El panóptico celestial
Autora: Ana Lorena Hidalgo Solís
“Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas.” Van Gogh
– Pase, pase, mijita. Vea que lindo.
Así nos recibió una señora gruesa y sonriente, embutida en su horno personal de telas grises y sombrero-novicia-rebelde.
– Aquí está la capillita. ¿Qué linda, ¿verdad? Venimos todos los días para la misa.
Continuó, orgullosa, mientras nos enseñaba las aulas y demás instalaciones.
Desde que se abrió la puerta y hasta que salimos mi piel se fue erizando y los escalofríos se paseaban por mi cuerpo. No era miedo. Era desagrado. Un malestar se apoderó de mi por razones que aún no puedo explicar.
– ¡Yo no quiero estar aquí!
Casi grité desde el fondo de mi ser, firmemente agarrada de la mano de mi hermano Francisco, con un convencimiento poco usual en una niña de 5 años. Andábamos buscando una escuela que me aceptara sin tener la edad. No sé de dónde ni por qué, pero estaba segura que en una escuela como esa, más parecida a una iglesia, yo no quería estar ni un minuto. Tal vez un trauma de vidas pasadas.
No sé ustedes, pero mi relación con Dios – o, talvez deba decir, con la religión – ha sido siempre complicada. A esta relación coadyuvaron diferentes eventos de mi infancia.
Mi primera comunión fue particular. Una tía era maestra de religión en una escuela de varones, la Juan Rudín. Ahí me preparé y desfilé bendita entre todos los chiquillos.
Me motivó en esa ocasión la promesa de los premios: las uvas y manzanas que nos darían al final. Con el vestido me peleé desde el principio. Logré que fuera corto, no minifalda, pero sí por encima de la rodilla. Tampoco duró mucho. La vida del vestido fue corta porque los tafetanes, hilos y telas picaban en paleta. Así que, una vez engullidas las uvas, manzanas y queques, salí corriendo a quitármelo. No sé si rompí alguna ilusión de verme desfilar por casas de familiares y vecinos recogiendo moneditas, pero ese vestido era sencillamente ¡insoportable!
Para agregar a la situación, la esperada hostia – alrededor de la cual giraban muchas expectativas – no sabía a nada y se me pegó en el cielo de la boca. Acongojada no sabía cómo atender esa emergencia sin violentar su gracia bendita pues – cómo es sabido – no se debe tocar, menos morder. Era complejo el equilibrio entre esas angustias terrenales y la primera vivencia directa con la divinidad.
Perdura de esa ocasión una foto que para nada deja entrever estas vicisitudes. Por el contrario, prevalece una mirada angelical y unos colochos ajenos a mi natural pelo lacio. Ese look me costó lágrimas, muchas horas enchufada en rulos de papel aluminio y la exposición a una sustancia capaz de drogar a cualquiera. Y, todo ello, en medio de los regaños y jalonazos de pelo de la tía Ana.
No se vaya a creer que mi familia era lo que se podría denominar atea. Oficialmente se declaraba católica. Recuerdo que en una ventana había una pegatina que decía, más o menos, “en esta casa somos católicos, no insista”. Resabio de la lucha infructuosa contra lo que entonces se percibían como sectas peligrosas y amenazas a Roma.
Sin embargo, en mi familia, tanto la religión como la política, se vivían desde la individualidad. Eran espacios de ejercicio del libre albedrío y las decisiones personales se respetaban tal cuales.
Pese a ello, a veces, ese código no escrito ni verbalizado se rompía por la irrupción de alguna poderosa fuerza externa. Por ejemplo, cuando los domingos, mi amiga Carmen (en ese momento no muy querida amiga) gritaba desde la acera: “Lorena, vamos a misa”.
Mi mamá se recordaba entonces que era día de ritual. No sé si movida por alguna culpa extraña, el qué-dirán o – simplemente
– para deshacerse de mí un rato – ¡me mandaba a misa!
