Un día soleado
Autor: Eduardo Navarro Abarca
En un día soleado me dispuse a caminar por ahí y aprovechar la bondad del mes. Con el ánimo entre el límite de la lágrima y la sonrisa. Confuso sin saber si me dolía recordar o me hinchaba de paz y felicidad. Mis pensamientos estaban en los allases de mi corazón, en los rincones de mi memoria, columpiándose en las fibras de mi corazón; recuerdos de días felices, de momentos inolvidables con caritas hermosas, sonrientes, amorosas y felices. Satisfechas de su seguridad, con rasgos de sueño despierto y haciendo planes para el momento después. Siendo niños no se vive con miedo, ni a mucha distancia del tiempo. Nuestra mente no se aleja mucho del “ya” y menos siente miedo del “después” porque no lo piensa; menos lo prioriza.
Esos pensamientos saltaban de un sonido de carcajadas, chistes, bolinchas chocando y jugando libremente entre ellas lanzadas por una mano despreocupada y alegre a una expresión de amor y cariño para quienes se los proveían. Días hermosos de lecturas interminables en voz alta para interiorizarlas y sacarlas luego satisfechos de conocimientos adquiridos y hechos propios. Campanitas llamando ángeles de protección y ruidos de trastes, vajillas y cubiertos que llaman a la mesa. Mesa a la cual se dirigen con jolgorio por lo que significa y representa. Mañanas, tardes y noches de conversación a las que seguirán ruidos de juegos de mesa, música y canciones hasta que Morfeo los abrace con cariño y los lleve a camitas limpias, tibias, con olor a sueño, más sueños perfumados con oraciones de agradecimiento al Hado por terminar con bien y con medallas de oro un día feliz, que esperan se repita al día siguiente cuando una voz cariñosa les distraiga del sueño y los haga seguir soñando pero ahora… despiertos para llenar otro día de sonidos maravillosos que se pegan a las paredes, a las cortinas que bailan al son del viento y se mesen en los rayos de luz que entran raudos por las ventanas; felices de que hay vida que les da vida y se les paga con cobijo y paz. A distancia y en dirección contraria viene y me golpea una visión. Esos recuerdos de esas caritas se aproximan a mi y dudaba fueran por el tiempo, la distancia y las circunstancias que nos separan ahora. Mi corazón saltó de emoción, miedo y alegría en un confuso coctel de sentimientos. Apresuro el paso para aligerar el encuentro y esgrimo palabras en mi mente buscando qué decir en cuanto estén frente a mí. De repente su paso aminoró y súbitamente cambiaron de dirección, una dirección que los alejaba rápidamente de mí me apresuré aún más para no perderlos, pero el miedo a que mi impulso fuera muy agresivo y les produjera temor por la conducta de un desconocido, que se les abalanzaba, fuera la causa de su reacción, aminoré el paso poco a poco y su visión se fue perdiendo en la multitud y el tránsito hasta perderlos totalmente.
Quedé paralizado de pena, por mi actitud y acción. Pensé volverme loco y que esto fuera evidente. Busqué miradas de extrañeza en las gentes que caminaban a mi vera apresurados y vi que nadie notó mi impulso, tal vez, por la prisa de todos y de todos sus pensamientos que al igual que yo, se te tiran desordenadamente, caóticos, te distraen y te hacen ver lo que tu alma desea ver, lo que tu corazón anhela y no lo que tus ojos perciben.
Aminoré el paso casi hasta el mareo, mis pensamientos cambiaron a otros; a la duda, al miedo, a la pena que rayaba en el dolor. Eran esas personitas las que bailaban y sonreían hacía muy poco en mi mente y en nuestra casa, sólo unos pasos atrás. Eran esas caritas que me hicieron levitar por calles y aceras hasta que me hicieron olvidar el riesgo de cruzarlas, avenidas y aceras sin percatarme del peligro. Eran? No podían ser! No podían ser las mismas; me decía y repetía una y otra vez como un loco. Esas mismas almas que me apretujaban en un sillón de uno y lo hacían de tres, haciendo que la física por del amor no valiera nada. No podían ser las mismas que otrora me llenaban los oídos de “te quieros” de “Dónde estás y para dónde vas” preocupados de perderme de sus vistas y acabar así con su seguridad y tranquilidad que mi presencia les daba. Simplemente no podían ser. Mi corazón y alma, hasta mi razón de humano se negaba a creer que fueran. Me inundó un miedo enorme de olvidar, de estar perdiendo sus recuerdos, de perder sus imágenes y me culpé y aterró creer que tal vez nunca fue y que todo eso habría sido un sueño, una fantasía de enajenado mental necesitado de ser, de estar y permanecer por siempre en la memoria y corazón de otros. Para no llorar, me dispuse a creer que fue un espejismo generado por las ganas de tenerlos cerca. Comprimí mi pecho, retuve el poco aire como para ahogar mi duda y continué mi camino; ya en una dirección diferente: a mi casa.
Lentamente el tiempo fue dejando su prisa casi hasta detener el reloj, el sonido de mis pasos se tornó quedos, el ruido de la calle opacó el de mi mente y alma cuando poco a poco se acercó a mí mi casa. El ruido del portón al abrirlo violó el silencio que reinaba dentro en el cual me sumergí para no salir más; un silencio sólo interrumpido por el miedo y la tristeza, además de la caída de la “monedita de la suerte” que hice sonar en una cajita de metal dispuesta a eso y que junté de la acera, olvidada, no vista por un sin casa o por una falta de necesidad, costumbre que recordaba de unas manitas que me las daba para que por sí mismas se multiplicaran y ya no me ocupara de eso: un buen augurio puesto ahí, tal vez, por un ángel que descuidadamente llamé al abrir la puerta al hacer sonar la campanita de la entrada avisando que ya llegué.
Me sumergí en ese silencio y me dispuse a soñar y a implorar que todo fuese una visión que emergió de mis entrañas para hacer brotar las lágrimas que habrían de regar mis sueños y hacerlos convertir en esperanza. Me recosté en mi cama y soñé con un día soleado en el que me dispongo caminar al encuentro de esas caritas, que un día me hicieron feliz y hoy casi no las recuerdo.