Manuela
Autora: Ana Lucía Mora Porras
Por las calles de aquel pueblo a horas exactas en cada punto cardinal, podría encontrarse con ella mirando hacía el vacío, a la nada.
Era un personaje del lugar, ya no se hacía notar, era parte inherente del paisaje. Con lluvia o en un día hermoso de verano ella recorría con sus pies desnudos cada trillo, cada calle hasta llegar o salir de su casa vieja, cubierta de plantas que casi bloqueaban en su totalidad la entrada.
La loca le decían algunos, los más viejos “la Profe” y los foráneos ni siquiera pensarían que alguna vez fue como cualquier miembro de la comunidad.
Esa tarde que yo la vi, estaba en uno de sus “lapsus” en la orilla de la finca de los Piedra, le pegaba el sol en su enmarañado pelo y se sostenía un lado de su estrecha cintura con una de sus manos. Parecía que escuchaba alguna sinfonía del viento, su vestido le llegaba a la rodillas huesudas y sucias, despedía un olor a guardado, a húmedo, a pena, a sudor o quizás a todo junto.
– Manuela le dije, se acuerda de mí? Manuela soy yo Marta, fuimos compañeras en la escuela.
Siguió de espaldas sin siquiera mover un músculo. – Manuela regresé esta vez para quedarme, ya estoy cansada vuelvo a casa. No insistí más, ella llevaba años absorta en su mundo, no le hacía daño a nadie. Los vecinos le dejaban en su corredor alimentos, algunas ropas y medicinas. Cuidaban de ella pero de lejos. Los niños de la escuela le tenían miedo, aunque algunos le tiraban cosas cuando pasaba por la calle.
Tuvo un hijo, se había casado, estudió, era maestra de matemática, el niño cerca de cumplir los cuatro años murió de una de esas enfermedades que les da a los niños de pueblo. Su esposo la dejó y se fue, dijo que ella viviría solo para la tristeza y no se equivocó.
La loca, la que recorre las calles descalza, sucia, callada, con sus ojos secos de tanto que lloró una vez…
– Manuela juguemos, Manuela vamos a casa, Manuela vamos, papá y mamá ya no están han partido al cielo, mírame soy yo, Marta. Súbitamente echó a correr calle abajo sin voltear, se dirigía a su casa a su rincón, oscuro de noche y en penumbras de día.
La seguí, pasé al frente, estuve a punto de entrar pero no lo hice. Continué mi camino, ¿para qué decirle que soy yo su hermana?, para qué volverla a la realidad si ella decidió vivir en su mundo abstracto, con su pelo sucio, su vestido largo y roto. ¿Y su mente? solo Dios sabe dónde y cómo. Manuela la loca, la profe, hace mucho que no está para nadie… ni lo estará.