Las grandes bóvedas de la iglesia de la Santísima Trinidad en Barrió México me resultaban lúgubres, más aún si una tenía que ponerse un velo que picaba y agregaba oscuridad a lo ya oscuro. Todo para ir a escuchar a un señor que hablaba de espaldas y que nadie sabía lo que decía, aunque todos fingían comprender lo que estaba pasando con devota atención. No entendía cómo se hablaba en la iglesia de un libro sagrado, de donde derivaban todos los saberes santos y normas de conducta, pero nadie lo conocía. Nadie lo tenía. Nadie lo leía. Seguro por eso, cuando tenía 11 años y pude vivir un tiempo con una familia adventista norteamericana, me pareció más transparente y más real esa religión pues ellos sí leían la Biblia. La entendían y comentaban. Los rituales parecían inteligibles, cobraban sentido. (No tenía idea entonces de la existencia de un señor Lutero y de su revolución.) Las cavilaciones infantiles sobre esas incongruencias, contradicciones y oscuridades fueron parte de mis debates internos. Pese a mis resistencias, suficiente exposición he de haber tenido, con todo y todo, cuando compruebo que, en automático, durante sepelios y otras ocasiones sociales de corte religioso, una voz interna repite casi sin equivocación los rezos, misterios, letanías y demás. Un inconsciente colectivo aprendido de manera imperceptible, indolora, casi por osmosis cultural, de la misma manera como he ido constatando que se aprenden los patrones de género y de raza.
Los periodos de confesión fueron también estelares en esta convivencia. Me debatía entre no saber si era culpable de alguno de los pecados contenidos en el inventario oficial (de muchos ni siquiera conocía su significado) o si, ante su ausencia, debía inventarlos para que el tiempo del cura cobrara sentido. Tampoco tenía claro si, por el contrario, era la peor pecadora del mundo por aquello de que se pecaba por pensamiento, palabra, obra u omisión. O, sea, cualquier cosa que una hiciera desde el momento que abría los ojos en la mañana era potencial pecado. (Freud agregaría que los sueños tampoco son tan inofensivos como aparentan.) Desde mi perspectiva de entonces por cualquier lado podía una resbalarse. Era terreno minado la vida.
La culpa y los miedos sembrados en la tierna conciencia no eran poca cosa, sobre todo cuando la mente infantil no había abandonado aún el pensamiento concreto. Esa imagen de la gente cocinándose en el fuego eterno, sin tregua, por siempre jamás, había que tomársela en serio.
Poco ayudaba ese cajón oscuro, de duras maderas, donde una entraba para decir sus verdades y recibir sentencia. No sabía con exactitud quién estaba detrás de esa ventanita con picaporte que se abría y se cerraba. Tampoco si la persona que estaba allí la estaba mirando a una con ojos inquisidores para escrutar e identificar posibles mentiras o, bien, si leía un libro para no aburrirse. Lo que sí recuerdo, pero sobre todo siento, es ese ambiente, esa puesta en escena, destinada a crear misterio y generar miedos.
Un poco más adelante supe que existían recursos mediante los cuales una podía eludir las calurosas consecuencias del pecado. Por ejemplo, aquello de quien peca y reza empata me resultaba una estrategia curiosa, pragmática y muy democrática. Aunque creo que abonó más a mi percepción de la inmensa hipocresía y mentira en la cual parecían vivir muchos de los que acudían a las iglesias. También me resultaron asombrosas, casi mágicas, esas puertas por donde una podía pasar en algunas pocas ocasiones especiales y se borraban todos los pecados. Se empezaba de cero.
Ni las travesuras infantiles empezaban nunca de cero, siempre había un poco de desconfianza y sospecha que se iba acumulando sobre la declarada inocencia. Definitivamente había que encontrarle la comba al palo en esto del binomio pecado- perdón. La sobrevivencia al fuego eterno tenía su maña.
En otro orden debo mencionar que la omnipresencia de Dios me resultaba, cuanto menos, incómoda. ¿Es que ni siquiera debajo de mis cobijas podía tener privacidad? ¿Es que los ojos de Dios atravesaban todo tipo de paredes, distancias y materiales? ¿Es que no podía tener al menos un pensamiento chirrisquitico sin que él se diera cuenta?
Ese panóptico celestial me perturbaba. Esa sensación de vigilancia continua, inescapable, me hacía dar vueltas y vueltas en la cama. Tenia que existir alguna vía de escape.
