Cruz y Grama
Autora: Dannie María Villalobos Ramírez
Aquella noche, Francisco me despertó y estaba sudoroso, algunas lágrimas de dolor se divisaban en su rostro tosco; había tenido la misma pesadilla que lo había seguido desde hace tantos años. Un precipicio, fuertes vientos y la soledad angustiante que le carcomían la vida, en muchas ocasiones llegué a pensar que era solo un cúmulo de huesos, que iba dejando el hedor por donde caminara. Todas esas pesadillas se remontaban a su juventud, al parecer la única época de la vida que él vivió, el resto habían sido solo largos momentos letárgicos; no era para menos, Francisco padecía de una gran depresión; desde la muerte de su hermano gemelo Rafael.
En los años cuarenta y cinco, ellos trabajaban en el campo, allá en la zona sur del país, en una finca donde su padre era el encargado; A pesar de no tener madre, él les inculcó los valores necesarios, era una familia feliz, sin embargo, a pesar de tenerlo todo humildemente, el padre quería que salieran de aquel lugar, estudiaran y lograran un trabajo digno. A mucho esfuerzo obtuvieron el diploma de primaria; eso les permitió trabajar como policías en diferentes lugares. Los muchachos eran empuchados, con el tiempo también sacaron el bachillerato por madurez y con mayores posibilidades de acrecentar sus estudios se vinieron para San José, a Barrio México. En este lugar los conocí; eran altos y gruesos, con una personalidad muy definida, donde quiera que fueran no pasaban desapercibidos eran dos caballeros humildes, simpáticos y muy educados. La idea de venirse de sus tierras era para entrar a la Universidad Nacional o a la Universidad de Costa Rica, desgraciadamente, la situación económica no dio para tanto. Pese a esto no se desanimaron y continuaron laborando para la fuerza pública de la ciudad capital; su sueño de ser profesionales y algún día llevarle el título a su padre allá en la sierra, no se desvanecería, así que se juraron trabajar fuerte para obtener la subvención económica necesaria y conseguir sus sueños. Si algo tenían claro era que su viejo estaba muy orgulloso de ellos y que, a mucho esfuerzo de sol a sol, él los saco adelante desde la muerte de su madre en el parto.
Por mucho que intentaba comprender a Francisco no lo lograba, al parecer fue criado en un hogar de amor, por un padre orgulloso de ellos, y un hermano que fue la yunta de su vida, claro está que jamás me atreví a preguntarle nada al respecto, a pesar de ser mi amigo del alma, sabía que hablarle del tema le generaría pesar. Su rostro trasmitía dolor, sus ojos eran dos enormes piedras azabaches que no brillaban y cuando lo hacían era porque alguna lágrima las hidrataba. Sabía de corazón que lo mejor que podía hacer era solo permanecer en a su lado, respetar su silencio y su dolor.
– ¡Hola Francisco!, ¡Que tal Marco! ¿Cómo están? nos dijo un viejo compañero de mesa en el cafetín de la ciudad.
– ¡Muy bien, gracias! Respondió Francisco, le hizo un saludo militar, y se levantó a la barra de comidas…
Muy extrañado del semblante de Francisco, Carlos comentó la apariencia de nuestro viejo amigo… no es la misma que conocí a los 13 años y ellos a los 23, consentí con una mirada, mas no mencioné nada al respecto.
– Carlos Enrique siguió acotando su anécdota de vida, pero no dejaba de admirar la apariencia tan deprimente de Francisco… Tenía como quince años de no verlos, me fui al extranjero a estudiar medicina, me casé y tuvimos dos hijos, me devolví a mi querido país y lo primero que deseaba hacer era venir a mi viejo barrio; pues mírame aquí; decidí darme una vuelta y me encontré con mi compañero de escuela Marco Aurelio y al viejo Francisco. Nos sentamos en las afueras del café que daba al frente del Mercado Central, mientras Francisco se quedó dentro del negocio tomándose un café, cada vez que alguien se nos acercaba a conversar Francisco muy respetuosamente se retiraba para estar solo, al parecer solo mi compañía le hacía sentir cómodo, como ya lo conocía lo respetaba.
