El confesionario
Autor: Hugo Alvarado Gutiérrez
All is fair in love and war.
(Todo vale en el amor y la guerra).
Anónimo.
Las penitentes, muchas con velos blancos y negros, algunas con el hábito carmelita y otras con los ojos entreabiertos viendo al San Vicente del Altar Mayor, hacían fila en las bancas cerca del confesionario del templo parroquial.
Como todos los primeros viernes del mes Maribel, trigueña de anchas caderas, tobillos redondeados, sonrisa bobalicona y unas pestañas que abanicaban los destellos de su mirada sensual, acudiría a las tres de la tarde en busca del perdón. El padre Varela, sudoroso y malhumorado, era también puntual a la cita. Anciano célibe y medio sordo, había que hablarle duro y vocalizando, sobre todo en las confesiones que, según su apreciación, solo él escuchaba.
Pero al igual que sus feligreses simulaba desconocer la causa de aquella aglomeración femenina cuya intención atribuía a la purificación de las almas de su feligresía por la clemencia divina. Lo cierto era que la confesión de Maribel se había convertido en un informativo de insinuaciones e infidelidades con detalles de nombres, lugares y hasta de posiciones, que sin desenfado describía al padre Varela.
Se escuchaban despelotes en el cafetal, en las bodegas de la talabartería de los Castro, o en los secanos de achiote, por las pozas del Virilla o en los potreros aledaños a la Calle de la Carreta o la de Guayabal “¡Ay Dios mío!” Se le escapó a más de una y al padre se le cayó el birrete cuando el famoso Palenque, galerón adosado al templo parroquial donde se hacían los turnos, fue testigo de un arrebato promiscuo de Rómulo el sacristán, según le relató Maribel.
La voz de Maribel se acrecentaba con el silencio de las pecadoras, quienes interrumpían sus rezos mientras esperaban para confesarse, cediéndole campo en la banca más cercana al Confesionario. Ninguna quería perderse los detalles libidinosos de aquella arrepentida confesa, que cada mes reciclaba sus aventuras que complacían sueños fantasiosos y libertades sexuales prohibidas por la represión ancestral de sus clientes.
Cuando no escuchaban bien lo que se ventilaba en la caja de resonancia donde se destapaba el lenocinio pueblerino, se preguntaban entre ellas: “¿Dijo Mauro o Mario?” “¿De cuál José habló?”
En fin, ¿quién necesitaba una radionovela cuando se tienen las confesiones periódicas de Maribel en la iglesia?
Solo que el espectáculo de chismes y traiciones se desbordó como agua de alcantarilla rota salpicando a culpables e inocentes, hasta el punto de que muchos de los atribulados vecinos se estremecían si se topaban a Maribel y de acera se pasaban. Las voces y las recriminaciones familiares recrudecieron, algunas con fundamento, la mayoría engordadas por la imaginación, los rumores y el resquemor.
Sin embargo, los más atrevidos, ahora con el morboso atractivo del peligro, siguieron buscando a la seductora trigueña, aprovechándose de la duda de alcahuetas que afirmaban que sus revelaciones eran falsas.
Por lo que el deterioro de los matrimonios siguió, algunos noviazgos se deshicieron y hasta unos casamientos se cancelaron, pues en las confidencias se develaban detalles íntimos que garantizaban su veracidad.
Otoniel, viejo solterón de mostacho blanco teñido de amarillo por fumar puro y mascar tabaco, decidió romper el ruido de las tacadas de las bolas de marfil entre los jugadores y espectadores del Billar de los Ferllini, una tarde de mayo.
“A esto de Maribel, hay que buscarle remedio”, dijo en voz alta para que todos le escucharan. Él tenía autoridad para iniciar el debate por su vejez avanzada y forzada castidad por lo que aún no había sido mencionado en la lista de cogidos por Maribel. Y es que, aunque las aventuras habían sido tiempo atrás, ella en sus confesiones las actualizaba, algunos insinuaban que era por desquitarse con los que le habían quedado debiendo algo por el servicio amatorio.