Hubo también algunas cosas divertidas en esta relación.
Recuerdo una semana santa cuando mi tía Mary me llevó a una procesión en la catedral metropolitana. No era una procesión cualquiera. Era una carrera por las calles aledañas. Me explicaron que las vírgenes corrían, una tras otra, como jugando escondido, hasta encontrarse. Me causó risa ver unas estatuas de señoras, pesadas a juzgar por la cara de quienes las cargaban, correr por las calles y a un montón de gente de todas las edades y presentaciones corriendo tras ellas como güilas desbocados. Mi risa se desvaneció cuando nos acercamos al santo sepulcro, ese que aún está en la catedral. Todavía hoy me da miedo ese cristo, de color gris-morado, traslúcido, anoréxico e inasible en su tristeza. Acostado en su gran caja de cristal y oro, lujos que parecían servirle poco para atenuar su pena.
De la navidad me encantaban los villancicos. Fue también esa navidad en Estados Unidos la que más me gustó pues toda la iglesia, especialmente las niñas y los niños, salíamos a repartir regalos a las familias que lo necesitaban mientras cantábamos villancicos. De alguna manera percibía que esta práctica era más cercana a las prédicas cristianas, una forma de vivir las creencias más allá de solo rezar que era lo que me parecía pasaba en la iglesia católica. También me gustaban los rezos del niño. El rompope, las acemitas, los bizcochos eran un placer después de los misterios gozosos. Premio suficiente para decidirse a acudir. Eran un plus después de la navidad.
Pasó el tiempo y otro acontecimiento sumó a la cuenta negativa. Tenía un tío llamado Jesús, distinguido señor a quien como muestra de clase le gustaba la ópera y coleccionaba discos que escuchaba en su tocadiscos de época. Era y murió siendo un solterón empedernido, de incuestionados valores católicos, y que tenía una novia a quien mandaba traer a su casa los sábados. Presumo que para que lo acompañara a rezar. Especulaciones éstas pues hasta allí no llega mi conocimiento.
El tío Jesús iba a misa, daba limosna, guardaba los días y no comía carne los viernes santos. Pero, de poco le sirvió toda esta devoción cuando quiso el diablo hacer de las suyas en la familia. Una prima adolescente quedó embarazada y fue el caos. Mi tío, cual patriarca auto ungido, la expulsó de la familia y la pobre terminó en casa de mi hermana mayor sufriendo la vergüenza y el castigo. Injusto y doloroso me pareció porque mi prima me caía muy bien y no entendía cómo se podía causar tanto daño a alguien de la propia familia en nombre de Dios.
La verdad sea dicha: Dios no me caía muy bien, la aritmética no le favorecía.
No obstante, más mal me caían los representantes que hablaban en su nombre. Debo decir que, en este caso, mi intuición no me falló pues, años después, conocí lo que pasaba detrás de algunos púlpitos, conventos y seminarios. ¡Cuánto dolor, cuánto sufrimiento, en las casas de Dios!
Este conocimiento lo adquirí muchos años después cuando ya me había declarado oficialmente atea militante. Retrospectivamente, creo que fue una rebelión no planeada frente al Dios-establishment, el Dios-temor-de-Dios, el Dios-panóptico.
Probablemente porque ya pasaron las edades con sus necesidades específicas: la infancia de los miedos, la adolescencia de la diferenciación y la joven adultez de la reafirmación, puedo tomar distancia reflexiva sin preocuparme por la censura ni la autocensura. Sobre todo, cuando eso que llaman Dios puede renombrarse, reconceptualizarse y pasar a ser madre-naturaleza, energía, …
Lo que creo y no creo hoy día, es asunto en proceso. Pero, de lo que no tengo duda, es del sentimiento de profundo asombro que me embarga cada vez que contemplo la perfección del diseño de una orquídea, los plácidos, aunque también a veces furiosos, colores de un atardecer o la majestuosidad de un tigre de bengala en cuya carrera se aprecia la coordinación perfecta de su musculatura. ¡La magia de la vida! ¡El asombro continuo! NAYURIBE.