Al lugar llegaba todo tipo de personas sencillas y encopetados; El café, la tortilla con natilla, los emparedados de carne y el trato de las muchachas era insuperable. El lugar era del negro Ezequiel Ramírez, más conocido como paloma; hacía mucho tiempo que no lo veía, después me contaron que murió de un infarto; era buena gente; pero más agarrado que un fresco de balines, nunca aprovechó lo ganado, todo quedó en manos de la esposa que era un dolor de panza. Este lugar era conocido por todos como el Titanic; el mejor lugar para tertuliar y comer. Por largo tiempo estuvimos conversando muy amenamente de nuestras vidas, sin embargo, era notable la intriga que Carlos Enrique tenía de Francisco, aunque conversaba conmigo no dejaba de mirar de reojo a nuestro compañero; en su mirada se reflejaba tristeza al verlo; en un largo momento de silencio le dije te voy a contar la realidad de Francisco, del amargo trago que llena sus entrañas y del motivo por el cual ya no vive la vida. Francisco en su lucidez, fue un tipo normal, trabajador, soñador, valiente y le gustaba ayudar a la gente. En su afán por llegar alcanzar el sueño de ser un educador profesional, se le fueron yendo los estribos, veía como poco a poco su sueño era solo un sueño que volaba; si no era porque no le alcanzaba el dinero para para la universidad, era porque lo mandaban a otros lugares del país a cumplir con algunas labores de su oficio; esto lo fue frustrando y el detonante de todo fue el día en el que les avisaron que a su padre lo habían encontrado muerto en la sierra. Consumido en su dolor decidió seguir esforzándose por llegar a ser el educador que tanto soñó, se sumergió en la biblioteca pública de la capital, en los tiempos libres se le veía en cualquier lugar con libros; su trabajo se vio perjudicado por la actitud que Francisco había tomado. En muchas ocasiones su hermano le dijo que dejara esa obsesión, pero jamás le hizo caso, en la comisaría donde laboraba le ofrecieron ayuda profesional; era evidente que ya no estaba cuerdo, su obsesión acabó con su vida. En sus arrebatos era muy peligroso, había tiempos que pasaba internado en el psiquiátrico, atentó contra su vida en diversas ocasiones, el único que lo comprendía y acompañaba era su hermano; mientras estaba empastillado no había problema, era el gentil hombre que todos conocíamos. Lo cierto es que un día de tantos cuando más lúcido estaba, por accidente, mató a su hermano gemelo, cuando limpiaba el arma en la comandancia; ésta se disparó, el tiro le atravesó el pecho, murió dos días después en el hospital en brazos de su hermano; La desesperación de Rafael fue terrible…
– En ese justo momento se acercó Francisco y dejaron de hablar del tema.
– ¿Francisco, un café?, le dijo Carlos Enrique, éste aceptó seguidos de movimientos maquinales; Marcos se fue al orinal y me dejó con Francisco.
– Me llamo Carlos, me recuerdas, tu viejo amigo; ahora soy médico. Francisco levanto su mirada y con voz baja le comento…
– ¡Qué bueno que puedo contarle algo que llevo muy dentro, no es a cualquiera que uno le puede contar ciertas adversidades… no las podrían entender!
Por mi parte le agradecí la confianza; Murmuraba para que sólo yo lo oyera.
– Maté por accidente a mi hermano gemelo Francisco; la gente no sabe que, en realidad soy Rafael; no quiero que se lo digas a nadie, al fin, yo estoy muerto desde el fatal accidente. No dije nada, un hondo escalofrío invadió mi cuerpo. ¿Cuál era la realidad? Francisco murió, pero…. Rafael le cedió su lugar para que el mundo creyera que el que falleció fue Rafael. El hombre se tomó el café, se levantó de la silla, me dio las gracias, me hizo el saludo militar y se fue hacía el mercado; al rato llegó Marco Aurelio y me dijo_ ¡Y Francisco?
– Se fue hace tiempos, respondí… hace tanto tiempo.