A la deriva en Cabo Blanco
Autor: Jorge Enrique Chaves Villalobos
Octubre de 1964, Estoy sentado en el corredor del negocio de Miguel Durán y Berta Baltodano, junto a unas quince personas, poco más o menos, vecinos de Manzanillo de Arío y pueblitos cercanos, que esperan abordar la vieja lancha con rumbo a Puntarenas, Una brisa constante sopla desde el mar hacía la tierra, no es fuerte, pero los más viejos saben que se trata de un viento del norte y eso les preocupa.
Tenía pocos meses de trabajar como maestro en un pequeño pueblito llamado Bajos de Arío, y tuve que viajar a Puntarenas por encargo de la Junta de Educación del lugar. Para comprar unos materiales que se necesitaban para la construcción de un pozo en la escuela.
Amaneció oscuro, a eso de las cinco de la mañana, Ricardo, el hijo menor de la familia Agüero, la que me hospeda en su casa, llegó con dos bestias para llevarme a Manzanillo, donde me embarcaría rumbo al Puerto.
Hace un poco de frío, pero el zarpe está pronto y en la lancha podré tomar café con pinto.
No me equivoco a las siete de la mañana empieza la operación de traslado de pasajeros a la lancha. Se utiliza igual protocolo que con los animales y la carga. Nos quitamos los zapatos, nos arrollamos los ruedos del pantalón, caminamos unos cuantos metros con el agua a la rodilla y llegamos hasta donde está el bote. Los marineros nos ayudan a subir, mejor dicho, los pasajeros nos tomamos del borde del bote y los marineros terminan de echarnos dentro del mismo. Las mujeres son más afortunadas algunas son llevadas a caballito por los marineros para que no se mojen los pies ni el ruedo de sus vestidos y junto con los niños son alzados o llevados sobre los hombros. Con todos los pasajeros a bordo, el bote, impulsado por los remos que mueven cuatro robustos marineros se dirige rumbo a la lancha que se encuentra a unos cien metros de la playa, Una vez sobre la cubierta del Don Bosco, me dirijo a la proa y observo el horizonte. El sol va asomándose de manera intermitente sobre una línea cargada de nubes oscuras que no presagian nada bueno. Una bandada de pelícanos se desplaza casi a ras del agua en busca de su sustento diario. Vuelan en una impecable fila india que ninguno abandona a no ser para dejar su posición en la vanguardia e inmediatamente ubicarse en el último lugar de la retaguardia. De pronto el que ocupa la punta asciende de manera vertiginosa, los demás le siguen sin romper la formación, y luego, plegando sus grandes alas, entran todos en picada y desaparecen en las aguas del mar, para reaparecer segundos después entre un espumarajo sobre la superficie del mar, sacudiendo su largo pico y engullendo los peces capturados, Admiro estos animales, son magníficas aves, disciplinadas, talentosas, conocedoras del magnetismo terrestre, con una visión fantástica, preparadas y equipadas para volar grandes distancias sin motor y sin otro instrumento de navegación que las estrellas. Venerados por los antiguos egipcios como conductores de las almas en su paso al más allá.
El capitán de turno emerge de una de las dos bodegas del Bosco, no se su nombre, pero sí su apodo. Le dicen Fincho, es un hombre moreno, curtido por el sol y el agua de mar. Cara redonda y morena, pelo lacio y profundamente negro como una mala noche, sus ojos sin embargo son azules y cuando alguien le pregunta de donde los sacó, responde poéticamente: ‘’de tanto mirar el mar’’.
Mientras se dirige a la cabina de mando saluda con un ¿Qué tal, como le ha ido? a los que estamos sentados en la banca lateral de estribor, o sea el lado derecho de la embarcación, cuando pasa frente a mí se detiene y me tiende la mano.
¿Qué tal maestro, a pasear al puerto? Y desaparece en el interior de su cabina. Su deferente saludo sirve para que mi ego se agrande. Fincho hace sonar fuerte y repetidamente una sonora campana, es la orden de zarpar. Esa campana y el número de toques es la forma de comunicación entre el capitán y el maquinista de la nave.
Dos marineros recogen el ancla y el motor diésel estornuda fuertemente, vomita grandes bocanadas de humo, el Bosco se estremece de proa a popa y de babor a estribor, las élices de su propela revuelven las aguas del mar y de pronto el motor se empareja y la lancha comienza a navegar a poca velocidad. Pasan dos o tres minutos y se escuchan tres toques de campana, entonces el maquinista obedece la orden de su capitán y acelera a media máquina. El Bosco avanza más rápido cinco minutos después se escuchan otra vez la campana, esta vez son cuatro toques y la lancha acelera una vez más hasta alcanzar su velocidad crucero. La llovizna se ha convertido en aguacero, el cielo se ha oscurecido y allá por el Cabo Blanco está tronando. En los rostros de los más viejos se nota preocupación, ellos no están ajenos a que estamos navegando en mar abierto, que no es lo mismo que navegar protegido de los vientos por las islas y las costas del Golfo de Nicoya.
