terraza, mi lugar preferido y el corazón de nuestra amada Madre Casa. De pronto huelo a café, a libros, a imaginación, ideas, papeles, escritorio, pizarras y pantallas, es mi oficina que se alza serena, calma, al fondo de la Madre Casa. La recordare por siempre como mi mundo del quehacer, mi aula abierta, donde hice lo que más amo, educarme, reducarme y facilitar el aprender a otros. Siempre aquí, me sentí libre de consumir mi tiempo y talento. Ahora, escucho dulces cantos de aves que entonan bellas melodías de profundas inocencias y alegrías. Me encuentro en el precioso patio de la Madre Casa. Nunca lo vi, ni sentí que llorara de pesares. Amigo inseparable del sol, la lluvia, el viento, el día, la noche y de nuestros viajes frecuentes para respirar el destino. Estuvo rodeado de bellas plantas y flores de mágicos colores, de figuras prehispánicas referentes a la familia extensional que invitan a la inclusión de todos y todas. Desde el patio diviso la amplia cochera, con su piso desgastado, las paredes recién pintadas de blanco hueso y un caudal de historias maravillosas. La cochera, protectora, confidente, lista para amparar nuestros vehículos. Espacio de despegue y regreso de cientos de viajes que nos hicieron vibrar y disfrutar la vida. Me dispongo a subir por las gradas exteriores a la azotea. Gradas que simbolizan ascender a un espacio de liberación que la Madre Casa nos obsequió para llenarnos de confianza, equilibrio y estabilidad. Desde la azotea el paisaje es esplendoroso, vasto, bello, como lo son los más hermosos sueños. Se divisa buena parte del valle central, la cuidad de San José y los innumerables pueblitos que adornan las montañas como un maravilloso portal de navidad. Hoy el cielo resplandece y fluye una ligera briza aromada que canta una bella melodía de amor y despedida. Madre Casa, naciste en un lugar pleno de paz, entre dos apacibles ríos, bosques guardianes de tu belleza, pequeñas lomas, delicadas calles y gente de bien. Ahora comprendo más porque hemos sido tan felices. Madre porque apaciguaste nuestra dura faena, imprimiste esperanza, respecto, alegría y la capacidad de amar y perdonar. Madre Casa gracias, gracias, gracias. De pronto, escucho un timbre sonar, unas voces exclamar ‘papá Ángel, abranos por favor, observo mi aparato celular, las doce medio día, son mis hijas, hijo y esposa que vienen a la ceremonia del Adiós. Rápidamente bajo por las gradas y me dirijo a la puerta principal. Ahí están, puntuales como siempre. Surge un rio de emociones de felicidad y gratitud que sellamos con besos y abrazos en medio del vestíbulo, en medio del alma de nuestra amada Madre Casa. Mientras nos desplazamos hacía la terraza, la Madre Casa parece decirme Ángel Bueno, las despedidas son parte de la vida y un buen recordatorio de que el tiempo compartido fue valioso, esta será una ceremonia para celebrar lo vivido y el inicio de algo nuevo y emocionante. Iniciamos la ceremonia, de pie, formados en circulo, tomados de las manos, mirándonos de frente, en un ambiente donde danzan las emociones. Mi esposa Paccia, inicia con una bella oración de agradecimiento a Dios y a la Madre Casa, por el maravillo tiempo que nos regaló, por la ternura incondicional que nos demostró, por haber ayudado a transformar nuestras vidas, nuestros seres en aprendizajes significativos y valiosos. Ahora nos dirigimos al interior de la Madre Casa, y cada persona elegirá su espacio preferido y reflexionará sobre el mismo. Alba, nuestra primera hija, se dirige a la que fue su habitación, repasando divertidas experiencias que llenaron de luz su infancia y adolescencia. Señala en una de las paredes del closet, un mensaje de despedida que escribió cuando tenía diez ocho años, poco antes de partir a su ceremonia nupcial, en el subraya lo relevante de enfrentar y aceptar la vida con alegría y optimismo. Luego Zoe, la segunda hija, nos invita al pasillo principal, mientras expresa con vitalidad, lo que fueron en este espacio, sus muchos momentos de alegrías, secretos, vivencias y cruces de sueños, especialmente con sus hermanas y hermano que le dejaron profundas huellas para emprender su vida. Toma la palabra Ebba, la tercera hija, dirigiéndose hacía la sala, detallando los innumerables recuerdos de niña y joven, sobre todo, la sala como el espacio, acogedor, cálido, con sus bellas lámparas que iluminaron como estrellas cientos de noches en calma familiar y abrazaron muchos pretendientes. Un lugar donde crecieron con fuerza y delicadeza nuestros corazones. Las lágrimas surgen denotando las dulces emociones de Ebba. Gael, el cuarto hijo, se ubica en la sala comedor, suspira y toma aire, para rememorar con gran generosidad, el encanto, la inspiración y la calidez de este lugar. La sala comedora, donde fueron protagonistas deliciosos alimentos, que inspiraron el mutuo amor de ser parte de esta familia. Finalmente, Nadia, nuestra quinta y hermosa hija, la niña de la gran esperanza, nos lleva a su sitio preferido, su habitación, agradeciendo a la Madre Casa, la fuerza vital que nos imprimió para despertar todos los días con ganas de vivir, seguir adelante con determinación y lograr los objetivos esenciales de la vida. Como has escuchado y sentido Madre Casa, te amamos y siempre lo haremos, usaremos los sueños y el amor infinito que nos diste, para traerte en lo profundo de nuestros corazones. Ahora debemos despedirnos, ya suena mi móvil, con la llamada de los nuevos habitantes, son la una de tarde. Sabemos que son lindas personas que se han enamorado de ti, te amaran y renovaran. Un último abrazo amada Madre Casa, llegó el momento de decirte Adiós.