No todo es lo que parece
Autora: Ana Lorena Hidalgo Solís
Nada se parece tanto a la ingenuidad como el atrevimiento.
Oscar Wilde Medía aproximadamente 11,5 x 20 centímetros y su extensión no sobrepasaba las 125 páginas. Estaba forrado con un papel bond rosado para travestir sus misterios.
Era libro de texto de los estudiantes de quinto año en el curso de ética cristiana. Nosotras, en tercero entonces, habíamos conseguido una copia gracias a un profesor amigo y alcahuete. Ese día las lecciones parecían especialmente largas, aburridas, interminables. Nuestra mente, en otra parte, expectante, era incapaz de concentrarse. La imaginación inquieta, ansiosa, no podía esperar para sumergirse en las promesas que se atisbaban en sus páginas.
Sonó el timbre del almuerzo. Caminandito-corriendito, el libro bajo el sándwich, buscamos la esquina más alejada del campo de fútbol. Confirmamos que nadie estaba cerca y lo abrimos. Letra pequeña. Páginas y páginas de texto. Ninguna ilustración, dibujo o fotografía. Lo acostumbrado en esa época.
Empezaba con anatomía. Aquello nos resultó tan extraño como desarmar un motor de gasolina. Partes grandes, pequeñas, de formas desconocidas. Mecanismos que subían y bajaban, que se calentaban y enfriaban o que se activaban gracias a la acción de propulsores invisibles que corren por la sangre y el sistema nervioso. La demanda sobre la imaginación era mucha para unas chicas que nunca habían visto su cuerpo desnudo ante un espejo, tanto por la inexistencia de ese tipo de reflector de imágenes en las casas como por el hecho de que la exploración de los propios cuerpos no se recomendaba. Ni qué decir de otros cuerpos. A razón de traer al papel aquello que leíamos, ¡quién sabe cuáles raras criaturas habríamos dibujado!
Sin volvernos a ver y sin dejar traslucir nuestra mutua perplejidad, seguimos adelante. Pero la cosa se complicó cuando dejamos los prolegómenos y llegamos a la mera-mera pregunta central de nuestra mente adolescente.
La descripción del acto nos resultó de una complejidad tal que nuestra imaginación se paralizó ante palabras de uso común pero cuya combinación en el texto no comprendíamos. Con lujo de detalles, el libro indicaba que el tan mentado acto demandaba no solo conocer los actores y actrices involucrados, las partes, sus funciones y la puesta en escena.
Como buen manual técnico (moderno también, a juzgar por su nombre) instruía a las personas lectoras que el éxito de ese emprendimiento exigía alcanzar un cierto acoplamiento rítmico y que no era suficiente asegurarse que cada pieza estuviera en su lugar. Cual sinfonía, el acto se descomponía en múltiples actos menores. Cada uno de ellos con diversos tiempos; cada uno con su cadencia respiratoria, movimientos específicos y sonidos recomendados. El libro los describía en detalle aunque sin videos ni audios adjuntos.
Si se lograba cumplir con todos estos requisitos, el libro prometía como recompensa el más excelso clímax, una soberbia apoteosis de humores, olores y colores… como corresponde cuando se ha logrado una gran hazaña.
Estábamos agotadas. No solo no entendíamos cómo se lograba organizar ese molote y barahúnda (entre dos, además) sino que nos parecía que aquello exigía mucho entrenamiento y destrezas. Para decir verdad, tampoco parecía tan emocionante como se veía en las películas y la lectura furtiva resultó incapaz de responder a los ritmos de nuestras alocadas hormonas interesadas en resultados rápidos y no en complejas elucubraciones.
En definitiva, solo pudimos concluir que eso del sexo era algo más complicado de lo que pensábamos. Requería una gran maestría y mucha técnica para poder dominar simultáneamente la respiración, la gimnasia, la anatomía, la música y el verbo. Para entonces en clases de educación física solo nos enseñaban cómo hacer la vuelta de carnero por toda gimnasia, un poco de voleibol y algo de atletismo.
Frustradas, desoladas, confundidas, pero, ante todo, enojadas volvimos a clases.
Técnicas sexuales modernas. Título sugerente. Título traicionero.