Las gatitas Tashi y Mizu: Maravillosa conexión
Autora: Ana Isabel González Cordero
En una noche lluviosa cuando el sonido de los truenos y la luz de los relámpagos hacían una gran fiesta entre las nubes, nacieron tres gatitos y dos gatitas.
La mamá gata los limpió, los calentó y los alimentó, pues todos parecían haber venido al mundo con mucha hambre.
A las pocas horas, los gatitos empezaron a abrir sus ojitos y pudieron ver a su dulce mamá, una gata blanca con pintas negras, la cual, descansaba sobre una cobija anaranjada, siempre vigilante de que sus hijos no se alejaran del lugar. Las primeras en abrir los ojitos fueron las dos gatitas, las cuales se miraban curiosamente una a la otra. Una gatita era toda blanca con ojos de un color verde claro y la otra era multicolor pues su pelo tenía partes blancas, otras negras, cafés y unas que eran una mezcla de café con anaranjado.
De inmediato las dos gatitas se hicieron muy unidas, dormían una al lado de la otra y hasta se limpiaban una a la otra con su lengua rasposa.
Los otros gatitos jugaban entre ellos, a veces peleaban y también venían a gruñirles a las dos gatitas para advertirles que la leche era de ellos. La mamá gata sabía que sus hijos e hijas estaban creciendo y que cada día necesitaban más alimento, que la leche no alcanzaría. Por eso decidió, que tendría que enseñarles cuanto antes a cazar ratones u otros animales pequeños.
El primer día que salieron de la casa y fueron a los alrededores, un gran perro los correteó y los asustó mucho, cuando regresaron a la casa la mamá gata se dio cuenta, que la gatita multicolor no estaba, porque su hermana maullaba sin cesar. La mamá salió a buscarla por los alrededores, pero no la encontró y regresó triste a cuidar a sus otros gatitos.
La gatita multicolor se había escondido dentro de un tubo y como estaba tan asustada, no salió hasta que todo estaba en silencio. Cuando salió del tubo caminó buscando la casa, pero más bien se alejaba de ella sin querer, pues no tenía mucha experiencia para orientarse ni para olfatear. Llegó a un hermoso jardín y se acostó sobre el césped recién cortado, saboreando aquel nuevo aroma y restregándose en aquella suave alfombra verde, hasta que se quedó dormida.
Estaba soñando con la leche que le daba su mamá y con su hermanita blanca y despertó de pronto cuando unas manos la alzaban y una voz muy cariñosa le decía: ¡Hola preciosa gatita! ¿Estás perdida? Parece que va a llover, ¿quieres venir conmigo a mi casa y te doy un poco de leche tibia? La gatita sentía tanto amor, que con sus ojitos y un miau aceptó la invitación.
La joven que la encontró se llamaba Mari y siempre quiso tener una gatita. Pasó tres días averiguando si alguien había perdido esa gatita, ya que si tenía dueño no podría dejársela. Al cuarto día decidió adoptarla para que formara parte de la familia. Mari le puso el nombre de Mizu y a la gatita multicolor le gustó el nombre y se sintió feliz de tener un nuevo hogar lleno de cariño y atenciones. Extrañaba a su mamá, a su hermanita y a sus tres hermanos, pero en el fondo sabía que era lo mejor para todos. A Mizu le gustaba mirar por la ventana, escuchaba las serenatas que hacían los pajaritos, veía pasar carros, gente y hasta perros. Cuando llovía se acostaba sobre una repisa que Mari le había puesto cerca de la ventana, ahí escuchaba y veía llover. Para ella, la lluvia era el mejor concierto, sus orejas y las antenas de sus bigotes se concentraban en aquella sinfonía. Así, sumergida en sus pensamientos soñaba con volver a encontrar y jugar con su hermanita la gatita blanca.
Mientras tanto, sus hermanitos y hermanita crecían en el mismo lugar, hasta que uno a uno fue adoptado por familias del mismo barrio. Solamente faltaba la gatita blanca, ya que siempre que oía que llegaba gente se iba a su escondite secreto y nadie la podía encontrar.
A la casa llevaron un gran perro y en definitiva no quería ser amigo de ningún gato y siempre perseguía a la gatita, la cual corría por todos lados para escapar; por eso ella decidió, que la próxima vez que alguien viniera a querer adoptarla no se iba a esconder.
Una tarde de un hermoso verano, la dueña de la casa recibió de invitada a una amiga de la infancia, que de cariño le decían Pri. Ambas conversaron, rieron, tomaron café y comieron unas deliciosas galletas. Algunas boronas habían caído al piso y la gatita, que estaba debajo de la mesa, empezó a disfrutar también de la sabrosa merienda.
La joven Pri se acordó que le traía un regalo a su amiga, el cual estaba a su lado en el piso. Cuando fue a alzarlo vio a la gatita blanca; ambas se miraron fijamente y en aquel silencio hubo una maravillosa conexión.
Pri extendió sus manos y la gatita vino hacía ella y se dejó abrazar por primera vez en su vida. Ambos corazones latían emocionados como si se estuvieran reencontrando. La gatita no dejaba de ronronear y Pri no dejaba de acariciarla.
Cuando Pri preguntó a su amiga por la gatita, le contó que había nacido ahí y que estaba buscando quien la adoptara, pues su hijo tenía un perro que siempre la perseguía y ella temía que le hiciera daño. Además, la gatita casi no comía y esto le podía afectar en la salud.
Pri le dijo que ella la quería adoptar y que la iba a cuidar mucho, que su hermana tenía una gatita y se podían acompañar. Su amiga le dijo que estaba feliz, porque la gatita iba a tener un buen hogar y que sabía cuanto amaba Pri a los animales, pues recordaba que cuando estaban en la escuela, ella rescataba gatos y perros abandonados, les llevaba comida y buscaba buenos hogares para ellos.
Esa tarde Pri envolvió a la gatita con su abrigo y la cargó hasta su casa. En el camino la miraba y le conversaba sobre el nombre que le pondría. Antes de llegar a su casa, Pri le dice a la gatita: ¡Te gustaría llamarte Tashi, significa dulce y tú eres como un blanco algodón de azúcar?
La gatita con sus grandes ojitos verdes llenos de emoción le dijo que sí y con un alegre miau ambas decidieron que el nombre sería Tashi.
Al llegar a la casa, la hermana de Pri estaba jugando con su gatita en la sala, Inmensa fue la sorpresa de Tashi al ver que la otra gatita en la casa era su hermanita multicolor y que tenía el nombre de Mizu. Ambas gatitas se reconocieron y corrieron una hacía la otra.
Pri y Mari, que no sabían su historia, se quedaron admiradas al ver como ambas gatitas se revolcaban felices, abrazándose sobre la alfombra, ronroneando y acariciándose.
Ese feliz encuentro quedó grabado en una foto enmarcada, que pusieron Mari y Pri en la sala. Desde ese día Tashi y Mizu empezaron una nueva vida juntas, llena de lindas experiencias y travesuras, porque estas dos jóvenes gatitas, además de chineadas eran muy curiosas y cada día iniciaban una nueva aventura.