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Cuento Infantil

Nina la ardillita parlanchina y Lula la tortuga dormilona

Autora: Cecilia Hidalgo Calderón

Saltando entre los abetos y los almendros la ardillita Nina, todos los días busca con quién jugar y conversar. Por allá ve a Tina, una castorcita que se pasea por la represa, mas, ésta al verla venir, se esconde entre el follaje de unos lirios y ve a la ardillita pasar, muy cerca.

– ¡Uy no, qué fastidio! esa chica cuando toma la palabra no la suelta.

– ¿Qué extraño me pareció ver por acá a Tina, la castorcita?

¡Tina, Tina, Tinaaaa!

– Ay no, no te voy a contestar ¡Fuchila, vete, vete sigue tu camino! Comiendo zanahorias en el huerto de doña Clara, se encuentra un conejo blanco de orejas muy largas y manchas café en la cara y en el rabo.

– ¡Hola Bombín!, qué bello día, nos regala hoy el Señor ¿verdad?

– Ahora no tengo tiempo para charlar, apenas si alcanzo a desayunar. ¡Adiós Nina, otro día platicamos!

Y diciendo esto: se escabulló entre la hojarasca.

Nina siguió su caminata, pero todos los animales del prado se encontraban ocupados, o desaparecían de repente.

– ¡uy, no que desilusión, ya nadie quiere charlar!

Nina se sentía sola, su madre trabajaba todo el día recogiendo avellanas, nueces y bellotas y regresaba muy tarde a la casa y apenas si le ponía atención a sus cuentos y juegos de niña. Y aunque había hecho algunas amistades entre sus compañeritos de la escuela, estos siempre se cansaban muy pronto, de jugar y si no; sus madres los llamaban para que se recogieran en sus hogares: a tempranas horas.

La ardilla Mila: madre de Nina, ve a su pequeña muy sola, ella le ayuda con sus tareas escolares cuando llega a la casa. Su hijita es una ardillita muy inteligente, traviesa y juguetona, le preocupa su chiquitina, pues en su afán de buscar amiguitos: muchas veces la desobedece y sale de la vivienda sin su permiso, anda por allí buscando ser feliz con la compañía de alguien que la escuche y juegue con ella hasta que llegue la tarde. Aquella noche lloró mucho mientras su madre la consolaba.

– Ya no llores Nina, el nuevo sol te traerá muchas sorpresas, no todos los días son iguales.

– Mamá, es que quiero jugar, hacer amiguitos.

– Lo sé hijita, lo sé, lo que me preocupa es que andes por allí solita,

– Yo sé cuidarme, mami, siempre estoy cerca de la casa, donde las demás criaturas me conocen, no hablo con desconocidos y siempre estoy dispuesta, a salir corriendo por entre las ramas de los árboles de la fronda.

– Los pequeños nunca deben andar solos, lejos de sus padres. Hazme caso hijita y siempre te ira bien.

A la siguiente mañana Nina salió a caminar, como siempre en busca de hacer amistad. De repente el cielo se tornó oscuro y unas grandes gotas de agua invadieron el entorno. La ardillita quiso regresar a su hogar, mas ya era tarde, un torrencial aguacero se desató en la región. Los animalitos silvestres corrieron para buscar un refugio seguro, pero Nina se encontraba en apuros, corría de un lado, para el otro, sin poder encontrar su casa que estaba en el hueco de un árbol de abedul.

Imposible con un tiempo así subir a los troncos, entonces se dirigió hacía una cueva que se veía en medio del bosque, entró brincando, a todo lo que le daban sus patas traseras. Ya dentro, suspiró profundo ¡Al fin a salvo! La cueva pese a la emergencia se encontraba vacía, llorando de miedo y soledad se sentó sobre una piedra que estaba a la entrada. Sintió que la piedra se movía y se levantó de inmediato.

De repente de la piedra salieron: una cabeza y dos patas.

– ¡Pero si es una tortuga! ¡Una tortuga gigante!

– Disculpe señora tortuga, por sentarme sobre usted, creí que era una piedra.

– ¡Una piedra!, ¡una piedra!: todos dicen lo mismo, cuando se meten en mi cueva sin permiso y no te echo de inmediato, porque hay una tormenta.

– Por favor, déjeme estar aquí, tengo mucho miedo.

– ¿Cómo te llamas pequeña?

– Soy Nina y me apodan parlanchina, porque siempre estoy hablando y buscó siempre amigos, con quien conversar.

– Lo noté de inmediato desde que llegaste, no has parado de hablar. Soy Lula y me gusta estar acá pues amo la soledad. No me gustan los juegos de los pequeños revoltosos. Quédate, pero por favor no me interrumpas el sueño.

– ¿Duerme mucho usted?

– Si, si duermo mucho, casi todo el año.

– ¿Podría venir todos los días para hacerle compañía y conversar?

– Ya te dije que amo la soledad, puedes venir y contarme tus aventuras que igual, no las escucho.

Y dicho esto se metió en su caparazón y volvió a roncar.

– Gracias señora tortuga, aquí estaré sin falta todos los días, después de la escuela.

Ese mismo día ya tarde y cuando ya había regresado la calma, Nina se despidió de la tortuga, quien seguía en su afán de dormir. Por el camino a casa, Mila la mamá de Nina, quién la buscaba desesperada, al fin la encontró. La pequeña le contó acerca de -¡cómo la señora tortuga la había protegido de la tormenta en su cueva! –

– He oído de la señora tortuga y dicen que no le gusta que le interrumpan el sueño y que tiene muy mal carácter, pues le gusta estar sola.

– No vuelvas a salir cuando no estoy en casa, ¿entendido?

– ¡Déjame ir donde Lula!, con ella puedo hablar sin que ni siquiera se mueva de su sitio.

– ¿Pero, te escucha?

– Ella solo duerme y duerme.

– ¿No entiendes hijita, que le interrumpes el sueño?

– No mamá, yo sé que no

– ¿Cómo lo sabes?

– Pues, porque no para de roncar.

– ¡Ja, ja, ja, bonita amistad te conseguiste!

– Si muy bonita! ahora ya sé dónde ir cuando tú no estés! A la casa de la tortuga Lula. ¡Viva! ¡Viva! ¡Ya tengo una amiga!

– ¡Santo Dios! ¡Pobre tortuga Lula!, porque por más que ronque: no creo que no te escuche. ¡Con lo ruidosa, e inquieta que eres! Ahora sí que se le acabaron por siempre, la tranquilidad… y el sueño.

– y la soledad mamá.

– Si hijita y la soledad.

Y ambas volvieron a casa. La tormenta dejó algunos destrozos en la floresta, pero Nina tuvo una grata sorpresa, el encuentro con la tortuga Lula y una posible amistad con ella…en el futuro.

Cierre de la obra