Hace apenas cuarenta minutos que salimos de Manzanillo y el mar comienza a blanquear producto del viento que se ha encargado de encresparlo. El Bosco comienza a balancearse primero rítmicamente hacía babor y luego a estribor, luego se convierte en un en un balanceo muy brusco, peligroso según los entendidos, porque la lancha puede volcarse y naufragar. Fincho, el capitán moreno, empacado, curtido por mil viajes y otras tantas tempestades, cambia el rumbo haciendo que la embarcación ya no se balancee hacía sus costados, sino que ahora topa las olas de frente y comienza a moverse cabeceando según la jerga de los viejos lobos de mar, Yo voy sentado en la cubierta detrás de la cabina del capitán y la tapa de la primera bodega (El Don Bosco cuenta con dos, una es la que acabo de referir, la otra separada de esta un metro y medio hacía la popa) Esa posición en la que voy me protege del salpique de las olas. El aguacero arrecia, el viento también, ya no se divisa el Peñón ni la costa de Santa Teresa ni la del Carmen, tampoco puedo divisar Mal País, todo está oculto tras una inmensa y densa cortina de bruma, que en realidad no es neblina, sino el descomunal aguacero y el fuerte viento que se han extendido por todo el mar. Los marineros proceden a bajar las cortinas de lona porque la gente se está mojando y el agua está entrando en la embarcación cada vez que la lancha cabecea, movimiento que conforme va pasando el tiempo se torna más violento.
Algunos niños y sus madres empiezan a llorar y otras a rezar, Fincho se ve obligado a dejar el timón, lo entrega a otro marinero y procede a calmar los ánimos explicando que si bien hay mal tiempo no hay peligro de naufragio, que nos estamos acercando al Cabo Blanco y que ya después de haberlo superado el tiempo mejorará, “No tengan miedo, si hubiera peligro yo no hubiera salido de Manzanillo, tengan calma yo sé lo que estoy haciendo, carajo’’ pero no logra convencer a las mujeres, ni a mí. Después de escuchar la palabra naufragio estoy verdaderamente asustado. Para empeorar las cosas comienza a relampaguear y a tronar. En medio de la congoja me acuerdo de Luisa González con sus truénganos y cusingas.
El Bosco sigue navegando entre una espesa cortina de lluvia y grandes olas que se empeñan en no dejarlo avanzar, pero ya estamos a la altura del Cabo, así lo evidencia un islote que medio se divisa a estribor, tal vez a unos doscientos metros de donde nos ubicamos. Ignorante del peligro en que me encuentro, divisar el islote me serena un poco, de aquí en adelante la tormenta disminuirá según aseguró Fincho.
Todavía llueve torrencialmente y la maldita rayería no termina, de pronto no se escucha el ruido del motor de la lancha y la campana vuelve a entrar en acción, esta vez no sé cuántos toques o repiques, lo que sé es que algo grave está pasando, porque Fincho y otros marineros corren presurosos y entran en la bodega donde se ubica la casa de máquinas.
Se apagó el motor me dice en voz baja uno de los pasajeros, como para no alarmar a los demás y sin pensarlo dos veces se abalanza sobre uno de los costados de la lancha y aparta una de las cortinas, para ver la ubicación de la nave. El viento se encarga de que la lluvia penetre al interior empapándonos de pies a cabeza y el hombre exclama: “estamos cerquititica del islote si no salimos de aquí, encallamos y nos lleva puta’’. Entro en pánico como ya lo habían hecho las mujeres y los niños, pero de pronto se oye el motor, arranca, pero unos segundos después se vuelve a detener. Me arrimo al pasajero que ha estado informando, es un hombre alto y seco con una barba mal cuidada y con ropa sencilla que se ve muy usada. No parece ser una persona instruida o conocedora de las artes del mar, pero me atrevo a preguntarle: ¿Y qué nos puede pasar si encallamos? “Pues que las olas y las rocas pueden despedazar la lancha y ahí mismo nos ahogamos todos, porque, así como tienen poder para romper la madera imagínese que puede hacer con nosotros’’. Otra vez se oye el motor, pero otra vez vuelve a enmudecer.
Así van transcurre el tiempo, no sé cuánto tiempo ha pasado, los minutos parecen horas, la madera del viejo Bosco se estremece con fuerza y parece que no va a resistir el embate del oleaje. Escucho traquear la madera de la embarcación, los traquidos son como los quejidos del Bosco avisando que ya no puede resistir más, las olas invaden la cubierta y los pasajeros gritan alarmados. Alguien desde el otro costado de la lancha grita con voz fuerte: “Tenemos el islote encima, o arrancan ese puta motor o aquí quedamos para que coman los tiburones’’. No hay chalecos salvavidas a bordo y el bote que remolcaba la lancha para el transbordo de pasajeros y para una emergencia, la última esperanza de salvación, se desprendió durante la tormenta y ahora es solo un montón de astillas que se revuelven en el espumarajo de las olas.
