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Relato de Experiencias

Una petición inusual

Autora: Adriana Boccalon Acosta

Hijos míos que me regaló la vida, les pedí que vinieran a verme para compartir con ustedes unas ideas que tengo en mente. Quiero organizar una celebración que no tiene fecha, por ahora. Claro que los pequeños detalles quedarán a juicio de ustedes, una vez que llegue el momento. ¡Eso lo dejo en sus manos! Pero, por ahora, sí quiero contarles cómo deseo que sea mi fiesta de despedida…

—Madre, ¿una fiesta de despedida de qué…?, ¿se puede saber de qué estás hablando?, ¿vas a viajar sin boleto de regreso?, ¿te vas a internar en un claustro religioso?, ¿o será que vas a aceptar la propuesta de matrimonio de ese japonés amigo tuyo que está loco de remate?, porque si no es nada de eso, entonces ¿qué clase de locura estás inventando ahora? —saltó JC cortándome la inspiración.

No me extrañó la inmediata reacción de mi hijo mayor, pues entre su empeño por ser siempre mi fiel protector y el ángel guardián de su única hermana, su manera de ser tan apasionada y siempre impaciente, y esa chifladura que suele endosarle a casi todas las decisiones que he tomado en mi vida, ¡esa reacción era de esperar!

Y, aunque su chorro de preguntas tuvo alguna respuesta, esta no pasó de ser un tremendo ataque de risa al que, irremediablemente, él también se unió para formar un trío risueño y festivo. Ese relajar de mandíbulas resultó ideal para desvanecer un poquito el aire de seriedad que marcó el inicio de la conversación con este par de amados hijos míos.

—Ok, ahora vamos a ponernos serios porque así lo amerita esta conversación. Para comenzar les aseguro que no me voy a meter a monja, ni pienso internarme en un sanatorio. Tampoco me va a dar por casarme con mi amigo japonés. ¿Qué si voy a hacer un viaje?, pues precisamente de eso se trata, aunque no tengo idea de la fecha, como ya les dije. En ese sentido, reconozco mi ignorancia. Pero, como ya veo que si le damos charla libre a este asunto no vamos a terminar hoy, si es que algún día nos ponemos de acuerdo, les pido entonces que me escuchen atentamente con los ojos cerrados, y la boca cerrada también, imaginando que están leyendo esta carta que ahorita mismo les voy a escribir:

Queridos hijos míos:

… ¿Alguna vez se han preguntado cómo me gustaría que celebren mi partida, ese último adiós, mi despedida de este plano terrenal? ¡Ya imagino sus caras! Por supuesto que los entiendo; sin embargo, creo que es justo tanto para mí como para ustedes contarles cómo me he imaginado esa celebración. Sí, porque quiero que sea una celebración, una fiesta, unas risas, un abrazo, un brindis, un jolgorio…

¿Acaso no le damos la bienvenida a la vida? Cuando ustedes nacieron fue todo un acontecimiento lleno de bendiciones, alegría, flores y regalos. ¿Acaso no soplamos las velitas en cada cumpleaños?, ¿acaso no vestimos de fiesta en cada aniversario o bailamos el vals de los 15 años y de las bodas? Imagínense, hijos míos, que ahora a la gente le ha dado hasta por festejar los divorcios. ¡Es que todo es una fiesta!

Entonces, si la vida nos ha dado tantas razones para celebrar, desde las limitaciones y los tropiezos que terminan enseñándonos a convertir debilidades en fortalezas y a vencer los obstáculos que nos impone esta existencia, hasta toda meta alcanzada y todo afortunado acontecimiento, yo me pregunto ¿por qué no planear una celebración para cerrar con broche de oro la etapa final de este tránsito terrenal?

