Mi musa
Autora: Cecilia Hidalgo Calderón
Genaro Picaflor, quería ser escritor, pero por más que se esforzaba, no lograba hilvanar buenas ideas, consultaba para aumentar su léxico, llevaba cursos de redacción y ortografía y leía cuantos libros de escritores famosos cayesen en sus manos, incluso se metía a talleres de escritores y le pagaba a filólogos para que corrigiesen su estilo, también lo había intentado, con la pintura, la escultura y otras artes, mas nada. Pero él se propuso ser famoso costase lo, que costase, y se dijo:
– O lo logro con la escritura, o me tiro de jupa a un barranco. En ese entonces llegó al país un escritor y especialista en mercadeo muy famoso, llamado Teófilo Grafito, quien daba una conferencia de cómo escribir y vender libros, en tres pasos y aunque la entrada al evento le resultaba onerosa, por ser él, más pobre que un chícharo, se dispuso a pedir prestado a su cuñado, esposo de su hermana gemela.
– Adolfo, vengo hasta tu hogar, para pedirte un favor muy grande, que te pagaré apenas aumenten mis ingresos. Necesito que me prestes cien mil pesos.
– ¿No me digas qué piensas comprarte todo ese dinero, en lotería y que esperas pegarte el premio mayor?
– No Adolfo, no estoy loco, para pensar que puedo tener suerte con los juegos de azar
– ¿Entonces, cómo piensas devolverme el dinero que me pides? Adolfo le explicó a su cuñado sus planes para con el préstamo
– ¿Y tú crees que yendo a la conferencia de ese sujeto, vas a lograr escribir y hacerte famoso?
– Bueno esa es la idea, necesito a alguien que me oriente, que guíe mis pasos por el mundo mágico, e impredecible de las letras.
Adolfo conmovido por la credulidad de su cuñado, al final le prestó el dinero. Genaro, muy feliz, se fue a escuchar y tomar apuntes y así hacerse famoso a través de la escritura.
Se sentó junto a un hombre de mediana edad, quien tampoco había tenido suerte con el teje y maneje de los libros, que proceden de la imaginación.
– ¡Buenas tardes, caballero! ¿me permite pasar, para sentarme a su lado derecho?
– ¡Claro!, pase, pase.
Una vez que Genaro al fin pudo acomodarse, mientras empezaba el evento comenzaron a cuchichear.
– Dicen que este Grafito es buenísimo. Ha recorrido todo el mundo dando charlas. Ojalá me sirva para salir de esta sequía de ideas.
– A mí me pasa lo mismo, no he logrado tener éxito, pero yo no soy escritor sino vendedor de libros.
En esos momentos el público hizo silencio. El orador comenzó con la disertación. Genaro se dispuso a escuchar y a tomar apuntes casi sin respirar, de aquel erudito hombre de las letras.
– Estimado auditorio hoy es un gran día para todos. Estas pautas sacarán a más de uno, del oscurantismo en que viven, respecto a sus trabajos en literatura y venta de libros. Nunca se debe escribir, sin el consejo oportuno de nuestra musa interior. La musa interior es aquella vocecilla que escuchamos cuando escribimos un poema, una canción y porque no, un cuento, una novela. En fin, es la inspiración que nos anima cada día, en nuestro empeño por encantar a nuestros lectores y obtener gratificación para nuestro ego.
Al final de los aplausos se abrió la etapa de las preguntas. Genaro se arrimó al micrófono y preguntó
– ¿Maestro, como hago para escuchar a mi musa?
– La musa la llevamos todos, los que tenemos aptitudes para las diferentes artes. Todo es cuestión de ponerle atención, y no nadar contra su corriente. Forzando la mente inútilmente. Lo mejor es dejarnos llevar y manipular por esa alma misteriosa, que siempre nos auxilia, aún en nuestros ratos de aridez. Genaro no entendió la explicación y se fue para su casa, igual que antes del evento, o quizá más confundido. A todas horas del día se ponía los audífonos, para no escuchar el entorno. Solo quería percibir aquella voz interior, que deseaba fervientemente lo guiase. Se sentaba en el escritorio y se ponía a ver las letras del teclado de su computadora, pero nada, sequedad total. Hasta que una noche al quitarse los audífonos, cansado de haber pasado todo el día en blanco, escuchó claramente unos arañazos en los cristales de una de las ventanas. Se asomó por la vidriera, pero, afuera todo estaba en calma. Cuando se metió entre las sábanas de su cama dispuesto a dormir, volvió a escuchar los arañazos en la misma vidriera.
– ¡Qué diablos pasa! ¿Es o no, mi musa, la que me está llamando la atención?, ¿No será mejor que me siente ante la computadora de nuevo? ¿Y la escuche con más cuidado?
Se levantó y arrastrando las pantuflas se situó frente al teclado, escuchando con esmero los sonidos, dentro del recinto.
De nuevo los arañazos, pero esta vez con más violencia, se escucharon en el vitral.
– ¿Será que quiere que la deje entrar?
El hombre abrió lentamente la ventana y de forma sorpresiva sobre sus manos y llena de furia la gata blanca de su vecina, le cayó encima, arañándole los brazos.
Henchido de dolor por las heridas y habiendo sacado al animal que tenía prensada la cola dentro de los ajustes de la ventana, se sentó de nuevo en la computadora y dato increíble, comenzó a escribir compulsivamente como si el espíritu salvaje de aquel animal, lo guiase, escribió tanto que duró incontables días en aquella entrega, al final quedó impactado por el resultado, había escrito más de quinientas páginas y le había dado forma, a la ahora su única novela.
Se paseaba por toda la casa pensando y pensando que nombre ponerle y una mañana mirando a la gata de su vecina, vagar por el jardín y recordando que ella y solo ella lo había inspirado a través del dolor que le infringió, con los arañazos, no lo pensó más, por fin ya tenía el nombre para su flamante obra. Ahora solo le faltaba publicarla y encontrar un buen vendedor.
Tiempo después se encontró con el hombre que se sentó junto a él y que jamás había vendido un libro, juntos vendieron decenas de ejemplares de aquella fascinante y extraña novela escrita por Genaro Picaflor…Mi musa… araña.