Primera infamia
Autor: Fabio Sánchez Navarro
La mujer cerró con parsimonia las cortinas, mientras una estrepitosa lluvia de estrellas inundaba el patio. Pensó que el hombre se demoraba demasiado, que ya no calentaría más la frugal cena y que lo mejor era acostarse. Como todos los días, se había sentado en la mecedora a tejer y destejer, esperando ver la aparición vespertina del hombre, a la vuelta del camino. También, como siempre, él llegaría a la hora menos pensada, con su ropa sudada, la mochila llena de golosinas para los niños, cantando canciones olvidadas en el vértigo de los años. La mujer sirvió la mesa en un rito nocturno de costumbres. Afuera arreciaba la tumultuosa llovizna de estrellas, que se deshacían furiosamente, atascando los desagües y los canales del tejado. Al amanecer, el hombre tendría que levantarse a limpiar el patio y despejar los desaguaderos, que ya se resistían a la desesperación de los diluvios. El hombre tardaba, pero la mujer siempre encontraba una razón para la espera: podía lavar y deslavar o planchar y desplanchar la escasa ropa que tenían, hasta que comenzaba a tomar un tono de transparencia insólita. Entonces se oían los pasos suaves pero firmes del hombre, enredados en su canto de años idos y la mujer se ponía de pie y abría la puerta con ansiedad. Le contaba sus sueños y deseos y cómo el cielo se había desgranado de estrellas furibundas y cómo el corredor y el patio se salpicaron de tinieblas, mientras ella aguardaba su aparición vespertina a la vuelta del camino. Él, como era su costumbre, la besaba con labios fríos y dejaba su mochila colgando en el clavo detrás de la puerta y asentía con aspecto grave a la charla de la mujer, que se desplazaba con rapidez entre el comedor y la cocina, en el fragor de los preparativos para la cena. El hombre se lavaba las manos y la cara, se enjugaba y se sentaba a la mesa, con su cabeza inclinada, oyendo, sin escuchar, la voz de la mujer, envuelta en el estrépito de las sombras. Luego cenaban entre palabras obscuras. La mujer recogía la mesa y el hombre se cepillaba los dientes. Luego salían a orinar en medio de la noche. El lecho, frío, hacía tiempo no les devolvía el calor. La mujer removió las cenizas en busca de brasas y sopló con angustia hasta que su cuello se tensó. No había fuego. Metió más leña y roció querosén. Tres veces había calentado la cena y siete veces se había asomado a la puerta, esperando ver la aparición vespertina del hombre a la vuelta del camino. Rememoró sus largas vigilias, añorando el momento en que el esperma de su hombre hiciera el milagro en su matriz. Pensó, con dolor, que el paso de los años había inutilizado todos sus actos y que ya para ellos no existía la esperanza. Todos los días el hombre se levantaba a jugar con los niños: les ensuciaba de estrellas de la cabeza a los pies y ella los oía corriendo desaforadamente por entre el jardín de las retamas, gritando y alborotando los pájaros en el tropel bullicioso de sus reclamos. Entonces, ella les sacudía el polvo de estrellas de la cabeza, los bañaba y los vestía con los trajecitos que tejía y destejía en sus dolorosas tardes de espera. Luego, él se marchaba a las sementeras, con su mochila al hombro, después de besar, entre risas, a los niños. A la vuelta del camino, él se volvía y les decía adiós con la mano, en tanto ella, bañada en lágrimas, entraba en la casa, sola, a esperar su regreso lavando y deslavando, planchando y desplanchando, la escasa ropa que tenían y que había adquirido la tonalidad insólita de las estrellas, que ahora desbordaban por los canales del tejado y amenazaban anegar el corredor y el traspatio. Ya la noche era un cúmulo de negruras cuando se oyeron los pasos suaves del hombre, enmarañados en su canto. La mujer abrió y lo miró, recortado en el marco nocturno de la puerta, con el cabello escarchado de estrellas y el semblante cetrino. El hombre la besó con labios fríos y colgó la mochila, repleta de chucherías para los niños, en el clavo detrás de la puerta. Ella corrió a servir la cena, mientras le iba relatando sus avideces, su desconcierto con la turbulencia de las estrellas y cómo había tenido que espantar la casa de sombras deshabitadas. Él se lavó y se sentó a la mesa e inclinó la cabeza con desesperanza. Las palabras de la mujer apenas se escuchan en medio del estruendo de la obscuridad.
Cuando ya cenaban, el hombre dijo tenemos que hablar y su voz salió como un grito que sobresaltó a la mujer. Sí, dijo ella, la lluvia ha estropeado el jardín; no sé dónde corretearán mañana los niños. Él la miró con estupor: tantos sueños compartidos les había agostado las infinitas posibilidades de la ilusión. Una profunda incertidumbre se les estaba hundiendo en el cuerpo y les hacía evocar las noches remotas en que amanecían acechando que el amor diera fruto, los largos meses pretéritos que atardecían sin mies y los años anodinos, que se desenrollaban como una culebra de cuarenta vueltas de amargura. El lecho, frío, hacía tiempo no les devolvía el calor.