Sé que mi partida los pondrá muy tristes, tristísimos, pero les prometo que, si toman en consideración mis deseos, por más locos, absurdos y fuera de lugar que ahorita mismo les parezcan, esa temida despedida no solo va a resultar menos dolorosa, sino hasta divertida. Además, si no soy yo quien les dice cómo me gustaría que organizaran mi fiestecita de despedida, nadie lo hará por mí. ¿Recuerdan cuando se fue el Nono? Ustedes estaban muy pequeños, pero sé que lo piensan con amor. Los últimos años del abuelito fueron muy dolorosos, no solo para nosotros sus dolientes, sino para él mismo que se sabía ya tan limitado. A escondidas, lloraba su impotencia. ¡No había modo de darle consuelo! Ustedes no saben cuántas veces le pedí a Papá Dios que se lo llevara para que no sufriera más. No entendía el porqué de esos años de padecimiento, aunque más tarde supe que en la vida no hay que preguntar cuál es el por qué, sino cuál es el para qué, supongo.

Cuando ya sus órganos gritaban su renuncia, cuando ya pulmones, hígado, riñones y corazón se declararon en huelga definitiva, aquella humanidad noble y llena de valores entró en estado de coma. Yo, en lo más recóndito de mi ser, descontaba las horas, los minutos, los segundos, mientras repartía las tareas de rigor entre mis tres hermanos. Hice lo que mejor se me ocurrió. El tío Mikel fue por el sacerdote para que le diera la extremaunción, el tío Luis Alberto permaneció a la par del viejito mientras el tío Claudio y yo nos ocupábamos de los arreglos de rigor en la funeraria.

Ese mismo día, comenzando la tarde, cuando estuvimos de nuevo todos juntos en el hospital, el médico de cabecera nos dijo que había llegado el momento. Previendo el desenlace, yo le había pedido a la doctora de la UCI que devolviera al viejito a su habitación para estar todos junto a él en sus últimos momentos. Y esa fue la mejor idea, hijos míos, pues contando al abuelito hicimos un círculo cerrado tomándonos de las manos para bordear su lecho de muerte. Así, todos calladitos y, por supuesto, con lágrimas en los ojos, lo despedimos en silencio animándolo a alzar vuelo.

Cómo lo hicieron mis hermanos, no lo sé. Yo sí les puedo decir que en esos minutos sagrados le agradecí a mi padre por haber estado en nuestras vidas, por todas sus enseñanzas, por mostrarnos el valor de la existencia, de la educación, de la amistad, del alimento, de la naturaleza, del techo, del dinero, de la familia, del amor… Yo le dije: viejito, vete en paz, alza el vuelo satisfecho por todos los buenos ejemplos que nos dejaste en herencia. ¡Nunca te vamos a defraudar!

Hijos míos, ustedes se preguntarán qué tiene que ver todo esto que les cuento con mi fiesta de despedida, pero ya entenderán…

Y es que después de ese espontáneo ritual para acompañar al Nono en sus últimos momentos, acepté que, en efecto, la muerte es lo más natural que podemos esperar después de haber puesto un pie en esta tierra. Entonces, ¿por qué no prepararnos para ese adiós?, ¿por qué dejar a otros todo el peso de tan inevitable trance?, ¿por qué no decir cómo nos gustaría despedirnos? Claro que los planes siempre están sujetos a cambio ¡siéntanse libres de hacerlos convenientemente! pero nunca está de sobra expresar los deseos, ¿cierto?… Todo esto me hace recordar, y agradecer infinitamente, que años más tarde también tuve la dicha de acompañar a la abuela a morir. Estuve solísima con ella durante su última etapa y hasta su último suspiro. Y digo ´dicha´ porque me siento privilegiada de haber podido escoltar a los abuelitos, en paz, a transitar lo que para cada uno de ellos representó su adiós al mundo terrenal.

Podría apostar que la abuela habría elegido vivir hasta los 100 años o quién sabe si hasta decretar su inmortalidad solo para alejar la muerte o evitarla para siempre. ¡Y es que le tenía tanto pánico! Pero ella sospechaba que no llegaría al centenario y que aquello de ser inmortal era solo una quimera. No se pueden imaginar lo que me costó ayudarla a morir, darle fuerzas para que emprendiera el vuelo con la certeza de haber hecho una gran obra en este plano. Tuve que construir dentro de mí una fuerza que, en aquel momento, yo aún no tenía. La abuela siempre le pedía a Papa Dios que, llegado el momento, se la llevara de un infarto fulminante para restarle oportunidad a las penurias que suelen anteceder al desenlace final.