Los vecinos más desacreditados hasta en una barbaridad habían pensado: quemarle la casa que alquilaba, ahogarla en el Virilla, empujarla al despeñadero cercano al Puente Negro… en fin. Pero ninguno, por más que fanfarroneara, se atrevería a tan deleznable acción; por eso, como de un mesías cayó el comentario de Pachico Murillo, excombatiente de la Revolución del 48 y formado en la Academia Militar en tiempos del dictador Tinoco: “A mí me enseñaron que al enemigo hay que atacarlo con sus mismas armas y se me ha ocurrido que lo que le falta a Maribel es enamorarse de un buen hombre para que se sosiegue y deje de andar bajándose los calzones”.
A todos los expectantes parroquianos les pareció, pero la inevitable pregunta surgió alrededor de las mesas de panas verdes. “¿A quién le encomendarían la ejecución de la gesta para salvar la vilipendiada reputación pueblerina?”
Silencio fue la respuesta, el cortante silbido del viento pasando por la celosía quebrada del frente del garito lo alargó… De pronto detrás de la nube de humo de cigarrillos y las exhalaciones silbantes entre dientes faltantes y gargantas enrojecidas, se oyó a Facafá decir:
“Si me ayudan, yo les hago la vuelta”.
Facafá, sin padre conocido, era un joven taciturno que algunos tildaban de loco, pues le gustaba raparse el pelo a la usanza de los que estaban internados en el Psiquiátrico Chapuí, sin embargo, conocía de muchos oficios y era muy apacible.
Su ofrecimiento fue unánimemente aceptado, estaba soltero y su audacia rozando la temeridad era reconocida por la comunidad, pues hasta acostumbraba ir a dormir al plácido cementerio municipal en las calurosas noches del verano.
Superando su analfabetismo con la destreza de sus manos y la fuerza de su musculoso torso, se especializaba en podar cipreses, poros y árboles enfermos de gran altura sin más arnés que un mecate arrollado a su cintura.
La estrategia del plan se empezó a fraguar. Lo primero era conseguirle trabajo estable a Facafá. Don Julián Rodríguez, accedió a colaborar, algo temía, y ofreció contratarle como guarda en el Beneficio de su propiedad.
Además, Facafá, mejor dicho, Emilio Solano su nombre de pila, viviría en la amplia caseta a la entrada del complejo donde se procesaba el grano del café, con cocina y espacio para un camón, y la persuasión de Maribel se completaría con otros ardides de seducción sugeridos aquella tarde de complot. Emilio se dejó crecer el cabello, remozó su porte gracias a la ropa nueva y a la fragancia del Old Spice que compró y lo predecible pasó, Maribel no solo se redimió, sino que genuinamente se enamoró de un afortunado Emilio, que ahora tenía trabajo fijo. El día que se ennoviaron Emilio hasta un chal y una buena cartera le regaló; los fines de semana se iban de paseo a los parques de la cercana capital y almorzaban en las sodas del Mercado Central y en ese periodo cesaron las confesiones de Maribel. Al cabo de medio año hubo revuelo cuando se casaron, las campanas sonaron en Viento Fresco, todos – castos, infieles y alcahuetas – contribuyeron con regalos, el Palenque se llenó de vivas y el guaro de contrabando corrió en la celebración.
“Los Bolaños” aunque no tuvieron hijos, – Maribel era estéril – al tiempo se fueron a vivir a una finquita que Emilio compró en las llanuras de San Carlos.
Desde entonces, la paz a los hogares regresó, volvieron los noviazgos y más familias se formaron, el padre Varela descansó de tanta confesión, pues el perdón ennobleció a un pueblo lleno de humanidad, sin héroes ni próceres, pero con más niños. “Un milagro del patrono San Vicente Ferrer”, argumentaba el cura mientras que los asiduos del Billar sabían que sin las artes de la guerra combinadas con las del amor, otro hubiera sido el desenlace de aquella conmoción.
Esta historia se veló por varios años en las penumbras del imaginario colectivo, hasta que mi abuelo, medio tragueado en una noche lluviosa, me la narró finalizándola como si de un cuento de hadas se tratara:
“Así que gracias a loco y a la puta del pueblo todos vivimos por siempre felices”.