El mismo miedo que me invade me obliga a comprobar las cosas, me voy a un costado de la lancha y levanto la cortina de lona, la lluvia me da de lleno en la cara, el viento me arrebata la cortina y me golpea en los ojos. De pronto quedo a ciegas. Recupero la visión a medias, aparto de nuevo la cortina y ante mis ojos se presente el mismito infierno, un infierno inédito, un infierno de agua salada que se revuelca furioso entre las rocas amarillas y rojas del islote. Siento las piernas temblorosas, apenas si me sostienen.
Fincho sale rápidamente de la bodega pasa a mi lado y me grita:
– Maestro apártese de ahí, ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué un tumbo de agua lo tire al mar? No sea bruto.
La regañada de Fincho me hace volver al lugar en donde estaba, ahora sí tomo en serio lo que está pasando, tengo mucho miedo, estoy empapado, y por mi mente pasan una serie de recuerdos, mis padres, hermanos y hermanas, mi novia que hoy en la mañana dejé en Bajos de Arío.
La idea de morir ahogado me recorre todo el cuerpo como una descarga eléctrica, como un aviso de que la muerte está a mi lado. Morir ahogado, no, ese no puede ser el final de mi existencia, siempre he querido apartar esa idea de mi pensamiento porque me traumatiza y ahora, paradójicamente, el destino me pone frente a frente con la muerte menos deseada. Los ojos empiezan a dolerme y entonces los cierro con fuerza y me viene a la imaginación lo que me espera. Por más que trato no puedo evitarlo, me veo nadando desesperadamente en aquel torbellino de aguas embravecidas, que me pasan por encima y me mueven a su antojo, sigo luchando por mantenerme a flote, pero poco a poco me voy quedando sin fuerzas y empiezo a hundirme lentamente en las aguas del Cabo. Conozco muy bien esas aguas, ¿Cuántas veces he estado pescando en ellas?, sé que están llenas de tiburones, desesperadamente vuelvo a ver hacía un lado y hacía el otro para comprobar que no vengan los tiburones, pero no alcanzo a ver muy lejos, todo se ha vuelto azul y todo está en calma, no hay tormenta, no hay olas, pareciera que me muevo en un mundo de paz color azul, no hay duda, me estoy hundiendo en la profundidad del Océano Pacífico, siento el agua entrando por mi boca y por mis fosas nasales, trato de respirar y no puedo, siento un fuerte dolor agudo sobre mi pecho, me desespero, no quiero morir ahogado, trato de nadar hacía la superficie pero mis brazos y mis piernas permanecen inertes e inmóviles. Ahora entiendo, me estoy asfixiando. Mis oídos comienzan a zumbar como si un montón de abejas estuvieran dentro de ellos, siento un terrible dolor de cabeza y el agua sigue entrando y llega hasta mis pulmones, tengo la sensación de que una enorme fuerza me comprime todo el cuerpo, pierdo mi deseo de sobrevivir, sé que estoy empeñado en una lucha desigual e inútil: he muerto, lo sé porque ya nada me duele y todo se ha tornado oscuro como la noche.
El Bosco da un bandazo a estribor haciéndome rodar por la cubierta y me saca de la horrible pesadilla que tenía, me doy cuenta que estoy vivo, pero en peligro de muerte, entonces vuelvo a la realidad y comienzo a rezar el Padre Nuestro, única oración que me sé completa, e inevitablemente las lágrimas comienzan a bajar por mis mejillas. Nadie se da cuenta si son lágrimas o gotas de lluvia lo que corre por mi cara, solo yo lo sé, porque siento su tibieza.
Otra vez se escucha el motor, de nuevo arranca con fuerza, de pronto baja su intensidad y todos esperamos lo peor, pero el ritmo se fortalece, ahora se empareja y se escuchan los cuatro toques de campana que ordenan navegar a toda máquina. El viejo timón, apoyado por la fuerza del motor, logra que la lancha realice un viraje de ciento ochenta grados y poco a poco comenzamos a alejarnos del islote del Cabo Blanco. La tormenta persiste, pero todos aplaudimos y las mujeres dan gracias a Dios La tempestad nos sigue azotando, pero conforme avanzamos el cielo disminuye su llanto y el mar su terrible fiereza. Una hora rumbo noreste y poco a poco aparece por babor el Bajo del Arbolito y la Bahía de Tambor flanqueada por sus dos cocodrilos, el cielo ya no es negro y la lluvia se ha convertido en un aguacero normal.
El cielo es ahora azul y el sol brilla esplendoroso. Fincho ha entregado el mando a su segundo y charla animadamente con los pasajeros.