Obviamente, no estaba en mis manos cumplirle estos deseos; sin embargo, sí pude complacerla en un par de peticiones que inteligentemente pudo hacerme en vida.

La primera fue que mandara a cremar su cuerpo porque si se me ocurría enterrarla, me jalaría los pies en la noche. Y, por aquello, dije: mejor pido cremación y me ahorro el riesgo de morir de un susto. Y la segunda petición fue medianamente satisfecha, digamos, pues mi madre siempre expresó el deseo de exhumar el cuerpo del abuelo para guardar sus cenizas y, llegado el momento, que nosotros nos encargáramos de juntarlas con las de ella. Pero, lo más cercano a su designio fue esparcir sus restos mortales sobre la tumba de mi padre, cuyo cuerpo nunca se exhumó.

¡Ya sé lo que están pensado! Me los imagino gritándome: ¡Mamá, basta ya, por favor…! Pero, les cuento que este solo ha sido el preámbulo, pues ahora es que voy a entrar en materia, dando por sentado que ya saben a qué clase de fiesta de despedida me refiero, ¿cierto? Quiero que me celebren la muerte terrenal tal como yo les he enseñado a celebrar la vida; sin más llanto que el necesario y con toda la gratitud por lo vivido.

Les prometo que no me voy a poner ni muy exquisita ni muy exigente, pues eso sería mucha desconsideración y un tremendo abuso de mi parte, ¿cierto, hijos míos? Entiendo que todos los arreglos de última hora dependerán de aspectos que pueden escapar de sus manos o son, como mínimo, impredecibles.

Sin embargo, una condición sine qua non es que vistan de colores, no quiero luto. Entiendo lo del duelo ¡no soy insensible! pero quiero ver caras alegres celebrando mi trascendencia espiritual, no llorando mi muerte corporal. Por eso quiero que haya muchas más risas que llanto.

Les propongo que armen el sarao mientras mi cuerpo espera campo en el crematorio, que inviten solo a la gente que me quiso y tiene cuentos o anécdotas sobre travesuras que compartimos en la infancia, la adolescencia, la juventud o hasta donde sea que la vida me haya llevado, o vivencias comunes que nos permitieron ir fortaleciendo la caja de herramientas para afrontar tanto lo bueno como lo menos amable de la vida. ¡A los criticones y curiosos no los quiero allí!

Y, como todo jolgorio amerita un brindis, se me ocurre que un buen vino tinto, mi bebida espirituosa favorita, sería bienvenido. ¡Ojalá puedan tener algunas botellitas a mano! Si se ven muy enredados, los amigos que se encarguen de la bebida; sé que lo harán con gusto. Importantísimo es que no olviden ni las copas, ni el sacacorchos. Tampoco se descuiden con los pasabocas porque no quiero que mi fiesta de despedida se convierta en un mero bar abierto…

Como ambiente musical ya se imaginarán que quiero trova. ¡Ni se les ocurra ponerme un reguetón! Quiero canciones con letras sublimes. Quiero a Joan Manuel Serrat cantando sus poemas o la trova de Facundo Cabral y Alberto Cortez, o Pablo Milanés, o la lírica de El Arrebato que, aunque es mucho más actual, parece un alma vieja en un cuerpo joven. En fin, ya ustedes me conocen… Hijos míos, no sé si será mucho pedir, pero me haría muy feliz que pudieran prometerme que, sea cuando sea que me toque partir, se secarán las lágrimas para que puedan imaginarme comenzando a andar el camino de la trascendencia sin mochila al hombro, ligerita y libre, y con la sonrisa extendida que define a esta digna andariega. A mi edad estoy segura de haber vivido la mitad de la vida, como mínimo, pues competir con Matusalén está muy lejos de mis pretensiones o deseos.

Me iré contenta porque con todos sus altos y sus bajos, sus alegrías y tristezas, sus derrotas y sus victorias, sus risas y sus llantos, la vida y yo nos hemos entendido muy bien. Y, porque, aunque la muerte sea un tema de conversación tabú y nadie se haya atrevido a agregarla como materia de estudio en las escuelas, tengo muy presente que el boleto que me trajo a este plano terrenal, venía con retorno asegurado.

¡No hay manera de entrarle a la vida sin el pase de vuelta…!

Cierre de la obra